ESCASEZ EN CUBA: LA LARGA TRADICIÓN (SEGUNDA PARTE)

II Guerra Mundial

Hace unos años Graziella Pogolotti nos llamaba a la reflexión: al celebrar un siglo del autor de Aire Frío se precisaba una revisión profunda de su quehacer intelectual (y agrego, su vida personal). La doctora tenía razón. Pero a veces -y este es también el caso de Virgilio Piñera- se magnifica determinada obra literaria por la trascendencia, la capacidad para hablarle al futuro, más que por lo que nos cuenta de su propio contexto.
Existe una sobreestimación del autor-profeta, mientras que a veces hayamos una subvaloración del autor-cronista; a pesar de que, como sabemos, la profecía y la crónica -tanto como lo autobiográfico- no escapan de los textos narrativos.
Dice Graziella que por áspera, la novela es la arista menos visitada por lectores y estudiosos de la obra piñeriana. Sin embargo, es esta (por encima del cuento onírico y del absurdo que cultivó Virgilio) el espacio en que el cronista nos hizo un guiño histórico. Según Pogolotti, la simbología de una novela como La carne de René (básicamente el primer capítulo) nos remite a una situación histórica concreta.
«Son los años de la segunda guerra mundial cuando escasearon en Cuba productos alimenticios, de aseo y combustibles. La ORPA , supervisaba la distribución de suministros. Un llamado “carburante nacional” sustituía la gasolina, muy racionado. (…) la voz popular comunicaba la llegada al barrio de la carne, la leche o el jabón. En unos minutos, una multitud salida de todas partes formaba colas. En la obra de Virgilio, la carne real ofrece su tarjeta de presentación. Son perniles y cuartos de res sangrientos frente a una humanidad voraz y en disputa, también hecha de carne».
El autor-cronista registró un momento harto interesante de la historia cotidiana nacional cuando el país, lejos de los principales campos de matanza, estaba sometido por circunstancias exteriores a racionalizar alimentos y artículos que antes de la guerra abundaban.
La Oficina de Regulación de Precios y Abastecimiento (ORPA) nació en 1942, cuando la guerra en Europa llevaba tres años quemando cadáveres, y justo tres años antes de que el Ejército Rojo tomara Berlín. El departamento gubernamental contaba con las facultades necesarias para fijar precios a artículos de lo que llamamos canasta básica. (En ese sentido se parece bastante a la actual OFICODA.) Igualmente, podía designar los costos de las materias primas para producciones manufactureras e industriales.
Otras funciones de la ORPA eran las de luchar contra la especulación, el ocultamiento o el uso indebido de artículos de primera necesidad. Fijaba, además, las rentas máximas de alquileres de viviendas en aras de impedir el encarecimiento ilícito e insoportable para el bolsillo promedio. La oficina procuró desacelerar la producción de artículos no esenciales para la subsistencia de la población; y por otro lado, dinamizar, racionar y regular el consumo de productos imprescindibles para la vida y la defensa. Podemos imaginar que no a todos los grandes empresarios agradaba la gestión de la ORPA, máxime cuando su principal directivo aplicaba al pie de la letra las regulaciones dispuestas.
Al frente de la oficina se encontraba el ingeniero Carlos Hevia, quien años atrás había sido Presidente de la República por 48 horas. A diferencia de otros politicos de la época, Hevia era tenido por la prensa criolla como un hombre honrado y con buenas manos para las funciones públicas. Antimachadista, vinculado al Directorio Estudiantil; durante su breve gestión como Secretario de Agricultura en el gobierno de Grau obligó a los dueños de ingenio a incrementar el salario de los obreros si el precio del azúcar ascendía. Asimismo fijó un monto mínimo obligatorio para bonoficar los trabajos del campo en la industria más importante de la Isla.
Hevia, sin ser un santo, sufrió los embates de la lid politiquera republicana. Accedió a la Primera Magistratura en el desafortunado momento que fuerzas subterráneas (entiéndase general Batista y embajada norteamericana) ya tenían planificado el ascenso del coronel Carlos Mendieta. Años después la suerte le negaría otra vez la sonrisa. Entre la noche del jueves 29 y la mañana del viernes 30 de julio de 1943 el ingeniero sincero presentó su renuncia como director de la ORPA.
Poco antes de la dimisión el ministro de Comercio y la Junta de Economía de Guerra adoptaron un acuerdo desfavorable para la oficina anti-especuladores. Hevia quedaba desprovisto de los amplios poderes legales con los que decretos anteriores lo habían investido, y además estaba a merced de intervenciones militares en asuntos de la entidad. Junto a él renunciaron varios jefes subalternos y empleados conscintes de que a partir de ese entonces la ORPA pasaría al platillo de magnates, garroteros, estafadores y políticos desvergonzados.
En 1946, con el fin de la guerra mundial, la oficina fue desmontada. En mayo 26 de ese mismo año un artículo en Bohemia señalaba lo siguiente: «Por el momento, al menos, la eliminacion de la ORPA, no afecta a la necesaria regulación del proceso económico, aunque no puede negarse que bajo su nueva forma ha desaparecido la autonomía que parecía garantizar la protección del consumidor».

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