Poder, intelectual y Cuba pintada de verde (III)

VARIAS PERSONAS ME HABÍAN PEDIDO QUE LES DIERA A LEER ESTE ENSAYO. LES INTERESABA PORQUE ABORDA EL CASO PADILLA, LA ESTALINIZACIÓN DE CUBA Y TIENE DECLARACIONES EXCLUSIVAS DE ARMANDO QUESADA, ENTRE OTROS ATRACTIVOS.
LES HABÍA PEDIDO PACIENCIA PUES CREÍA QUE LA EDICIÓN DE LA ANTOLOGÍA ARGENTINA EN LA QUE ESTÁ INCLUIDO LLEGARíA MÁS TEMPRANO QUE TARDE A LA HABANA. AL PARECER ESO NO OCURRIRÁ.
DE MODO QUE AQUÍ LO IRÉ SOCIALIZANDO A MODO DE CARNICERO: EN CUATRO PARTES.

El profesor Lisandro Bonilla Deibe recuerda que entre los años 1961 y 1972 se lleva a cabo una conexión con la URSS y el Bloque Comunista, que derivó en la centralización de los recursos materiales y humanos, la ponderación de técnicas de planificación en la toma de decisiones, etc. Todo se hacía, en el plano económico (y en el político, como veremos más adelante) «a tono con la experiencia soviética que se tomaba como referencia».1
La sovietización del aparato gubernamental cubano, la prensa, la saturación de las instituciones por mediadores burocráticos y la centralización de todos los servicios y comercios reconfiguró la vida en la Isla. El país de los 70’ no era en nada el de los 60’; menos el de los 50’. Ya los escolares no estudiaban inglés como idioma obligatorio, sino ruso; nuestros jóvenes tenían la vista puesta en alguna universidad del bloque comunista. Del mismo modo que estos otros nuevos elementos se fueron incorporando a la cotidianidad, la cultura asumió rasgos específicos del periodo. Por ejemplo, el heroísmo, la altisonancia, el consignismo, el triunfalismo, y otros ismos pusieron las tildes que caracterizaron la literatura y el arte en general2 (tal vez queda fuera de esta realidad el ICAIC, una especie de feudo dominado por el prestigio de Guevara e intocable para los cuadros cuadrados de entonces).
Michel Foucault ha dicho que en las sociedades modernas el más evidente de los procedimientos de exclusión, es lo prohibido. Lo explica así: «Se sabe que no se tiene derecho a decirlo todo, que no se puede hablar de todo en cualquier circunstancia, que cualquiera, en fin no puede hablar de cualquier cosa».3 En el contexto cubano de los 70’ bien podemos aplicar este concepto, sabiendo que para Foucault entre las regiones más cerradas cuenta la política.
A partir del concepto instrumental que derivó en ley no escrita para la literatura cubana en los acuerdos del Congreso Nacional de Educación y Cultura de 1971 el tablero exhibió nuevas movidas. Todo lo que pusiera en duda la virilidad, integridad moral y arrojo de un personaje comunista o revolucionario pasaría a la lista de libros no gratos. Su autor lo acompañaría a la lista correspondiente de creadores.
La situación de plaza sitiada, unida a la larga tradición machista de la cultura occidental generó una exaltación a la masculinidad al uso espartano. Todas las organizaciones, gremios y sindicatos tenían su grupo de milicianos que recibían instrucción general periódicamente. Así, por ejemplo, el libro Los pasos sobre la hierba, escrito por Eduardo Heras León, de ser un homenaje hermoso y un retrato humano de los milicianos cubanos, pasó por el tamiz de los censores como una herejía.
El intelectual cubano Víctor Casaus explicaba que el problema de la colección de cuentos estaba en el hecho de que un relato revelaba el temor de un oficial del ejército en la batalla. Armando Quesada, al frente de las artes escénicas en el CNC, ha contado, por su parte, que el cuento de 1969, La caminata, fue el que no agradó al alto mando de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR); y que por esos motivos la cúpula castrense pidió a la Unión de Jóvenes Comunistas que sancionara a Heras.4 Quizá por ambas razones, y no solo por una, el libro estaba condenado.
Inmediatamente lo sacaron de la Universidad de La Habana, y las publicaciones para las que colaboraba, a trabajar en una fábrica de acero; aun así el volumen fue premiado por Casa de las Américas (demostrando que Fernández Retamar actuaba al margen de ciertas convicciones de la política cultural del momento). La historia de Heras es un ejemplo de cómo se comportó la relación poder-intelectual en el marco de la política cultural de los 70’.
Michel Foucault explica que el intelectual enfrenta su bien definida función ante la otra bien definida función del decisor, que, legalmente está avalado para trazar la política cultural. Una suerte de barrotes amables a los que el autor tratará acercarse lo más posible; y si fuera posible transgredir. 5
Para que el Pepe Grillo se mantenga a raya, Foucault describe un grupo de «acciones». Entre ellas, determinar las condiciones de la utilización del discurso, aplicar un número de reglas que impidan el acceso a la producción. Así, por ejemplo, el nombre de Antón Arrufat fue «desaparecido, literalmente, de los catálogos en las bibliotecas cubanas durante los años 70’»6. El actor y teatrólogo Roberto Gacio, uno de los marginados durante el período conocido como Quinquenio Gris, ha dicho que en el caso de Abelardo Estorino el movimiento de artistas aficionados no podía poner ninguna de sus piezas teatrales, excepto El robo del cochino, de un contenido más social.7
La dispersión de los sujetos generadores del discurso contraventor (del orden marcado por la política cultural), es otra de las acciones que Foucault advierte: « (…) nadie entrará en el orden del discurso si no satisface ciertas exigencias o si no está, de entrada, calificado para hacerlo»8.
En este caso, la calificación estaba dada en términos morales (léase homosexualismo, cultos religiosos, relación con extranjeros, cuestiones de estética personal, etc.), que la ideología ponderaba desde postulados que Ambrosio Fornet sospecha, llegan de la Revolución Cultural China9. Por supuesto, hallan sus raíces nacionales afianzadas a la carta-ensayo del Che: El socialismo y el hombre en Cuba, y la peligrosa gota que colma el vaso en El Caso Padilla.

Heberto fue un poeta que empieza colaborando en el semanario Lunes de Revolución. También fue funcionario en distintas instituciones revolucionarias. Por ejemplo, dentro del Ministerio de Comercio Exterior, en una empresa encargada de la importación de insumos para la cultura. Creo que se llamaba CUBARTIMPEX. Gracias a ese cargo viajó mucho. Estuvo en la Unión Soviética durante mucho tiempo, y de regreso presenta al concurso de la UNEAC un libro llamado Fuera de Juego, en 1968, con una visión bastante crítica de su experiencia en la URSS.
El jurado, que era internacional, le da el premio. Y el libro es publicado, pero con un prólogo institucional señalando algunos aspectos críticos. A partir de esos acontecimientos, Padilla se va marginando. Al parecer, se relaciona mucho con diplomáticos extranjeros, y se dijo que en calidad de funcionario cubano había dado información reservada. Eso hace que lo detengan en 1971, que lo encarcelen por varios días y sea sometido a interrogatorios.
Con esa situación una parte de la izquierda internacional que había apoyado a la Revolución se retira de nuestro lado. (Sobre todo muchos franceses; hubo también una contradicción con Julio Cortázar, que después quedó resuelta).
Y cuando Heberto sale, hace una autocrítica en la UNEAC. Según me contaron –porque no estuve allí- se reconoce culpable de una serie de errores y, además, involucra a otros intelectuales cubanos, los señala en público. Fue una escena muy penosa.10

Graziella Pogolotti sintetiza así aquel suceso definitorio para la política cultural por venir.
El archiconocido proceso es ejemplo de lo que luego acontecería, por más de una década, a autores disidentes del rumbo gubernamental: el ostracismo. Es un hecho que Armando Quesada ha definido como la mecha que encendió la lucha político-ideológica de la época.11 Además, remite a interesantes reflexiones como las del pensador francés Michel Foucault cuando reconoce que todo enunciado delata al sujeto que habla a través y a partir de él.12 Padilla tiene poemas que dejan fuera de juego toda duda acerca de su posición frente al comunismo. Y un sistema que convoca a todos al mismo proyecto socio-político, y les demanda que adopten el mismo conjunto de creencias e ideas en materias que considera básicas,13 está sujeto a un proceso constante de purgas.
Foucault da cuenta de ello en sus investigaciones al expresar que cuando el sujeto que habla ha formulado uno o varios enunciados inasimilables se activan procedimientos de exclusión y mecanismos de rechazo; «la herejía y la ortodoxia no responden a una exageración fanática de los mecanismos doctrinales, les incumben fundamentalmente».14
Como bien ha explicado Fernando Martínez Heredia el sistema interviene abierta o tácitamente en numerosos aspectos de la vida de las personas. «Esto parece lógico, -considera Heredia- pero al reducir las mediaciones sin desarrollar otras que sean apropiadas a sus fines, se aboca a graves peligros: sustituir la unidad por el unanimismo, abrir campo a la arbitrariedad, rechazar la diversidad que enriquece a la sociedad y a la individualidad, ahogar los criterios, las iniciativas y la inconformidad con lo que existe (…). Se cierra así el paso a conductas y actitudes que son indispensables en la transición socialista, para hacerla avanzar y para contrarrestar los intentos de mediatizar y recortar el proyecto liberador».15
Ambrosio Fornet ha descrito el ambiente generado a partir del encarcelamiento de Padilla como un quebrantamiento de la relativa armonía que había favorecido hasta entonces la relación Estado-creador. Para el ensayista y editor se marcaba una clara situación de antes y después: «a una etapa en la que todo se consultaba y discutía —aunque no siempre se llegara a acuerdos entre las partes—, siguió la de los úkases: una política cultural imponiéndose por decreto y otra complementaria, de exclusiones y marginaciones, convirtiendo el campo intelectual en un páramo (por lo menos para los portadores del virus del diversionismo ideológico y para los jóvenes proclives a la extravagancia, es decir, aficionados a las melenas, los Beatles y los pantalones ajustados, así como a los Evangelios y los escapularios)».16
En los tempranos 60’ Fidel no se equivocaba al decir que un millón cien mil cubanos que no sabían leer ni escribir, estaban impedidos de apreciar la obra de un escritor cubano antes de la alfabetización. «Al desaparecer en nuestro país la explotación como base de la estructura social, -expresaba el en ese momento el Premier- por primera vez se crean esas condiciones mediante las cuales el trabajo de ustedes [los intelectuales] no será ya más para una minoría privilegiada. Y eso, el saber que ya no se trabaja para los explotadores, el saber que ya no se es explotado, debe ser uno de los mayores motivos de aliento para todos ustedes».17
No obstante, la Revolución Cubana adoptó una forma otra de relacionarse con la intelectualidad. Hacia los 70’, con el llamado proceso de institucionalización, el país comienza a aproximarse al modelo de estado soviético. Un ejemplo sencillo: el poeta César López, que estuvo en la directiva de la Unión de escritores casi desde tiempos fundacionales, recordaba que no fue hasta aquella década que se creó en la UNEAC un núcleo partidista. Y por si fuera poco, el número de militantes del Partido Comunista era ínfimo (probablemente unas tres personas), ni siquiera Guillén lo era.18
Fernando Martínez Heredia recuerda que en el plano ideológico se calificaba como diversionismo ideológico y antisovietismo todo lo que se tomara distancia de la sujeción al modelo político de la URSS. «El pensamiento social recibió un golpe abrumador. Se cerró de tal manera el espacio que las corrientes no marxistas fueron malditas y se trató de erradicarlas, se consideró incorrecto conocerlas y aún más tratar de utilizarlas. Dentro de las corrientes marxistas se afirmó que sólo la soviética era la acertada y correcta».19
La profesora Yanet Toirac ha explicado que el avance de estas tendencias se articularía igualmente en la adopción de modelos de control de la prensa y centralización de las instancias de formación de la opinión pública del socialismo esteuropeo, ya prácticamente consolidada para fines de los años sesenta.20 Y en nuestro país ocurrió de un modo muy parecido.

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