¿Quién era Darío Carmona?

LES REGALO ESTA CRÓNICA INÉDITA DEL AMIGO, POETA Y PERIODISTA FÉLIX CONTRERAS

Como diría el poeta, “¡qué enigma entre las aguas!” Sólo sabíamos que se llamaba Darío Carmona y su procedencia geográfica por el acento al hablar, un castellano fuerte, con muchas zetas inobjetablemente de España, que cuando llegó iniciándose la década de 1960 procedía de la revista Ercilla de Santiago de Chile. Nada más.
Por él entré y me hice periodista en la revista Cuba —poco después, Cuba Internacional—. En 1966 la publicación carecía de personal profesional y Lisandro Otero le encarga los buscará. A mí, no sé cómo, me localiza en la cafetería de la UNEAC, donde yo hacía tiempo en espera de ubicarme en algo, recién llegaba a La Habana y cualquier cosa me venía bien.
Por esos días publicaba mis primeros poemas, un cuaderno colectivo –Cinco poetas jóvenes— que le aseguraron yo llevaba un periodista dentro. “Señor—le digo—, nunca he escrito periodismo, prosa, nada, sólo poemas”. “Por eso me interesas. Joder. Déjame eso a mí”
Me dice—ordena—, “Chaval, mañana te espero en este lugar”. Coloca el cigarrillo en el borde la mesa, se encasqueta la gorra de fieltro hasta las orejas, la chaqueta de cuero y se marcha enfundado en aquel atuendo bien ajeno al clima imperante en La Habana.
Entonces la revista estaba en el sotano del Instituto Nacional de Refoma Agraria y, días después, nos mudábamos a Reina y Lealtad, adonde, enseguida me acompañaban otros jóvenes también detectados por el viejo y enigmático periodista: Norberto Fuentes, Froilán Escobar, Humberto Mayol, Antonio Conte, Iván Cañas, Enrique de la UZ, Nicolás Delgado, José Alberto Figueroa,
Tenía un humor mundano, paródico, muy comprometido con lo cultural y lo literario, nutria su conversación con citas literarias y versos famosos que delataban más que cultura, erudición.
Sufrimos lo indecible con su burlas y regaños. Alguien lloró de rabia. Le entregábamos una cuartilla y nos la devolvía con solo tres líneas pero, siempre tenía razón: decíamos poco con muchas palabras.
Devórabamos a García Márquez, John Reed, Hemingway, Guillermo Cabrera infante, Norman Mailler, Alejo Carpentier, Truman Capote, Tom Wolf, Ryszard Kapunscinski, Lino Novás Calvo, él, orondo, celebraba nuestras indigestiones de lecturas que incluín poetas de allá y de acá.
Con él comenzamos a mezclar periodismo con literatura y, sin saberlo, nos salió el periodismo literario.
A cada rato se aparecía con su última conquista amorosa, siempre chiquillas mucho más jóvenes que, sentaba atrás en su motoneta y parecían una escena del neorealismo italiano.
Gozaba con los personajes que teníamos allí mismo en la revista, literarios en estado puro, sin necesidad de validarlos con narrativa ni versos… Como Baltazar Enero… “Pero, cómo cojones un tío puede llamarse Baltazar Enero…? Era José Gómez pero, nunca le dijimos que era un pseudónimo del viejo corrector hijo de republicanos españoles, tan amante de ese país, Jacinto Benavente, Pio Baroja y las zarzuelas, que pronunciaba más la Z que él (que Darío).

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