AMBROSIO FORNET: UNA ESPECIE DE EXPECTATIVA (SEGUNDA PARTE)

Cerca del cielo, en el último piso de un edificio de los 50 del centro capitalino, conversamos con la mirada azul del Caribe bien cercana. Acuartelados en la sala inmensa del escritor, a salvo de las corrientes feroces de un viento bañado en crepúsculo, el diálogo se sumerge en cuestiones culturales, políticas e históricas del pasado reciente deCuba.
De vez en vez una brisa se cuela por las inmensas persianas del apartamento que nos acoge.A Ambrosio Fornet se le escapa una evocación familiar. Recuerda con añoranza su estancia en Estados Unidos. Trabajaba y a la vez estudiaba en la Universidad de Nueva York. “Con 25 años me paseaba el Village como si fuera un viejo newyorker. Una época muy fructífera… ¡No quiero ni acordarme!”. La sonrisa que había acompañado su conversación detona en suave carcajada. “¿Has visto los letreritos que dicen I love NY? —me inquiere—. Pues, I love NY” —dice jovial, señalándose a sí mismo.

PALABRA PROVIDENCIAL, TÉRMINO INSTRUMENTAL

—En sus ensayos ha dedicado un espacio privilegiado a la diáspora. ¿Por qué se aventura a tomar ese tema por los cuernos?

—En cierto momento de los años 80 comienzo a viajar frecuentemente a Estados Unidos, y me encuentro a colegas cubanos con los que empiezo a establecer una relación de amistad. Algo de lo que me di cuenta es que ellos tenían muchas cosas que decir, y a veces me preguntaban por qué no podían publicar en Cuba. Ante una interrogación como esa no tenía la menor respuesta, incluso, era algo que yo también me preguntaba.
“En el 78 creo, se estimulan las relaciones entre ambos lados del estrecho de la Florida —entre los círculos intelectuales sobre todo. Y los llamados ‘gusanos’ regresaron convertidos en ‘mariposas’. Mira qué interesante: después los empezaron a llamar ‘comunidad cubana en el exterior’. Y es que algunos de esos autores con los que trabé amistad habían empezado a escribir fuera de Cuba, porque se habían ido de niños. Como, por ejemplo, Román de la Campa. Ellos no eran Lino Novás Calvo, que tenía una trayectoria intelectual, pero también política. Ellos no tenían ‘pecado original’ ninguno.
”Jesús Díaz hace un documental titulado 55 hermanos, en el que entrevista a los integrantes de la Brigada Antonio Maceo, Casa de las Américas premia un libro testimonial de cubanos que vivían fuera del país; o sea, comienza una relación que demuestra que las cosas podían fluir de un lado a otro normalmente.
”En los 90 comienzo a publicar en La Gaceta los dossiers sobre la diáspora. Ahí hablé sobre algunos de estos escritores que ya conocía y sobre otros con los que me interesaba establecer una amistad. En el terreno de la ensayística estaba Gustavo Pérez Firmat, que se dedicaba a reflexionar sobre su condición ‘diaspórica’. O sea, era un hombre clave, y yo no tenía ninguna relación con él. Traté de establecer algún vínculo, incluso en el 99 me contrataron para dar un curso de un semestre en la Duke University, donde trabajaba Firmat. ¡Y puedes creer que no hubo manera de contactar con él! Tampoco me decidí a telefonearle.
”Años más tarde hice gestiones para que la Universidad de La Habana lo invitara a Cuba, pero me enteré que no podría venir porque su padre era muy hostil hacia la Revolución. Al final lo incluí en el dossier, y tiempo después me mandó sus libros dedicados. Hoy todavía no nos conocemos personalmente”.

—Ahora se habla mucho sobre una “comunidad cubana en el exterior”, pero ¿existe un exilio cubano?

—Absolutamente. Pero el asunto está en que la palabra “exilio” creaba un problema político. Entonces, ¿cómo quitarle a la palabra ese tufo? Pues usamos otras como emigración, o diáspora; esta última parecía ser providencial y fue la que adopté. Era, lo que en inglés se conoce como un término instrumental, o sea, flexible. Decidí robarle a los judíos ese término (ellos son los grandes diaspóricos de la humanidad).
“Los emigrantes cubanos más recientes no eran en su mayoría emigrantes políticos, lo que causaba un gran desconcierto en Miami. Y el asunto es que este individuo llegaba y se ponía a trabajar inmediatamente porque al año quería regresar a Cuba con la maleta cargada”.

—Entre algunos intelectuales cubanos convive cierta inconformidad ante el término Quinquenio Gris, que usted acuñó para denominar el triste período que en lo cultural vivió el archipiélago entre 1971 y 1975.

—Me parece que César López fue el primero que no estuvo de acuerdo con el término. El asunto es que en el 87 —creo— elegí ese nombre cuando escribía un trabajo para la Casa de las Américas, porque lo creí instrumental. Claro, los protagonistas de ese período no aceptaban el término; incluso, en una reunión un ensayista —ya fallecido— se levantó e hizo su defensa.
Por supuesto, los procesos históricos no terminan de un día para otro. No digo que el Quinquenio Gris terminó con la creación del Ministerio de Cultura, sería muy ingenuo, porque los equipos que rodeaban a Hart eran prácticamente los mismos, los prejuicios seguían en el ambiente. Sin embargo, hay una cosa cierta: a partir de ese momento se creó un clima de confianza que no hubo antes.
Pero, para que veas que esto no es tan sencillo, te tengo una anécdota que para mí fue reveladora: una muchacha me preguntó una vez que por qué para nosotros el Quinquenio… empezaba en el 71. Y es que ella, me dijo, había publicado su primer libro de cuentos en ese año, había participado en su primera reunión de escritores, ¡para ella ese año tenía otra connotación!
Mmmm…, ¡qué interesante! Entonces, significa que yo tengo mis fechas, mis calendarios y tú los tuyos. O sea, que los antidogmáticos (nosotros) nos convertimos en dogmáticos cuando empezamos a escribir la historia desde nuestro punto de vista

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