Poder, intelectual y Cuba pintada de verde (IV)

VARIAS PERSONAS ME HABÍAN PEDIDO QUE LES DIERA A LEER ESTE ENSAYO. LES INTERESABA PORQUE ABORDA EL CASO PADILLA, LA ESTALINIZACIÓN DE CUBA Y TIENE DECLARACIONES EXCLUSIVAS DE ARMANDO QUESADA, ENTRE OTROS ATRACTIVOS.
LES HABÍA PEDIDO PACIENCIA PUES CREÍA QUE LA EDICIÓN DE LA ANTOLOGÍA ARGENTINA EN LA QUE ESTÁ INCLUIDO LLEGARíA MÁS TEMPRANO QUE TARDE A LA HABANA. AL PARECER ESO NO OCURRIRÁ.
DE MODO QUE AQUÍ LO IRÉ SOCIALIZANDO A MODO DE CARNICERO: EN CUATRO PARTES.

La Constitución de la República de Cuba reconoce que «[el Estado] fundamenta su política educacional y cultural en la concepción científica del mundo establecida y desarrollada por el marxismo-leninismo; (…) es libre la creación artística siempre que su contenido no sea contrario a la Revolución. Las formas de expresión en el arte son libres».1
En este contexto, explica Toirac, en abril del 71 el Caso Padilla avivaría la división del campo intelectual cubano, y propiciaría que poco después, la Declaración del I Congreso Nacional de Educación y Cultura acabara siendo un instrumento de valor programático en la política cultural de la época.
La profesora sintetiza algunos de los principales postulados del documento:

Primero, la definición explícita del arte como arma de la Revolución e «instrumento contra la penetración del enemigo», a la vez que se destaca el alcance ideológico y político del trabajo intelectual (…) por un lado, el reconocimiento del valor educativo del arte y la literatura, considerados «valiosos medios para la formación de la juventud dentro de la moral revolucionaria», como también, en sentido contrario, «obras que conspiran contra la ideología revolucionaria en que se fundamenta la construcción del socialismo y el comunismo»; por el otro, la vinculación directa de la cultura con los procesos de reivindicación política de las clases explotadas: «la cultura, como la educación, no es ni puede ser apolítica ni imparcial, en tanto que es un fenómeno social e histórico condicionado por las necesidades de las clases sociales y sus luchas e intereses a lo largo de la historia». Y por último, la negación de la naturaleza mercantil de las expresiones culturales y el ensalce de su condición emancipadora2 (…).
Segundo, la abierta apología del pueblo-masa a expensas de un notable descrédito de las élites intelectuales. (…) Se establece una distinción entre «intelectuales verdaderamente revolucionarios» –«aquellos que han quedado con el pueblo y en el pueblo, participando en la difícil tarea cotidiana de crear y combatir»— y la «mafia de intelectuales burgueses seudoizquierdistas» que pretende convertirse en la conciencia crítica de la sociedad (…).
Y tercero, la prescripción de las «condiciones político-ideológicas» como filtro necesario dentro de la institucionalidad cultural cubana. Ello se aplicaría tanto para la invitación de intelectuales extranjeros «cuya obra e ideología están en pugna con los intereses de la Revolución», como en la determinación de las bases y jurados de los concursos literarios nacionales e internacionales (…), y «en la selección de los trabajadores de las instituciones supraestructurales, tales como universidades, medios masivos de comunicación, instituciones literarias y artísticas, etcétera».3

Para investigadores como Abel Somohano y Anneris Ivette Leyva estos elementos no solo removieron el campo cultural, sino también de modo general en los espacios de confrontación ciudadana. « (…) el modo con que se acogieron fórmulas del modelo soviético dentro de los canales formales de participación, -explican Abel y Anneris- conllevó a la adopción de ciertas posturas burocráticas limitantes de la efectividad de varias estructuras políticas. (…) Todo ello provocó, a su vez, que la institucionalidad estatal continuara resintiéndose, incluso, en años posteriores a los 70’, a causa de determinadas tendencias negativas».4
Especialmente la prensa se vio afectada. No solo en comparación con la riqueza de los debates en la década anterior; sino, además, por caracterizarse como un medio ausente de críticas y lleno de propagandas.5 El poder –argumenta el pensador cubano Jorge Luis Acanda- se apoya, básicamente, en el control de las instituciones dadoras de sentido. Entiéndase escuelas, medios de comunicación. «Aquellas que establecen y justifican las significaciones imaginarias y las representaciones admitidas. Las que socializan al individuo, le enseñan a pensar de una manera y a no pensar de otras, le indican los valores que tiene que compartir, las aspiraciones que son permisibles, las fobias que son imprescindibles».6
Louis Althusser, ha escrito que ninguna clase puede detentar el poder del Estado de un modo perdurable sin ejercer al mismo tiempo su hegemonía7 sobre y en los aparatos ideológicos estatales. 8
Por otro lado, la asunción de un movimiento de jóvenes artistas aficionados caracterizó el periodo en lo que, sospecha Ambrosio, fue una jugada para barrer con parte de los intelectuales que se habían formado en la vieja sociedad, decadente y burguesa, y que por ende, portaban el pecado original del que habló Ernesto Guevara en El hombre y el socialismo en Cuba.
Claro, esa parte de la intelectualidad, estaba compuesta, preferentemente, por individuos que mantenían una postura crítica para con el proceso, o disentían estética, política y hasta sexualmente de lo normado por el Gobierno Revolucionario. Y en una segunda línea de fuego consumidor se contaban los nombres de los más allegados o simpatizantes de esos personajes que en muchos casos vivían día a día al interior de un relato kafkiano-orwellista. Antón Arrufat fue borrado de los catálogos en las bibliotecas, y como él, otros tantos intelectuales no bien vistos por el statu quo residían en una especie de limbo social destinado a las no personas.
No obstante, la generalización casi maniquea de los 70’ -sobre todo tras los e-debates de 20079- ha generado una suerte de dogmatismo-light en los enfoques alrededor de la década. Armando Quesada recordaba que en el último quinquenio de vida del CNC vino por primera y única vez a Cuba la ópera de Leipzig10; se potenció el movimiento de artistas aficionados.11
Ambrosio Fornet también ha contado una interesante anécdota en este sentido:

Una muchacha me preguntó una vez que por qué para nosotros el Quinquenio empezaba en el 71. Y es que ella, me dijo, había publicado su primer libro de cuentos en ese año, había participado en su primera reunión de escritores, ¡para ella ese año tenía otra connotación!… ¡Qué interesante! Entonces, significa que yo tengo mis fechas, mis calendarios y tú los tuyos. O sea, que los antidogmáticos nos convertimos en dogmáticos cuando empezamos a escribir la historia desde nuestro punto de vista.12

Cuando a finales de 1976 la Asamblea Nacional del Poder Popular eligió a Armando Hart Ministro del aún sin estrenar Ministerio de Cultura se anunciaba un giro positivo en la política cultural revolucionaria. El proceso fue gradual, y en algunos casos, las reivindicaciones demoraron casi un trinquenio, como en el caso de César López (de ahí que cada víctima del estalinismo cultural sume o reste años al período acuñado por Ambrosio según su experiencia particular).
Buena parte de la plana mayor del CNC abandonó sus funciones en esa entidad. Armando Quesada,13 ha confesado que decidió irse de allí, que no lo sacaron por la fuerza; y que ninguno de los patricios de la institución fueron sancionados. Aunque ha reconocido que fueron «los ejecutores de una política errática que aplicó la Revolución»14
«Claro, no me obligaron tampoco –admite Quesada-; yo estaba de acuerdo en aquel momento. Después mi pensamiento evoluciona, ahora todo ha cambiado. Se hacen galas artísticas contra la homofobia, la televisión publica sobre el tema. Por otro lado, Abel Prieto (que es un gran intelectual y tenía la ventaja de que era muy aceptado en el medio) fue siempre un hombre que decía lo que pensaba. Ayudó mucho».15
Fornet, como otros que decidieron permanecer en Cuba, tuvo también la impresión de que en breve se restablecería la confianza perdida y que otra vez reinaría el consenso.16
Desde fines de los 70’ Cuba se mostraba lista para superar los penosos pasajes que definieron el ámbito cultural de la primera mitad de la década, y que se extendió (aunque ya no como generalidad) hasta el quinquenio primero de los 80’. Este es, precisamente, un momento en que la Isla consolida su prestigio dentro de la izquierda mundial. La solidaridad proletaria se traduce, con mayor fuerza que antes, en asesoría militar, cultural y técnica para el Tercer Mundo. Tres nombres, respectivamente, lo confirman: Angola, Nicaragua y Granada.17
La voz de la mayor de la Antillas se escucha en todos los foros de importancia, aliados o enemigos. En 1979 quedaba inaugurada en La Habana la VI Cumbre del Movimiento de Países No Alineados, y el 26 de enero de 1982 la XXVII reunión del CAME. Un dato interesante: según Julio César Guanche «entre 1973 y 1985 se produjo el nivel de bienestar material más alto experimentado en la historia de la Revolución, como resultado de la alianza con la URSS».18
Los 80’ son también el período de la compleja crisis iniciada con los sucesos de la embajada de Perú en la capital, y que terminó con el éxodo de cientos de cubanos vía puerto de Mariel. La perestroika hacía guiños al otro lado de los Urales; aunque al final tuvimos nuestro propio proceso de Rectificación de Errores y Tendencias Negativas. A diez años de comenzado su mandato como presidente, Fidel, encabeza esa arenga contra el fraude, la corrupción, el conformismo, y la falsa unanimidad que la Revolución le debía a sus hijos mucho tiempo atrás. En opinión de Abel Somohano y Anneris Leyva este proceso «matizó el espacio público cubano desde 1986»19, y evidenció la necesidad de preservar el socialismo y promover el cuestionamiento, entre otros, de los órdenes político, económico y cultural del país.20
El mandatario se preguntaba, en uno de sus discursos, qué clase de socialismo era el que se iba a construir por esos derroteros. « ¿Qué ideología era esa? -decía- Yo quiero saberlo, ¿y si esos métodos nos conducían a un sistema peor que el del capitalismo, en vez de conducir realmente al socialismo y al comunismo?»21 Para el líder cubano si esos fenómenos no se enfrentaban con toda la energía podían acabar acarreando el escepticismo en las masas, el desaliento, la desmoralización, el descrédito de las ideas y los objetivos del proceso revolucionario.
En medio de todo esa sacudida social se produce lo que he escuchado nombrar como el período más rico en participación crítica y cultura del debate junto a los 60’. Quizá propiciado por el propio enviorment nacional, donde comenzaron a reinsertarse, ya sí con mayor visibilidad, algunos nombres que habían sufrido la marginación en nuestro campo cultural. Aunque, aun persistían «ciertos hábitos incubados en períodos anteriores».22 El intelectual cubano Eduardo Morales recuerda que en los 80’ existían espacios para la crítica donde los artistas (y en específico los artistas de la plástica) se reunían para cuestionarse su entorno y reflexionar en torno a sí mismos.23
A inicios de esa década verdaderamente prodigiosa en el logro de un entendimiento que se verá lastrado hacia los 90’, es fácil constatar una cercanía entre las instituciones culturales, los funcionarios y los intelectuales. El rol de las revistas culturales como punta de lanza de la crítica social, ante medios masivos de comunicación anquilosados en un pensamiento acrítico, fue medular en este periodo.24
Sobre todo a inicios de los 80’, y bajo la dirección de Alicia Alonso el Gran Teatro de La Habana significó un espacio de reivindicación para gente de la cultura de probada valía y desfavorecida por la política cultural en la década anterior. (Quizá el caso más conocido es el del escritor Humberto Arenal, quien estuvo dirigiendo la Comedia Lírica «Gonzalo Roig» entre 1984 y 1987).
La penosa historia de los 70’ estuvo vedada para el conocimiento público durante los años posteriores, exenta de debates, más allá de algunas reuniones que Hart organizó una vez asumida la cartera de Ministro. Armando Quesada relata una historia ilustrativa:

El 5 de enero de 2007 se transmite un programa Impronta sobre Luis Pavón. (Se hizo contra mi voluntad, dije que no lo hicieran, que iba a traer problemas; pero la gente que lo publicó provenía de las FAR, lo conocían de allá y tenían un criterio distinto). Y a partir de eso estalla la «Guerrita de los e-mails» por el tema del Quinquenio gis.
De mí dijeron millones de cosas; que era un inquisidor, imagínate, yo estaba en eso. Y el 26 de enero me llaman del Comité Central, me cita el Jefe del Departamento Ideológico; ¡y ni ellos tenían la Resolución 3! ¡Ni sabían la historia del Congreso! Fui yo quien les contó todo.

Y aunque el reconocimiento llegó (tarde, pero seguro) la fractura que sufrió la obra de muchos escritores a partir de las sanciones recibidas resultó irreparable, a decir de Eduardo Heras León.25 Otra vez esos hombres y mujeres a los que se le negaron los viajes, las imprentas, las galerías, volvieron a los espacios que el dogmatismo les arrebató… ¿Volvieron?

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