EL HOMBRE QUE AMABA LOS PREMIOS (SEGUNDA PARTE)

Leonardo PPadura coagula el diálogo. Detiene las palabras como un tren poco a poco la marcha. Levanta el rostro y las manos, recibe el blanco pelaje de Goya. Vivian llega hasta nosotros envuelta en el aroma del café recién colado. Dispone las tazas en una mesita cercana. Te traje un poquito de agua, Leonardo le dice que sí, que qué bien hizo en traerle, porque como está hablando se le saca la garganta. Vivian se retira sigilosa, no sin antes preguntar si alguien más quiere agua. La tacita de porcelana con detalles de Portocarrero se pierde en la anchura de las manos del escritor. Bebe lentamente; y cuando acaba el café llega el tiempo de fumar. Busca la cajetilla en la camisa. Desenvaina un cigarro y expone la punta al fuego. Todo el ritual en silencio. Sale denso de su boca un nubarrón de humo gris. Mientras, el cigarro humea tristemente en una mano como si hubiera perdido la vida con la última fumada. En cuanto despide la primera bocanada retomamos la entrevista…

Te decía, que ese reconocimiento tan importante por parte del público (que ha sido patente y evidente) es el que sustenta que pase algo como lo de ayer. Cuando la presentación de un libro de periodismo (La memoria y el olvido, Editorial Caminos) se convierte en un acontecimiento social más que cultural, con más de doscientas personas que llegaron a la Sala Villena de la UNEAC aún cuando hubo una escasísima divulgación (afortunadamente, porque si no hubiera sido un gran problema para los organizadores).

Y esto es una muestra del reconocimiento del lector, que para mí es mucho más importante que el reconocimiento institucional. Entre otras cosas porque las instituciones cambian, los directivos también; los jefes de revistas entran y salen (aunque en Cuba a veces la gente dura demasiado al frente de un centro de cualquier tipo). Pero la gente que vive en un país, si bien cambia, es mucho más permanente que las personas al frente de determinada institución.

¿Se confiesa un amante de los premios?

No, no. Soy un amante, sobre todo, del oficio de escribir. Soy un escritor que trabaja todos los días, aún en condiciones bastante complejas (porque la vida cotidiana y la profesional a veces te llenan las mañanas de complicaciones). Soy un hombre que se levanta temprano y todos los días está en función de la literatura. Cuando no es una novela escribo un ensayo, hago periodismo, preparo un guión de cine, un prólogo o una conferencia. Siempre estoy trabajando porque no sé hacer otra cosa que trabajar.

He tenido una inmensa fortuna con los premios y el mercado. Y es que mis libros se venden en una cantidad suficiente que me permiten vivir de mi literatura y sobre todo, vivir para mi literatura. Ahora mismo estoy en medio de un proyecto de novela que hace dos años comencé a trabajar (pocos meses después de terminar El hombre…); y me va a llevar un año más de trabajo. Requería una etapa de investigación y búsqueda de información que debía hacer básicamente en España y Holanda. Pude viajar a ambos países (pagándolo de mi bolsillo). Y puedo hacerlo con una relativa tranquilidad, porque los libros anteriores me permiten dedicarme por entero a este nuevo volumen, y espero que cuando lo termine, también me ayude a terminar el siguiente.

¿Sabes?, ese es un elemento del que no se habla demasiado: la seguridad económica del escritor. Creo que el artista contemporáneo –por las condiciones del mundo en que vivimos- necesita cierta seguridad económica. No estoy hablando de riquezas o yates; sino de esa estabilidad que te permite escribir con la tranquilidad de saber que la comida que va a comer ese día, la gasolina que le pondrá al automóvil o la electricidad que pagará para que la computadora funcione no se le va a convertir en un problema. Y eso ayuda muchísimo al artista. Le da seguridad y, más aun, le garantiza independencia.

Me hablaba de una próxima novela. ¿Tiene un título provisional? ¿Qué historia cuenta esta vez?

Pensé que se iba a llamar Los Herejes. Pero me di cuenta de que hay una ilación fonética entre palabras; y entonces le voy a poner simplemente Herejes.

Es una novela que cuenta cuatro historias, que tienen conexiones y desconexiones entre sí. Cronológicamente, aunque no es la inicial en el libro, la primera es la de un judío sefardí que vive en Holanda, en la época de Rembrandt, y quiere ser pintor. Para los judíos estaba prohibida la representación de figuras, pero este hombre se acerca al gran creador, entra a su estudio y ahí se produce toda una reflexión sobre la decisión de este hombre de violar una ley Mosáica, y el conocimiento de la pintura a través de Rembrandt, en un momento en que Holanda es el lugar más rico y libre del mundo, y donde, sin embargo, hay libertades que no son permitidas.

Este sefardí pinta un cuadro, y esta pintura tendrá conexión con una historia que ocurre en la Cuba de los años 40 y 50, con un judío asquenazi (de Europa del Este) llegado a la Isla de niño. Sus padres iban a venir a Cuba en un barco famoso por su historia trágica (el San Luis) donde, además, llegaría la pintura. Y aunque no los dejan desembarcar en La Habana, con el tiempo aparecerá en Cuba aquel misterioso cuadro.

En Herejes también trato la historia de este hombre que, renunciando cultural y religiosamente a su condición judía, se convierte en un cubano. Después este individuo se va a Miami en el 58, por algo que ocurre en la Isla; y es entonces que la historia se conecta con un personaje que ayudará a la revelación de este misterio: Mario Conde.

Un hijo de ese judío asquenazi que se fue a Miami, viene a Cuba para entender porqué su padre se fue y porqué no llevó consigo el cuadro que formaba parte del patrimonio familiar y busca la ayuda del Conde.

Mientras, Conde está investigando la desaparición de una muchacha emo, que también optó por su libertad, para participar de una tribu, y desaparece en el momento en que ha decidido dejar de ser emo.

Es una novela que tiene mucho que ver con las decisiones de los individuos, con la búsqueda de reafirmación, de una opción de libertad para las personas, que casi y en algunos casos sin casi, pasa la línea de lo herético.

Cubre un arco de trescientos años, con personajes completamente diferentes, pero que en un momento determinado toman la decisión de optar por su libertad individual.

El trabajo investigativo debe haber sido muy complejo…

La parte más compleja ha sido entender la cultura y el pensamiento judíos, porque no hemos vivido entre judíos. Nos es mucho más fácil comprender una religión afrocubana, aunque no la practiquemos, a entender el judaísmo que tiene más de cuatro mil años, toda una historia riquísima, y un pensamiento complejo.

También fue difícil aprender a pintar como Rembrandt. Aunque soy incapaz de coger un pincel y dar dos trazos, pero pude asimilar el concepto renovador de la pintura de Rembrandt, que entregó las artes plásticas barrocas a la modernidad de manera asombrosa. Me ha obligado a estudiar muchísimo.

El año pasado nos llegaba una buena noticia: Padura hará otra vez de guionista… Cómo le fue con esos Siete días en La Habana.

En este caso no era propiamente un largometraje, porque son siete pequeñas historias. Mi esposa –Lucía López Coll- y yo, trabajamos escribiendo una serie de argumentos para que los posibles directores escogieran qué historia le interesaba.

Algunos escogieron de esos relatos, y algunos nos pidieron que escribiéramos el guion. Lucia y yo trabajamos en el guión de los cuentos que dirigieron Benicio del Toro, Juan Carlos Tabío, Julio Médem, y el argumento del cuento de Trapero, el argentino. Los de Laurent Cantet, el francés, Solimán, el palestino, y Gaspar Noé, son ideas independientes.

Fue un trabajo bastante grato. Yo tenía experiencia en largometrajes, en cortos y documentales. Pero creo que el trabajo en esta película me reafirmó la idea que siempre he tenido: los escritores no deben escribir cine, porque siempre se queda uno con un sentido de insatisfacción, en la medida que es un trabajo de servicio, en el cual escribes lo que necesita un director, o un productor, o los dos a la vez. No es un trabajo en el que tu creatividad es la que decide qué cosa se escribe, sino lo que esperan el director o el productor que tú escribas.

Prefiero no escribir cine, lo hice en ese caso, porque recién había terminado El hombre que amaba a los perros y necesitaba alejarme de esa novela. Apareció ese proyecto, era económicamente rentable y artísticamente atractivo, y por eso decidimos Lucía y yo meternos en él.

Ahora se está negociando la posibilidad de hacer algunas películas con algunas de mis novelas, -incluido El hombre que amaba a los perros-, y yo no quiero trabajar en los guiones. Sin embargo, sí voy a trabajar con Laurent Cantet, en un guion que es a partir de una idea, un punto, de La novela de mi vida, y aunque va hacer una historia completamente aparte de la novela, pero el origen está ahí, en el libro.

Y lo voy hacer porque realmente creo que trabajar con un director del nivel de Laurent Cantet es un privilegio que poquísimos escritores tienen. Pienso que él es un hombre tocado por el cine y con quien, a pesar de que nos comunicamos en inglés –él no habla español, yo no hablo francés-, lo cual hace que nos falte a los dos la sutileza, hemos logrado una comunicación muy armónica en las cosas que hemos ido trabajando y hablando. Y quiero hacer ese trabajo con Cantet, posiblemente este verano.

Durante la reciente presentación en la UNEAC de su libro La memoria y el olvido, se refirió a los 80’ como una etapa que desde su mirada actual le parece un período artificial. ¿A qué se refería?

Sí. De pronto fue un período en el que en Cuba había cosas, se vivía bastante bien, había más guaguas que en otros años, había más comida que en otros años, había más ropa, más café, más ron, más cigarros. Había más de todo.

Pero cuando llegó el año 1990, la caída del Muro de Berlín, el principio, y después en el 91, la desintegración de la Unión Soviética, nos dimos cuenta de que todo ese estado de bienestar que se había logrado en la Isla era absolutamente artificial. Se debía a una inyección de capital soviético, y de los países del Este, y que Cuba por sí sola era incapaz de generar tal riqueza.

Todavía estamos pagando las consecuencias de eso, y secuelas de cosas que ocurrieron después incluso. Nos dimos cuenta por ejemplo, de que en esos años se hubieran podido hacer cosas sustanciales en Cuba a nivel, industrial. Quizá la cosa más importante que se puede hacer en nuestro país, algo que es absolutamente imprescindible es una fábrica de ventiladores, una buena fábrica de ventiladores. Aquí hay dos cosas sin las cuales no se puede vivir: un refrigerador y un ventilador. Sin el refrigerador no puedes guardar comida -y en Cuba hay que guardar comida-, y sin el ventilador no puedes dormir en verano -y necesitamos dormir todos los días. Entonces, fuimos un país que tuvo ese estado de bienestar absolutamente artificial, pero que además ni siquiera lo aprovechó para lograr un futuro menos artificial, un poco mejor.

¿Quiénes son Vivian Lechuga y Ciro Bianchi?

Vivian es, primero que todo, mi amiga, y es la persona -fuera de Lucia-, que más me complementa y ayuda. Edita mis libros, los lee, me resuelve problemas cotidianos, que a veces son complicados para alguien que vive en Mantilla; y tenemos una relación de amistad muy, muy estrecha.

Ciro fue uno de mis primeros modelos de periodista. Él lo sabe. Su periodismo siempre fue un punto de atracción, allá por los finales de los 70, cuando yo no pensaba ya ser periodista, -porque yo hubiera querido estudiar periodismo, sobre todo para escribir de deportives-, y después deseché la idea cuando matriculé en Filología. Ciro es también un excelente amigo. Uno de esos periodistas con los cuales nunca ha existido competencia; siempre hemos estado en comunicación. Si yo tengo una duda sobre algo le pregunto con absoluta confianza, si él tiene una duda… Mira, el otro día, por ejemplo, lo iban a entrevistar sobre pelota, y me dijo «oye, me vienen a entrevistar sobre béisbol y tuve que decir que sí; pero yo no sé absolutamente nada de pelota, dime qué cosas tengo que decir sobre esto, esto, y lo otro.» Y prácticamente le hice la entrevista en diez minutos. Y te digo, lo hacemos con total espíritu de camadería. Además, me parece una excelente persona, es un buen hombre, y eso es algo que también valoro mucho.

Imagino, el periodismo que ejerció desde medios como Juventud Rebelde ha favorecido el olfato investigativo para crear y recrear historias como la de El hombre…

Mira, yo no soy periodista de profesión, soy filólogo, y desde que estaba en la universidad comencé a colaborar con el El Caimán Barbudo, escribiendo críticas literarias. Y tuve la suerte de que al graduarme, estaba por cubrir la plaza de corrector de esa revista. En el 80 empecé a trabajar como corrector, y a los cuatro meses ya me convertí en redactor. Ahí trabajé hasta el 83, cuando me expulsaron por mis problemas ideológicos, y me mandaron para Juventud Rebelde.

Ese primer periodo en el El Caimán fue muy importante, porque me permitió entrar en contacto, en un nivel de igualdad, con los creadores cubanos más significativos de aquellos momentos. El Caimán era la revista cultural más importante de Cuba, en esa etapa, y eso me nutrió muchísimo. Ese es el período en que escribo casi completa mi primera novela Fiebre de caballo, y casi completo mi primer libro de cuentos Según pasan los años.

Pero cuando voy a Juventud Rebelde, tengo que aprender a hacer periodismo -aunque en el proceso de aprendizaje, realmente apliqué lo que ya conocía de la creación narrativa en función del ejercicio periodístico. Así, muy pronto empezó a surgir una mezcla de periodismo y literatura poco concientizada, no era un proyecto, no era una teoría que estaba tratando de aplicar, sino era las soluciones que tenia.

Claro, por mi desconocimiento de las técnicas periodísticas, y por la necesidad de hacer un periodismo que comunicara información, tuve la suerte de que muy pronto empecé a trabajar en un equipo especial que hacía el diario de los domingos. Aquel periódico que hacíamos en Juventud Rebelde se convirtió en una referencia que creo es ya histórica. Me atrevo a decir que fue uno de los momentos más brillantes de la prensa plana nacional; uno de los momentos más creativos, irreverentes, de mayor calidad en cuanto a la creación literaria en la prensa.

Pero en esos seis años que trabajé en Juventud Rebelde yo no escribí literatura. Uno o dos cuentos, y uno o dos ensayitos muy breves sobre Carpentier, porque me dediqué por completo al periodismo.

Cuando en el 89 salgo del Juventud Rebelde tengo la posibilidad de trabajar en La Gaceta -oficialmente en el 90 y ahí soy el jefe de redacción, hasta el 95. Pero en ese momento, en 1990, comienzo a escribir Pasado perfecto, y escribo un cuento que se llama El cazador. Y me doy cuenta de que se ha producido en mí una apropiación de la capacidad narrativa de construir y contar una historia que no tenía antes de esos seis años en el periódico.

Creo que en el diario viví una importante etapa de creación,así lo siento -porque lo considero una etapa creativa, no lo considero para nada un oficio con el cual me ganaba la vida. Por eso todavía muchos de esos trabajos son tan vigentes como los cuentos y las novelas que hice en aquel momento. Antes de Juventud Rebelde yo era un escritor absolutamente amateur, cuando empiezo a escribir después que salgo del diario, soy un escritor profesional.

Y a partir de ahí, he ido aprendiendo, aclarando y enfrentando desconocimientos; porque cada vez que uno (por lo menos me pasa a mí), cada vez que uno empieza a escribir una novela, tiene que aprender a escribir esa novela, por mucho que crea que ya sabe escribir novelas. El acto de la escritura de un nuevo libro te impone nuevos retos, nuevas necesidades de encontrar la mejor expresión para la idea que quieres transmitir.

Por lo tanto es un aprendizaje que no termina nunca -yo no quiero que termine nunca- y por eso cada vez que finalizo un libro que parece muy complicado, me propongo a hacer otro que sea más complejo. Porque me sería muy fácil poder escribir ahora una novela como Pasado perfecto, o Vientos de Cuaresma, desde el conocimiento literario que tengo ahora. Y me resulta muy difícil hacer una novela como Herejes porque estoy aprendiendo a escribirla mientras la escribo.

ENTREVISTA PUBLICADA ORIGINALMENTE EN LA WEB DE LA UNEAC, EN 2012

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: