QUERíA SER UN MALDITO

QUERIA SR UN MALDITO

Hablamos durante un buen rato en el café teatro del Bertol Brecht bajo una atmósfera espantosamente verde que envuelve nuestros rostros. Aun así la blanquísima melena de Rolen Hernández retiñe en la oscuridad. Y sus manos inquietas, expresivas, desdoblan el silencio hasta someterlo a su grave voz.
Me cuenta de los retoños de sus dos matrimonios; de los hijos de sus hijos. “¿Viste qué lindos mis nietos?; cuando tengas los tuyos también los verás hermosos”. Su familia le produce un orgullo especial, y una inflexión nostálgica nombres como los de Olga Alonso y Sigifredo Álvarez; amigos de la juventud.
Niega su complicidad con la historia, pero en más de una ocasión he leído su nombre junto al de Víctor Casaus, Wichy Nogueras y Félix Contreras.
Ellos eran los angry young men de su tiempo. Se burlaron de Wichy con todo el escarnio que permite la amistad cuando compartió el premio David con una lesbiana. Y para aclarar su inconformidad no asistieron a la ceremonia. Rolen lo cuenta y se escapa la discreción porque ya nada de eso importa.
Integró un grupo de célebres autores que en los años 60 articularon sus versos entorno a la revista El Caimán Barbudo. Comenzó haciendo poemas. “Cometí unos cuantos de esos”, confiesa y detrás de sus ojos minúsculos brilla un espasmo de memorias.

Los «flojitos» de Cultura

“Los últimos años de Batista fueron muy represivos y extremadamente duros en términos económicos. Y aunque no me alcé en la Sierra, desde mi pueblo hice algunas cosas contra la dictadura y viví los mismos momentos de angustia que otros muchos jóvenes.
En cuanto triunfa la Revolución hay una explosión de libertad, una euforia incontenible. Y especialmente en la Escuela Nacional para Instructores de Arte (ENIA) se crea un espacio de libertad que muchos no conocíamos. Estuve becado ahí a partir de 1961.
Esa escuela no solo nos formó como instructores, sino que también lo hizo en la disciplina y el deber revolucionario. Allí vivimos una etapa muy linda que fueron los primeros años de la Revolución.
Llevo en la memoria experiencias únicas. Durante la Crisis de los Misiles a todos los becados nos preservaron llevándonos para la Sierra Maestra. A pesar del peligro siempre había tiempo para hacer locuras. Allá arriba, en el monte, me encaramaba en la punta de una loma y gritaba el nombre de mi novia a los cuatro vientos: ¡Rosa Ileana! …fueron momentos preciosos.
Mientras estábamos en la sierra nunca se nos dio formación militar, aunque la pedíamos. Una vez en la ciudad lo que hicimos regularmente fue marchar por las calles aledañas al hotel, en Miramar. ¡Y a nosotros aquello nos molestaba!, porque a veces nos reuníamos con otras escuelas becadas y decían: ¡Bah! Esa gente de teatro está medio flojita.
Ante el peligro de un desastre nuclear recuerdo que los varones hicimos una especie de huelga y nos reunimos con la dirección de la escuela. Les dijimos que nosotros no éramos “mariquitas”, y que nuestro deber era defender a la Patria con las armas. Estábamos decididos a darlo todo por la Revolución”.

Los doce, revuelta y una inmensa vocación

“Cuando termino mi servicio social me piden que regrese a la Isla de la Juventud, pero me negué, porque lo que yo quería era estar sobre las tablas. Ya en esos momentos Sigifredo (Álvarez Conesa) era director artístico de un grupo de teatro infantil. Así que comienzo a trabajar junto a él en el Grupo Juvenil de Teatro de La Habana. Bajo la dirección de Roberto Fernández recorríamos todos los municipios de la provincia Habana haciendo teatro infantil. Más tarde comenzamos a hacerlo para jóvenes, algo en lo que fuimos pioneros en Cuba.
Llegó un momento muy significativo en mi vida profesional en el cual, sorprendentemente, comienzo a hacer teatro junto al hombre extraordinario que es Vicente Revuelta. Él seguía corrientes muy modernas. Partió del llamado Teatro de la Crueldad, un movimiento que se expande por toda Europa. Durante sus viajes se pone al tanto de la obra del polaco Grotowsky; conoce nuevas maneras de transmitir en escena más con el cuerpo y los movimientos que con la palabra misma.
Lleno de esas influencias vanguardistas regresa a Cuba, y con un grupo de doce artistas del grupo Teatro Estudio en su mayoría  funda Los Doce. Entonces comienza a hacer un trabajo de búsqueda y experimentación de nuevas técnicas dramáticas.
Los conocimientos que gané en la Escuela Nacional de Instructores de Arte me sirvieron mucho en Los Doce. Sobre todo porque era un grupo que se planteaba formular un teatro diferente al que se hacía en los años 60, que era muy complaciente.
Me uno a Vicente después de salir del grupo La Rueda. Él estaba buscando gente nueva, porque varios de los actores originarios se habían marchado; y yo, pues me presento a una audición a solo seis meses de creado el grupo. Podría decirse que soy fundador de Los Doce.
Durante años recibimos el apoyo de Raquel Revuelta y Haydee Santamaría; porque las cosas no fueron nada fáciles. En un momento determinado Vicente enferma y después de algunos intentos por salvar el grupo finalmente Los Doce desaparece en 1970. En seguida paso a trabajar con el director Juan Arce en el Joven Teatro de Gerona. Pero las vivencias profesionales junto a Vicente fueron inigualables y muy enriquecedoras”.

El último post-post romántico

“Desde edades tempranas sentía vocación por las letras. Cuando niño, recuerdo que hice, en un papel de cartucho, un periódico de Vertientes. Y yo era todo: el reportero, el editor, el jefe de información.
Comienzo a hacer poesía desde antes de entrar a la escuela; a pesar de que era muy difícil acceder a los grandes autores y a sus obras porque el libro, antes de la Revolución, era un artículo de lujo, carísimo. Yo vivía en el batey de un central, allí ni existía biblioteca. Cientos de veces había que elegir entre comprar comida o hacernos de un buen libro. Y la cosa no era nada fácil. Casi lo único que leía eran dos revistas fundamentalmente: Bohemia y Carteles. Esta traía todas las semanas un cuento de algún escritor famoso acompañado de su síntesis biográfica. Me bebía aquellas líneas ansiosamente. Desde esas mismas páginas descubrí también la poesía.
En 1960 escribo un poema que envío a la redacción del periódico El Camagüeyano; y para mi sorpresa lo publican. Días después me visita el poeta Luis Suardíaz, que formaba parte de un grupo de autores de la provincia llamado Novación Literaria. Allí tuve el privilegio de conocer a un maravilloso escritor –muerto prematuramente–: Rolando Escardó. Durante el poco tiempo que compartimos logramos establecer una relación de empatía.
Él me acogió con gran afecto, sobre todo porque yo era el más jovencito del grupo. Junto a él y otros más concebí una poesía más lograda. Y por supuesto, cuando llegué a la escuela de instructores yo era el primer poeta. En el Comodoro había una muchacha que me pasaba a máquina lo que escribía y  yo lo colgaba en un mural grande para que todos me leyeran.
Entonces, dentro de la misma beca, sucede algo muy hermoso: comienza a surgir un movimiento de poesía muy joven. El grupito estaba liderado por Félix Contreras y por mí, que éramos los mayores. Algunos de sus integrantes más importantes fueron Sigifredo Álvarez Conesa –fallecido ya–, Waldo Leyva y José Luis Rufín. Hasta llegamos a publicar dos folletos en la escuela.
Cuando uno es joven se cree poeta. Y escribe, escribe y escribe; pero siempre tiene una “poesía piloto” que lo único que cambia es el nombre: A Marta, A Josefina, A María, según la muchacha de turno que te acompañe. En la escuela hubo dos o tres así; pero la mayoría logró crear una poesía seria; sobre todo los que acabamos en el recién creado Caimán Barbudo.
Allí conocí a hombres muy talentosos; y entre ellos, a quienes considero los grandes poetas de mi generación: Wichy Nogueras y Guillermo Rodríguez Rivera. No obstante, dejé la poesía porque mis deseos de actuar eran más fuertes. Además, yo era muy duro conmigo mismo. Yo quería ser como Rimbaud y los poetas malditos franceses; vivir la vida alucinada que llevaron en aquellos tiempos. Anhelaba ser ese poeta, no uno del montón o un “arreglador de estrofas”. Llegué a creer que no tenía lo necesario para ser de los grandes.
Pablo Armando Fernández me decía: “Fuiste muy duro contigo”. Fui hipercrítico y me hice el “harakiri”. Él mismo me dijo una vez: “Tú eres el último post-post romántico”. ¡Te imaginas! Para él yo era capaz de darle valor poético a cualquier palabra. Pero, ya te digo, me automarginé por una idea tonta y por un carácter muy crítico”.

UNA VERSION DE ESTA ENTREVISTA FUE PUBLICADA ORIGINALMENTE EN LA WEB DEL CENTRO CULTURAL PABLO DE LA TORRIENTE BRAU EN OCTUBRE DE 2013

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