MEMORIA DE UN LIBRERO

LES DEJO ESTA CRÓNICA INÉDITA DEL AMIGO FÉLIX CONTRERAS

En mis numerosas visitas a Buenos Aires por nada del mundo dejaba de visitar— y, en la primera mañana—la librería Norte  de mi amigo Héctor Yánober, en Avenida Las Heras cerca de Pueyrredón. No bien llegada y ya tenía que rendirle cuenta de lo publicado en La Habana y, sus ojos claros se agra ndaban con los precios tan bajos del libro en Cuba… “Pero, che, qué maravilla”. Y cuando, le recordaba la millonaria y famosa edición del Quijote de 1961 a solo 25 centavos,  los agrandaba aún más.

Una vez, caminando por el barrio La Latina de Madrid, oh , qué sorpresa , lo veo inclinado frente a las vidrieras de  una librería, mira por aquí, mira por allá, todo ojos ante el paisaje polícromo de las mil portadas en exhibición o, como niño ante  mil juguetes… “este sí que es un librero de raza —pensé—, mira que venir a Madrid para ver libros”  y, él mismo me lo confirmaba:  “Sí, otros vienen a Madrid y visitan iglesias, plazas, museos etc., yo, librerías… las  mejores iglesias del mundo”.

Así era este librero argentino, de Córdoba, concretamente, tierra pródiga en artes, letras y sonidos musicales—oiga al Dúo  Cadencia—  que, además o, lo primero,  era  un buen  poeta con sus  propios libros en librerías.

Mi vieja y frustrada vocación de librero se daba banquete en esos encuentros porteños: nos íbamos a El Ceibal vecino a compartir un bacalao rociado con un Malbec mendocino  y, “a ver, Yánover—lo retaba:

Cuerpo  de mujer,  blancas colinas…

Neruda…

Soy el violín del diablo, camaradas…

González Tuñón…

Al despertar Gregorio Samsa una mañana, tras un sueño intranquilo;

Frank Kaffa…

En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero  acordarme…

Jocoso, irónico, me daba una respuesta errada por el autor tan obviamente fácil: “Molière”…

Ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que nos encontramos en Buenos Aires y, siempre hablábamos de lo mismo porque, sin dudas, los libreros de raza, siempre hablan de lo mismo: de libros y después,  me contaba—una vez más— que se había hecho librero sustituyendo por un par de meses  a un tenedor de libros en una librería, donde comenzó a escribir poemas y se hizo librero para siempre.

“Fue en 1951, yo no sabía nada de nada de contabilidad ni de libros pero, desde bendito día y, para siempre, el paraíso mismo son las librerías”…

Si, si, la preciosa Buenos Aires sin el poeta y  librero Héctor Yánover en Avenida Las Heras cerca de Pueyrredón, con él ahora muerto, está incompleta.

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Un comentario

  1. ¡Félix!

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