DEJAR HACER

Con elástico y prodigioso movimiento –teniendo en consideración su cincuentona edad- una negra famélica meneaba las nalgas casi frente al rostro de Lucrecia. Lucrecia, sí: la señora sonriente que me enseñó a domar la bicicleta, que recogía a todos los muchachos del barrio para llevarlos a la iglesita cercana. Muy a menudo pasaba por la casa a intercambiar recetas de dulces extraños con mi abuela. La recuerdo a todas partes con su filoso escalpelo, sacando punta a los lápices para anotar ingredientes, teléfono y dirección de la iglesia para los necesitados.
Pero hoy no era aquella alegre señora, sino otra. Ante el turbador contoneo del siglo XXI en forma de esqueleto rumbero la pobre Lucre tenía la cabeza gacha y los ojos bien cerrados. Oraba en un murmullo por la salvación de la borrachísima mujer, o por el fin de la música que el chofer, ajeno a todo, reproducía a gaznate hiriente.
Voy a reír,
Voy a bailar,
Vivir mi vida,
La, la, la, la…
El pasillo del ómnibus articulado era perfecto para ensayar el tragicómico remeneo. Los pocos pasajeros reparaban desde sus asientos en la escena y se suscitaban las más variadas reacciones: una pandilla de adolescentes con ropa PMM-De Puta Madre-69 ceñida a sus cuerpos renacuajoides alentaba, canecas arriba y silbidos mediante, la prolongación del show.
Un hombre mayor, desde el asiento contiguo al mío, trató de gritar algo, pero su esposa se lo prohibió:
-No digas nada, Domingo, que es fin de año, y no es fecha para estarse buscando problemas.
El anciano canalizó su rabia con una arenga en la que maldijo desde la incautación de las escuelas católicas, y las becas en el campo; hasta la muerte de John F. Kennedy, y los muñequitos del Capitán Planeta.
-¡Y además, chica! –el rostro se le iba enrojeciendo peligrosamente- Raúl dijo en su discurso, que el pueblo tenía que combatir las indisciplinas sociales…
La mujer lo atajó con la cara igualmente encendida:
-Pues que ponga policías, ¡que bastantes tiene!
Y yo, ¿qué iba a hacer? Ganas no me faltaban para gritar en defensa de Lucrecia; aunque tampoco hubiera reprochado que una legión de uniformados pusiera orden con las leyes de la porra. Lo necesario en casos como estos: un pastor alemán ladrándole al irresponsable chofer, que ipso facto olvidaría a Marc Anthony y pasaría a entonar tembloroso el Himno Nacional.
No debería faltar el insustituible par de tonfazos costillares a los escandalosos pandilleros. Las perseguidoras sitiarían la guagua. Pero es seguro: ni el parpadeante ruido azul disuadiría a la bailadora del óseo remeneo. Como es lógico, un tiro de macaró en el peroné sería el único y más certero método para poner fin al acoso.
Una vez devuelto el orden los pasajeros agradecerían a los esforzados agentes por su intervención. Lucrecia dejaría escapar una lágrima apoyada en el hombro de un oficial (Primera plana en los medios). El señor a mi lado no escatimaría en elogios y bienaventuranzas: ya no policías, Querubes de la Paz, luego Caribes, casi Mambises…
Y aunque al otro día la blogosfera se llenara de titulares CUBA VIOLA LOS DERECHOS HUMANOS; AMENAZAN EFECTIVOS DEL MININT A UN CHOFER CARDIACO CON PERROS ENTRENADOS; REPRIMEN A JOVENES EN UNA RUTA HABANERA: DE ELLOS SIETE ERAN MILITANTES DE LA UJC; y cosas por el estilo, todos sabríamos quiénes eran los verdaderos héroes.
Pero eso no pasaría de mi imaginación. Me daba pena con Lucre. Ella cortaba de su jardín, con el brillante escalpelo, rosas, girasoles y flores de marpacífico para los niños de la cuadra. Y nos hacía historias asombrosas de su infancia en las lomas; buscando en lo alto el mejor palmiche y las mejores bellotas para los cerdos.
Nuestra historia favorita era aquella en la que abrió de un tajazo la panza de un majá regordete. Un Santa María de seis o siete metros que se arrastraba seseando hacia la oscuridad de una caverna. Y ella, tras vacilar un instante, adivinó que era ese seguramente el devorador de pollos del conuco.
Avanzó ágil varios metros sobre unas rocas gigantes hasta quedar sobre aquella encarnación de Lucifer. Y desde su altura tomó una bocana de valor; se encorvó en un movimiento impulsivo hasta cortar carne por primera vez.
Ni las escamas del costado aminoraron el tajo. El músculo blando quedó desgarrado. La sierpe seguía avanzando, pero disminuida la marcha, dejaba un rastro negrirrojo a lo largo de su recorrido.
Pero la niña fue incapaz de darle muerte, porque el impacto de lo que vio a continuación la dejó idiotizada suficientes segundos como para que el animal se refugiara en la cueva: a medida que avanzaba salían de su interior pequeños majacitos sanguinolentos arrastrándose en todas direcciones.
La historia generó en la mitad de nosotros un traumático pavor hacia los reptiles. El resto, más osado, comenzó una empedernida cacería de jubitos. Y haciendo honores a la inocente crueldad de los primeros años, decenas fueron decapitados, diseccionados y mutilados, esperando que brotaran de sus brevísimos cuerpos algunos microjubitos. Cosa que nunca ocurrió. (Valga apuntar que, sumando esta temporada de caza a la anterior, de lagartijas y chipojos, hubo un incremento notable de cucarachas y moscas en el vecindario).
Mas Lucre ahora no parecía tan desinhibida, elocuente e ingeniosa como con nosotros. Totalmente recogida seguía adoptando la postura de sosiego que le propiciaba la oración. La negra no parecía tener para cuando acabar. Para colmo, la luz fría al final de la guagua parpadeaba enloquecida. Y Lucre, el chofer, el viejito a mi lado, la negra y la pandilla en aquella discoguagua que bailaba el reggaetón de los baches.
-¡No llevas vacas, mi hermano!-gritó Domingo, y esta vez lo secundó su mujer como un eco distante. Quizás temía acabar accidentada antes de vivir un segundo del año a punto de entrar.
El chofer, acelerando, se había llevado tres o cuatro paradas. ¿Quién iba a estar en la calle con frentefrío anunciado, y a solo cinco minutos de las doce un 31?
Excepto el borracho dormido en el asiento para embarazadas, todos los pasajeros miraban inquietos los relojes y celulares; intercambiaban la hora minuto a minuto para asegurarse que recibirían el año nuevo en el segundo exacto.
Anestesiado hasta los nervios, el curda resistía estoica e increíblemente los toletazos de la nuca y la chola contra el indestructible espaldar amarillo. La pandilla, que había perdido el interés en Lucre y la acosadora, se divertían filmando con un celular al alcoholizado y el hilillo de saliva que escapaba entre  los labios reventados.
-¡Qué increíble la resistencia del cuerpo humano!-masculló Domingo con no poca admiración. Entrecerrados los ojos, la boca contraída y meneando la cabeza a ambos lados. Alguna gente miraba, y encubría la mueca por no reírle la gracia a la tribu de renacuajos.
Otros clavaban su atención en el cada vez menor tiempo que los separaba del primero de enero. Alguien llegó a sintonizar en su móvil la señal de una emisora radial, que empezaba a hacer un conteo regresivo de los últimos diez segundos del año. Puso el aparato al máximo volumen, y concentró la atención de media guagua.
El locutor engolaba la voz ridículamente: diez…Pero yo no tenía cabeza para otra cosa que no fuera Lucrecia…Nueve…La negra seguía bailando, más provocadora e invasiva en cada sacudión…Ocho…Con cierta dificultad me puse de pie…Siete. Y la gente se animó a corear el conteo…Dejé más y más atrás el asiento…Seis…A mitad del camino juraría que Lucre alzó la vista para saludarme, y después viró la cara a la altura de las tambaleantes caderas…Cinco…Metió la mano en el bolso, y apenas pude ver qué estaba sacando…Cuatro…La música, los gritos y la luz intermitente inhibieron mis sentidos por cuestiones de segundos. Aquel manicomio rodante prometía tragarnos a todos…Tres…Solo vi un destello fino…Dos…y una punta metálica que aguardaba en lo alto…
Y todo empezó a girar de un modo acelerado, los gritos se multiplicaron; parecían llegar justamente del centro de mi cabeza. La negra empezó a chillar. Pero la gritería de felicidad, apiñada en la cabecera del ómnibus, disipaba sus palabras, y más bien parecía boquear como un pez agónico. Me congelé sobre mis pasos.
La mujer brincaba frenéticamente sobre su pie izquierdo, aferrada al espaldar de un asiento. No entendía ni pitoche. Con la vista busqué ayuda a mi espalda, pero todos se felicitaban y pedían al chofer que subiera un poco la música. Era inútil. Uno de los renacuajos abrió una ventanilla para gritar palabrotas por toda la Avenida. Y se colaron los ruidos de la ciudad despierta, insomne en disparos, petardos y silbidos.
Una brisa helada estremeció mi rostro. Busqué el final de la guagua a la negra. Y noté que brincaba con algo similar a un escalpelo encarnado, hasta el cabo, en el dorso del muslo derecho.

 

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