ESCASEZ EN CUBA: LA LARGA TRADICIÓN (PRIMERA PARTE)

1898

Cuando faltaba muy poco para que Cuba dejara de ser española y ya los Rouge Raiders habían desembarcado en Oriente, La Habana sintió el hambre intensa de la guerra. A partir del año 1898, el gobierno de los Estados Unidos ancló frente a nuestras costas los acorazados Louisiana, Brooklyn, Iowa, Texas, entre otros.
La intención del cerco era impedir la llegada de suministros a la colonia, rendir por hambre a las tropas ibéricas, aunque los más afectados fueron sin duda alguna los pobladores de La Habana.
Resulta interesante lo que nos cuenta el periodista Ciro Bianchi Ross en uno de sus populares artículos dominicales. Aún cuando en la Isla se desangraban cubanos contra españoles, el Capitán General Ramón Blanco, máximo representante del poder hispánico en Cuba -a diferencia de sus opresivos antecesores- procuró y se preocupó por la supervivencia de las condiciones de vida de los habitantes menos favorecidos.
Escribe Bianchi: «(…) por orden del Gobierno colonial, cocinas económicas o populares se establecieron en los barrios más pobres de la capital (…)»; y se racionó el pan (llamado pan de Arola, según Ciro, por el nombre del Comandante Militar de la plaza que organizó la distribución) tal y como ocurrió a inicios del llamado Período Especial, cuando en tiempo de paz la canasta básica de la familia cubana se racionalizó a través de la conocida «libreta».
Pero la medida resultó insuficiente. Ante la desesperación provocada por la penuria económica, recuerda Ciro que se improvisaban embarcaciones de todo tipo que sacaban a la gente clandestinamente de la Isla. Durante la Crisis de los balseros en los años 90’ se repitió el panorama.
«No se saquearon establecimientos comerciales y cuando el pueblo advertía que un bodeguero especulaba con el arroz, lo obligaba, a viva fuerza y en medio de una rechifla general, a detallarlo a cinco centavos la libra y darlo gratis a aquellos que ostensiblemente no podían pagarlo», relata Bianchi. No obstante, a pesar de que el pueblo tomaba la justicia por cuenta propia, y fungía de vez en vez como regulador de los costos, no se detuvo a largo plazo el aumento de los precios.
Y fue entonces que otro fenómeno que acompaña a todos las crisis hizo su entrada en La Habana: el fortalecimiento del mercado negro. Los propios marines yanquis que bloqueaban la urbe comenzaron a sacar provecho de la penosa situación. Los habaneros pagaban de buena gana unas latas de carne en conserva fabricadas en Chicago, entre otros artículos made in USA. Por otro lado, el platillo principal en el menú de los más pobres eran harina y azúcar recalentada con unas gotas de limón.
«Pero no faltó la alegría ni la esperanza, como se desprende de estos versos de Ibrilio, un poeta que los vendía a medio la décima. Decían: ʻEn La Habana y en La Mocha / se mata el hambre la gente / comiendo harina caliente / y dulcito de melcocha. / La vieja se vuelve chocha / viendo cara la butuba; / pero aunque de precio suba, / mientras haya mango y caña, / del hambre la fiera saña / jamás sentirá mi Cuba”. -Y continúa Ciro- Entonces se puso de moda lo de la “caña a tres trozos”, que desde entonces viene utilizándose para ilustrar una situación poco desahogada, un momento difícil».

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