El Eco de la rosa en una época sin nombre

El medioevo resultó un período rasgado por cortes mortecinos en lo que a socialización del conocimiento refiere. Y la novela «El Nombre de la Rosa», del autor italiano Humberto Eco, logra plantar ante nuestros sentidos buena parte del espíritu de aquella época, tan alejada en el tiempo.

«El Nombre de la Rosa» es uno de esos libros que suscitaron movimientos de masas. Y aunque para el lector menos entendido, es tan solo una buena una novela detectivesca ambientada en la Edad Media (esto es indudablemente cierto: la trama de la novela, en la que Guillermo de Baskerville y su inseparable Adso conviven en una abadía italiana empedrada en enigmas, no tiene qué envidiarle a otras novelas del género), una lectura más pausada demuestra que Umberto encaja, incluso, aspectos propios de la semiótica, en el progreso de los eventos narrativos.

Ya desde el título, el intelectual italiano comienza a mostrar su objetivo de anegarnos en un lenguaje con varios sentidos, colmado de «imágenes sensoriales». En la obra es tan importante lo que dicen las líneas como la inmanencia de los sintagmas.

La descripción detallada de escenarios y la reproducción de imágenes de una abadía medieval (se adentra en los símbolos propios de la cultura de la época, heredera de la Antigüedad Clásica) hacen que muchos lectores escapen del presente y terminen en espacios de 1327. Casi a través de la lectura uno puede percibir las hoscas noches violadas por algún candelabro y creerse envuelto en la humedad de sitios que sólo vemos en cine o televisión.

Aunque en el texto de Eco se entremezclan características propias de la novelística ojival, el policíaco, los anales medievales, y un simbolismo narrativo (resultado este del gran teórico literario que es) esta novela contiene una excelente «tripa» sociológica e histórica vista desde el contexto en que se enmarca.

«El nombre de la rosa» invita, no solo al disfrute de una trama apasionante (cuenta los dinamismos del personaje Guillermo de Baskerville para desentrañar la anómala consecución de crímenes en una abadía) o al rescate de un período histórico signado por el oscurantismo y convulsiones «intraeclesiales» -reconstrucción esta que supera aquello que exteriormente es «narrable», aborda además, las maneras de ver el mundo en la Europa del siglo XIV-, sino que expone los modos que preponderaban en el sistema de comunicación de la época medieval.

La novela, publicada en 1980 y con una versión para el cine, saca a la luz estos elementos de una forma más solapada y discreta que otros aspectos de la vida feudal –pienso, por ejemplo, en la descripción de la arquitectura de la iglesia en la hora sexta del primer día-; pero, sin lugar a dudas este especial también se encuentra desplegado a lo largo de la obra.

No obstante, en las propias descripciones de Humberto Eco se desliza uno de los instrumentos más importantes para transmitir mensajes en la Edad Media: las representaciones gráficas.

¿No vemos acaso el poderío de la cúspide eclesial, manifestado en la grandeza de los templos católicos?

«Robusta iglesia abacial, como las que construían nuestros antiguos en Provenza y Languedoc, ajena a las audacias y al exceso de filigranas del estilo moderno, y a la que sólo en tiempos más recientes, creo, habían enriquecido, por encima del coro, con una aguja, audazmente dirigida hacia la cúpula celeste», escribe el autor haciendo referencia a la abadía bizantina. Y por si fuera poca esta monumental idea que nos da de la que se empeñaba en describir, anteriormente apuntaba que esa no era tan grande como otras que uno de sus personajes vería en las ciudades europeas de Estrasburgo, Chartres, Bamberg y París.

Asimismo, detalles del interior y las fachadas de las edificaciones religiosas comunicaban ciertos elementos de la espiritualidad cristiana, tales como la acústica lograda dentro de las iglesias, la cual obliga al visitante a callar para no hacer ruidos… tan solo un murmullo se convierte en bisbeo fastidioso. La magnificencia decorativa en el interior de las capillas y templos funcionaba como una analogía clara de las riquezas de la «casa de Dios»; detalle este que contrastaba crudamente con la pobreza del siervo y las escasas oportunidades para la realización plena de los individuos: o sea, lo que está fuera de la mano divina.

Y así, otros fragmentos del aguafuerte gráfico del medioevo –como los temas en los vitrales, dominados por representaciones bíblicas; o la disposición de la entrada de la luz en muchos santuarios: directamente del cielo- retratan en la novela de Eco un espacio temporal que cifraba sus mensajes a través de la gráfica.

De igual forma, la oralidad se mantuvo como una vía sobresaliente en la transferencia de mensajes; y un factor que influyó tremendamente en su posicionamiento fue la férrea dominación que ejerció la institución de la iglesia como rectora y usufructuaria por excelencia del conocimiento.

Si bien la plaga del analfabetismo azotaba a los pobres, también llegaba hasta los señores feudales. La diferencia entre ambos no trascendía más allá de la posesión de bienes materiales y recursos económicos, en términos generales. Un noble de Aquitania era tan inculto como un campesino procedente de Aviñón.

La Iglesia influyó durante mucho tiempo en que el latín se mantuviera como idioma oficial de sus «dominios» (sí, porque esta institución mantuvo, además de una potestad económica y cultural, un tremendo poderío político), y por supuesto, las estrategias pedagógicas y los centros educativos para socializar el conocimiento era cabalmente de su pertenencia (ya a finales del siglo XII se «secularizan» los saberes con el surgimiento de varias universidades que aceptaban entre sus docentes a hijos de nobles que simpatizaban con instituciones católicas).

En medio del tema básico del complot (que no es nada nuevo para los fanáticos del misterio o de los «thriller»), el autor logra armar, en buena medida, el puzzle de una sociedad patriarcal, agrarizada y dispersa –sobre todo por lo «conservador» de su sistema comunicativo-.

Para este fin se vale de un gran suceso en el que están involucrados una serie de personajes con los perfiles más disímiles –representativos de la época-, extraños eventos, y la representación misma de la Santa Madre: la Gran Inquisición. Sin embargo, «El Nombre de la Rosa» es más que una novela que hace apología al esoterismo; considero, es una guía para vislumbrar, desde distintas perspectivas, aquella sociedad medieval que nos continuará intrigando.

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Un comentario

  1. Luis Luque · · Responder

    La Edad Media es tiempo de contradicciones,pero, contrario a lo que suele repetirse, no de “negro-oscuro-más-que negro”. No son 1000 años de oscuridad, pues el cristianismo que se dispersó por toda Europa fue fundamental para dejar atrás las relaciones esclavistas de esa Antigüedad grecorromana tan “preclara”, y fundamentó la libertad del hombre en su semejanza con la libertad de su Creador, mucho antes de la “liberté, fraternité et egalité” de la Revolución francesa. Fue el Medioevo el período en que se fundaron las primeras universidades, en que los monasterios copiaron, tradujeron y conservaron las obras de los filósofos y los científicos más notables de Grecia y Roma; fue la época de la fundación de muchas de las más hermosas ciudades europeas; la de la arquitectura románica y gótica; la de obras como el Decamerón, la Divina Comedia, la poesía de François Villon, etc, etc, etc. Sí, hay sombras, pero antes de ese período tampoco todo era sol, ni después de la Edad Media, y veámoslo hoy, tampoco todo ha sido luz.

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