HABLAR CON DIOS

Este pudo ser un año mejor para Aurora. Pero cayó en ese colchón antiescaras, y gente con muy buenas intenciones, pero muy poco tacto, comenzó a engancharle agujas en la piel arrugada de manchas, deslizar mangueritas por casi cualquier abertura, hasta que Aurora no pudo sentir jamás sin tener la extraña certeza de que iba a morir cualquier día.
Las visitas sabatinas regalaban a la anciana una de sus pocas satisfacciones. Religiosamente, sus dos hermanas sorteaban la nueva disposición del Ministro de Salud Pública y pasaban mucho más tiempo que dos míseras horas al lado de la moribunda. Lucecita y Bienvenida operaban un inaudito ritual contemplado con asombro por la ocupante de la cama vecina. Las viejecitas extendían un pañuelo en el piso mugriento del cuarto y se arrodillaban sobre él, apoyando la frente sobre las piernas venosas de Aurora…y comenzaban a orar.
“No es el Padrenuestro, ni el Rosario”, decía la prieta de al lado a su acompañante. “Esa gente habla con Dios. Y después que terminan con ella -señalaba a la otra cama- vienen a orar por mí y por toda la gente en la sala.”
Cuando acababan los murmullos fluidos de Lucecita y Bienvenida, Aurora juraba sentirse resplandecer. Y ahí comenzaba la charla sobre los viejos tiempos, cuando Luz encandilaba los ojos de los mozalbetes, y Bienve era bienvenida en cualquier salón de bailes. Y Aurora, la noble Aurora, amanecía estudiando, talvez recogiendo papas en una tarea de choque, repartiendo banderitas aquellos Primero de Mayo, o ensayando con el coro de Federadas del barrio.
Las tres, por caminos distintos, llenaron su álbum con flores, pasos de vals o consignas. Las tres hicieron lo suyo, tan pero tan suyo que olvidaron retratarse juntas, comentar intimidades, salir a las muestras de cine húngaro, francés o malayo. Olvidaron que Coppelia está abierto para ellas aún cuando Aurora no pueda ver más a Luz porque era religiosa, y eso era pecado para el hombre (¿y la mujer?) nuevo(a). Olvidaron que la Cinemateca no haría absurdas excepciones, aunque Bienve se casara con el mismísimo Gades, que era extranjero y por tanto un agente de la CIA hasta no demostrar lo contrario. Olvidaron que para ser un joven de su tiempo hacían falta las manos para los cortes de caña, para empuñar un fusil, y la garganta presta para gritar ¡Ordene! Y el que no cortara caña o fuera al campo de tiro, ese era un gusanón, un blandengue, no era hijo, ni padre, ni hermano.
Y alguien ladró ¡Qué se vayan! ¡Qué se vayan! Pero Bienve se quedó, y no fue más Bienvenida. Su esposo no halló trabajo porque levantaba sospechas aquel bailarín rarito con acento capitalista. Y Lucecita no pudo estudiar psicología porque esa era carrera para formar ideólogos, y qué tenía pa´ ofrecerle a nuestro socialismo esa niña que sábado y domingo vivía metida en la iglesia en vez de ir al trabajo que Che Comandante legó…
Pero la Aurora era cenit. Y mientras más puntería ganaba en el paredón de tomates contra los desertores, o enfilaba una guerra de anónimos sobre algún artista abstracto más refulgente lucía. Cerca, cerquita del sol, el color de su piel se tostaba. Primero la casa en Guanabo, la villa en Tarará y luego, como colofón, la semana en Varadero. Para regresar feliz a su trinchera de combate.
Tanto gritó que el cáncer, aunque lo nieguen los médicos, sepultó su garganta. Eso sostiene Lucecita (en su interior, por supuesto). Recordar puede ser un ejercicio tan serenador como peligroso. Así que las hermanas prefieren hablar del fresco que entra al segundo piso, o la vista bonita de La Habana crepuscular. En cualquier momento Aurora se queda dormida y Bienve y Lucecita se marchan en silencio. “Lo importante es estar juntas”. “Amén de todo, hermanita”. “Amén”.

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