Poder, intelectual y Cuba pintada de verde (I)

VARIAS PERSONAS ME HABÍAN PEDIDO QUE LES DIERA A LEER ESTE ENSAYO. LES INTERESABA PORQUE ABORDA EL CASO PADILLA, LA ESTALINIZACIÓN DE CUBA Y TIENE DECLARACIONES EXCLUSIVAS DE ARMANDO QUESADA, ENTRE OTROS ATRACTIVOS.

LES HABÍA PEDIDO PACIENCIA PUES CREÍA QUE LA EDICIÓN DE LA ANTOLOGÍA ARGENTINA EN LA QUE ESTÁ INCLUIDO LLEGARíA MÁS TEMPRANO QUE TARDE A LA HABANA. AL PARECER ESO NO OCURRIRÁ.

DE MODO QUE AQUÍ LO IRÉ SOCIALIZANDO A MODO DE CARNICERO: EN CUATRO PARTES.

 

Despertarse en Cuba hoy para estudiar la articulación entre el proyecto revolucionario del 59, la política cultural1 y el papel real de los intelectuales en distintos momentos de los últimos cincuenta años puede suscitar reacciones impensadas, entre ellas la migraña del «cómo escribo sobre esto».
En primer lugar, porque otros tantos lo han hecho antes que uno; y por eso han ganado premios, becas y hasta palmaditas en la espalda llegadas de la estratosfera. Significa en muchos casos mirar con añoranza y misticismo los 60’, desde los cuales Jean Paul Sartre calificó al proceso barbudo –y lo dijo a modo de cumplido- como una Revolución sin ideología. Bueno… no diría tanto que esto sucedió en toda la década, sino más bien hasta 1961. En ese año ya el poder revolucionario y su conexión con las masas populares se afianzaba; la tirantez entre distintos grupos de poder en el ámbito cultural crecía.
El primer fenómeno, es decir, la consolidación pueblo-Estado ocurría en el torbellino de plomo y fuego que el gobierno norteamericano financiaba a través de grupos armados en el Escambray, y el terrorismo que llevó a la voladura del barco La Coubre, la quema de cañaverales y el asesinato de campesinos, pescadores y maestros rurales, por poner algunos ejemplos. Basta ver los titulares de la época en casi cualquier medio de comunicación, simpatizara o no con el rumbo carmesí que tomaba el gobierno de Osvaldo Dorticós Torrado y el Premier Fidel Castro.
Antes de continuar haciendo historia, sería bueno dejar claros dos conceptos que acompañan esta investigación: campo intelectual y trayectoria artístico-literaria. En ambos la ayuda de Pierre Bourdieu será inestimable. El teórico francés entiende campo como el entramado social que media a determinado ámbito de la producción social, ya sea científica, artística o literaria. De modo que la trayectoria del individuo en el campo cultural es vista como el modo particular de recorrer el espacio social «donde se expresan las disposiciones del habitus»2.
Esos individuos (intelectuales) sin lugar a dudas, eran revolucionarios en su mayoría a la altura de 1959. El despreciar la dictadura de Batista ya era suficiente para colgar el cartelito; luego se añadieron otros muchos requerimientos que polarizaron los diferentes conceptos y expectativas sobre la Revolución. El ensayista cubano Rafael Rojas explica que algunos abogaban por un proceso que recuperara el orden democrático perdido3, otros pedían una reforma agraria moderada, instituciones representativas, y algunos defendían la Revolución desde un punto de vista marxista, que veía con buenos ojos la radicalización del proceso para establecer una alianza con el Kremlin.4
El 1ro de enero del 59 remueve los cimentos del panorama artístico-literario en Cuba. Y aunque hombres como Humberto Arenal, miraban con cierta ironía el hecho de que los escritores pudieran cambiar las cosas con un poema, una novela o un cuento, 50 años atrás la sensación de tocar las estrellas estaba en vena para muchos autores. Bueno, seamos justos: Arenal completaba su opinión aceptando un margen de error: «Tal vez a largo plazo».5
Un cambio que trajeron los años inaugurales de la Revolución fue el fin del pesimismo político. ¿Cómo conciliar poesía e historia?, se pregunta Rafael Rojas. Antes los intelectuales estaban frustrados con la historia, y engendraban su literatura a partir de esa frustración. El proceso carga los aires de una esperanza, en la que la recurrencia artera de la política parece llegar a su fin.
«Supuestamente Cuba ya es plenamente soberana y justa, y por lo tanto la literatura pierde el soporte de frustración y se vuelve muy complicada: ¿cómo hacer una literatura, una narrativa y una poesía en un estado de felicidad? Ese es el gran dilema –explica Rojas, y continúa-. Esa es una de las discusiones más fecundas que se producen en Cuba en los años sesenta y setenta. Ahora, por suerte, creo que en la literatura que se produce de los ochenta para acá ya está resuelto el asunto, porque quienes trazan la política cultural, el Ministerio de Cultura, no pretenden que estamos viviendo en un mundo feliz. Entonces la literatura vuelve a adquirir esa plataforma de insatisfacción con la historia que necesita para poder crear».6 Para Rojas, como para otros tantos estudiosos, el papel del intelectual en la sociedad es el de un Pepe Grillo criticón.
Por otra parte, la figura del intelectual ha estado marcada por mitos y prejuicios. Primero que todo, como bien identifica el Doctor Marcelo Villamarín, la imagen (estereotipada) remite a aquellos personajes que han hecho de la palabra hablada y escrita su actividad primordial: filósofos, poetas, ensayistas, científicos sociales, entre otros. El catedrático ecuatoriano señala que debido a la redefinición del concepto de cultura, se ha incluido entre los intelectuales a los artistas que crean desde la plástica y la música.7
Al interior de la filosofía de la praxis es donde se ha debatido de modo más intenso lo relacionado con el rol de los intelectuales, explica Villamarín sin dejar de plantear disyuntivas históricas en el seno del movimiento obrero y sus partidos: ¿Cuál era y es su rol? ¿Dirigir, orientar, impulsar los procesos revolucionarios? ¿Formular teorías? ¿Criticar a las dirigencias siendo el ojo avizor de los dirigidos?8
El catedrático recuerda que las luchas intestinas en el Partido bolchevique y la actitud del súper-estado soviético ante los intelectuales, al legitimar exclusivamente a quienes aceptaron las teorías oficiales partidistas, prueban estos encontronazos. Y amén de su postura claramente de izquierda, agrega:

En este sentido, no cabe duda que el Estado capitalista ha sido relativamente más tolerante con los intelectuales que el estado socialista, lo cual se atribuye equivocadamente a la adhesión del primero al supremo principio de la libertad. Y digo equivocadamente porque uno y otro, en momentos en que se pone en juego la estabilidad y permanencia del Estado, son implacables con los intelectuales.9

El profesor cubano Emilio Barreto, en una crítica al pensamiento de Umberto Eco, expone que si en un momento la relación político-intelectual es de colaboración el segundo debe ser doblemente ético: porque se le pedirán verdades. Y a partir de tal demanda se verá inducido a ejercer una libertad de conciencia que le hará saber, inicialmente, que él mismo es un intelectual; no otra cosa. Del mismo modo, la ética le llevará a un servicio vestido de humildad.10
Barreto explica que existe, además, una ayuda no solicitada por los políticos a los intelectuales, que se le escapa a Umberto Eco: «la intervención que compete al intelectual como indagador, convocador de lo verdadero y luego divulgador de la verdad, de la esperanza, del perdón y de la reconciliación en todos los órdenes: cuatro urgencias que claman por ser dispuestas en el terreno de la mesura, que es el del diálogo. Ese es un apéndice consustancial a la libertad de conciencia».11
Por otro lado, Antonio Gramsci despliega su teoría política de la mano con el concepto de hegemonía12, cuyo fin parece ser el surgimiento de una cultura y un proyecto espiritual nuevos. En esa aspiración los intelectuales desempeñan un rol importante. Marcelo Villamarín, glosa algunas interesantes reflexiones del pensador Michel Löwy. Dice que los intelectuales no son una clase por este motivo: su posición no se define en relación con la estructura socioeconómica. Son una categoría social. No producen bienes o servicios, mas crean productos ideológico-culturales.13
Gramsci señalaba que todos los hombres son intelectuales, pero no todos consuman socialmente una función como tal.14 Löwy también considera que más allá del lugar que ocupen en la estructura económico-social, todos los seres humanos, por el mero hecho de ser, pueden crear productos ideológico-culturales. Ambas ideas están sustentadas porque todos tributan con su capacidad intelectual a la ejecución de sus tareas, en distintas circunstancias, por supuesto.
Otra meditación de gran interés en ese sentido es la de que, amén de los condicionamientos socioeconómicos (como pertenencer a una clase social determinada), el intelectual siempre tiene la capacidad de optar por poner su ingenio a favor de cualquiera de los intereses antagónicos. Y de ahí Löwy explica la entelequia de una inteligentzia neutra; dado que sus productos ideológico-culturales enuncian demandas a través del prisma del proyecto al cual se han sumado.15
«Por lo general, -glosa Villamarín- los intelectuales se rigen por valores cualitativos que se desprenden de su sensibilidad estética, de su comportamiento moral o de su comprensión teórica. En la medida en que el capitalismo todo lo convierte en dinero, en mercancía, en valores puramente cuantitativos, los intelectuales sienten una aversión casi natural contra el capitalismo. Incluso quienes no se han adherido al proyecto histórico de las clases subalternas, que en términos generales se define como socialismo, coinciden con los intelectuales revolucionarios en esta aversión, convirtiéndose en críticos del sistema y de sus formas de poder».16
La militancia tanto de Gramsci, como de Löwy, queda explicitada en sus textos. Esa militancia los ha politizado, como diría Foucault, a partir de su posición de intelectual en la sociedad burguesa, «en la ideología que ésta produce o impone (ser explotado, reducido a la miseria, rechazado, maldito, acusado de subversión, de inmoralidad, etc.); su propio discurso en tanto que revelador de una cierta verdad, descubridor de relaciones políticas allí donde éstas no eran percibidas. Estas dos formas de politización no eran extrañas la una a la otra, pero tampoco coincidían forzosamente. Había el tipo del maldito y el tipo del socialista».17 Es decir, Foucault, que escribe desde un contexto otro, deconstruye la imagen del intelectual socialista como único portador de la contrapropuesta al capitalismo, de auténtico rebelde.
Si bien es cierto que en el caso cubano el contexto favoreció un consenso inédito desde muchos los sectores hacia el rumbo de la plena independencia (con sus riesgos y batallas), al interior de los procesos sociopolíticos de izquierda, existió el intelectual inconforme, retador. (Panorama que en los primeros años del proceso revolucionario se perfilaba riquísimo, de polémicas, debates). El estalinismo en sus más disímiles vertientes en la Unión Soviética (y casi por extensión en los Partidos Comunistas extranjeros asociados a Moscú; entre ellos el antiguo PSP cubano), generó que las relaciones entre política y cultura se nos hayan revelado como funestas contradicciones entre los intelectuales que enfatizan en la libertad, en oposición a aquellos que ponen el acento en el orden.18 «Superar esa contradicción exige recrearla de manera que ambas nociones (libertad y orden) logren una organicidad revolucionaria», puntualiza el politólogo cubano Hiram Hernández.19
Varias páginas atrás marcaba 1961 como un año límite por distintas razones. Cuba ya había recibido al miembro del alto mando soviético Anastas Mikoyan un año antes, y frente a la hostilidad yanqui tiene que tomar una decisión de vida o muerte; grita entonces « ¡Socialismo o Muerte!». Y eso lo cambia todo.
Desde el propio interior de la Revolución, muchos intelectuales, entre los que sobresalen los nombres de Heberto Padilla, Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante, no creían en izquierdas cercanas a Moscú. Como otros tantos lucharon contra Batista, no por el socialismo. A eso sumamos más de medio siglo de propaganda anticomunista directamente mamada de Estados Unidos.
Los cubanos que vivieron antes del 59 –e incluso un poco después- estaban saturados, convencidos a pulso de que la URSS no traía más que hambre, asesinatos selectivos, campos de concentración, y un largo etcétera de imágenes represivas. La revista Bohemia no dejó de emitir su sección de testimonios-ficción-terror Noticias del Kremlin. Imaginemos el shock que significó hablar de un sistema que miraba mal hasta la pequeña y mediana propiedad privada (devorada erróneamente en 1968 con la Ofensiva Revolucionaria); y que tenía como referente único y real, a un estado soviético más conocido por los e(ho)rrores del estalinismo, que por el sustrato leninista de igualdad social y justeza.
Pues en eso andaba la Isla, cuando Fidel declara que los norteamericanos no nos podían perdonar que hubiéramos hecho una revolución con base marxista en sus narices.20 Ese día Cuba brincó el Muro de Berlín para alinearse definidamente con el bloque Este. Se polarizó junto al único forzudo que nos había tendido la mano: el campo socialista. Los bolos21 no ayudaron con Girón al día siguiente; pero se fundó la esperanza de que una vez victoriosos contaríamos con respaldo de peso en el contexto de la Guerra Fría. Y así ocurrió.
Igual que en toda relación de amistad, hubo desplantes (como aquel desagradable arreglo entre la URSS y los Estados Unidos durante la Crisis de Octubre, que tanto recordaba el Tratado de París de 1898). Moscú se interesó en imponer sus modos de ver el mundo, compartió (y regaló) lo que podía, contagió algunas de sus buenas y malas costumbres. Allí llegaremos.
Sin embargo, y a pesar de que Cuba contaba en la lista de aliados de la Unión Soviética, muchos pensadores consideran que la Isla nunca llegó a convertirse en un «satélite» de la política exterior de Moscú. (Aun cuando en 1968 Fidel dio el visto bueno, a nombre del Gobierno, mientras los tanques soviéticos calcinaban la Primavera de Praga.22) Inclusive autores más apegados al pensamiento de derecha, como Rafael Rojas, aceptan que uno de los capitales simbólicos importantes de la Revolución naciente fue la distancia que mantuvo con Moscú en tanto se exhibía al mundo como un orden social iconoclasta, herético, inconforme dentro del socialismo.23
Todo ese ambiente no solo se representó en las artes y la cultura cubanas de modo problematizador (como en la literatura de la violencia, los agentes del G-2 en las novelas policiales o la épica reconstruida en la literatura testimonial24); sino también conmovió los modos de hacer, y lo que las imprentas decidían «hacer». Es decir, institucionalmente se produjo un movimiento telúrico.

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