GALEANO EN EL RECUERDO (Crónica inédita de Félix Contreras)

LA SEMANA PASADA, CASUALMENTE, EN UNA DE LAS CLASES DE GUIÓN QUE IMPARTÍ CONSTRUÍA CON LOS ALUMNOS UNA ESCALETA A PARTIR DE UN RELATO DE EDUARDO GALEANO.
FUE UN SIMPLE EJERCICIO DE CLASE, PERO AL FINAL APROVECHÉ PARA HABLARLES UN POCO SOBRE QUIÉN ERA ESE URUGUAYO BRILLANTE, HIERÁTICO Y HUMANO.
HABLABA LO QUE HABÍA OÍDO Y LEÍDO SOBRE ÉL, AUNQUE HUBIERA PREFERIDO QUE LEYERAN ESTE TEXTO DEL AMIGO Y POETA FÉLIX CONTRERAS, QUIEN GENTILMENTE LO HA CEDIDO PARA MI BLOG, RECORDANDO AL AUTOR DE “LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA”…

Recuerdo a Eduardo Galeano (Montevideo, 1940—2015) siempre como persona distraída, casi absorto en sus pensamientos y ajeno a su entorno pero,  Gius, como le llamaba en broma aludiendo al seudónimo con que firmaba las caricaturas que hacía cuando era muy joven, escondía su timidez en esa imagen de piantado, ido, evadido.
Era un hombre bello y muy simpático, que sabía mezclar lo frívolo con la alta cultura en la conversación —como Benedetti, Cortázar, Gelman, Vargas Llosa—.
Su imagen de play boy, cuando visitaba La Habana, congregaba a las muchachas de la Escuela de Letras en las puertas de la institución de 3ra. y G,  muchas de ellas, vecinas, chicas becadas de provincia alojadas en el edificio vecino.
Yo trabajaba en Casa de las Américas —privilegio que me acercaba a Galeano y, obviamente, a otros muchos “monstruos” de las letras del continente—y en ocasiones me tocó llevarle correspondencia o libros que le mandaban al Hotel Riviera, hotel de los invitados a la Casa.
Uno de esos regresos a La Habana lo hizo directamente volando desde España, con las maletas repletas de Memoria del fuego (Los nacimientos, Las caras y las máscaras, El siglo del viento), feliz tras sudar la gota gorda por los lentos registros y la “preguntadera” de las autoridades aduanales aéreas cubanas que lo llevaban a un humor de mil demonios.
La directiva y empleados de la Casa se molestaban mucho con sus chistea irónicos  y señalamientos críticos (reflejados en los obligados informes famosos) pero, no “veían” que Eduardo Galeano amaba “a esta isla de la única manera que es, digna de fe, con sus luces y sombras”.
Caminaba acompañado de sus dos únicas y ardientes pasiones: la historia de América Latina y mayor justicia para toda la —su— gente del continente. Y a propósito de (in)justicia: ¿la habrá mayor que aquella del jurado del Concurso Casa de las Américas que, en 1975 le otorgó —oh, milagro— a Las venas abiertas de América Latina en vez del Premio Casa, una mención?

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