Más allá de la muralla (PRIMERA PARTE)

Una tierra extraña, donde el cuento de camino a veces es verdad, el agua es religión y el guajiro vive sus días como en un país ajeno…la cultura singular de uno de los parajes más intrincados de Cuba. 

Desde la Autopista Nacional se puede distinguir la Cordillera de Guaniguanico. Uno pasa y ve a lo lejos esa silueta azul-verdosa, y se pregunta qué habrá más allá de la muralla.

El viaje hacia aquellos parajes puede empezar, digamos, a la sombra del puente de San Cristóbal. Las horas pasan, se diluyen entre los pregones y los cascos de caballos que van rumbo al pueblo. La gente de por ahí, habituada a los no-horarios, espera un transporte que los adelante. Ese es su amargo pan diario.

-El camión del Estado que pasa sobre las diez está roto; y hoy no llega –dice una muchacha como si repitiera un verso aprendido hace mucho.

A las once y cuarto la turba empieza a moverse. Decenas de mujeres y hombres se echan al hombro los sacos, los niños, los maletines. Una lata estrepitosa se detiene bajo el puente. El asalto no se hace esperar.

Veinte minutos después arranca, atestado, un camión particular por la empinada carretera. Diez pesos mediante provoca calambres en las extremidades, pone no sé cuántas vidas al borde de los peñascos, somete el cuerpo a una sauna nauseabunda.

Quien haya tenido suerte de alcanzar una ventana trata de abstraerse y poner su vista afuera. En el verde cerrado del paisaje; en las lomas majestuosas coronadas por roca desnuda; en las casas atrevidas que se han subido a las cumbres. El aire se hace más claro, el monte profundo nos regala sus sonidos. Atrás, entre montaña y montaña, queda la imagen del llano encendido por el sol y cada vez más la piel agradece el frescor de los palmares.

La Olla está primero, y luego otros poblados hasta llegar a Quiñones. Ahí acaba la carretera en nuestro viaje. Frente al consultorio del caserío esperamos el próximo transporte. Debe ser pequeño y ágil para salir airoso del a veces estrecho y siempre abrupto terraplén que nos espera.

El ruido la delata a lo lejos: la motoneta con vagón toma veloz una curva hasta llegar a nosotros. Diez pesos. En poco más de un metro cuadrado nos apiñamos siete personas con nuestros respectivos bultos. Y comienza el viaje dando saltos, brincos tremendos que te recuerdan tienes huesos, loma arriba, arriba, arriba.

-Convendría que pavimentaran este tramo, ¿verdad? –pregunta uno de mis amigos al hiperquinético chofer.

-No, muchacho, ¡qué va! Si lo pavimentan los carros pueden entrar hasta Los Cayos, y se me jode el negocio.

El hombre responde sin devolver la mirada. Siempre mirando hacia adelante.

Yo he montado hasta diez personas en este riquimbili –nos cuenta orgulloso.

-¿Y hasta qué hora trabajas? – indaga otra amiga.

-Yo soy del pueblo, de Los Cayos, y cada vez que alguien necesita bajar me busca o me llama por teléfono a la casa. –Toma aire; continúa- ¡Y los sábados!, cuando hay fiesta o discoteca en Quiñones doy viajes hasta las dos de la mañana pa’ traer a los chiquillos de vuelta.

En algún momento el motorista pide a los tres hombres que bajemos del tráiler. El próximo tramo del camino es demasiado empinado en su primer momento y muy inclinado hacia el final. A menor peso, menor posibilidad de un accidente. Agradecidos primero por estirar las piernas, acabamos voceando para que detuviera la marcha aquel triciclo demoniaco. Corrimos veinte minutos, y las montañas se tragaban nuestros gritos.

Media hora de camino hasta que el motor se apaga. Sin saberlo ahí se marca un point off no return. Hasta Los Cayos llega la fibra óptica y la cobertura de los celulares. Martes y viernes un camión recorre los nueve o diez kilómetros de roca y fango que lo separan de Machuca, el asentamiento humano más cercano. Excepto esos dos días, de ese caserío lodoso en adelante, solo transitan pies y patas.

Un río caudaloso nos acompaña parte del camino. Luego nos deja solos mientras nos internamos en el monte duro. Los pasos se hunden hasta los tobillos y el ánimo a veces quiere irse con ellos.

Cada vez son menos y más distantes las casas por aquel sitio. Los árboles cierran todo: el cielo y nuestros cuerpos. Mangos, toronjas y limas nacen sin pedir permiso desde que el tiempo es tiempo. Los Judíos nos delatan, las Cartacubas nos siguen, el Tocororo se oculta de las cámaras fisgonas.

El camino se hace trillo. El trillo se hermana con el río. Y vamos a remangar las camisas y los harapos que llevamos por pantalones. No es cosa de juego un río crecido. Parece que llueve mucho hacia dónde vamos. Nuestra vista se aguza, sabemos que a lo lejos las nubes conspiran contra el sol. Hay que apresurarse.

Uno adelante, otro atrás, como en filas infantiles, cruzamos el cauce turbio, fanguinoliento.

-Esto es lindísimo cuando está manso. El agua es clara, clarita. –asegura nuestra guía. La familia de mi amiga vivió aquí durante años, hasta que mudó a La Habana sus vida y sus cacharros. Aquí no queda sino algún que otro ex-vecino.

Son increíbles los lazos generacionales en estos parajes. Como un vecino es quizá el único semejante que haya en kilómetros los vínculos se afianzan como una especie de regla tribal. Un vecino es un hermano; y sus hijos son mis hijos. Amén de que la familia de mi amiga emigró a la gran ciudad hace dos décadas ya, y ella salió de las lomas siendo una bebita, confía en que el apodo de su abuela nos abra algún conuco para pasar la noche.

QUIMBO

Quimbo se acuerda de Nena como si aquella mujer nunca hubiera abandonado las lomas. No puede creer que la nieta de Nena haya crecido tanto. Y no lo dice su boca, sino los ojos de montero que pasan de mi amiga a nosotros, los cuatro intrusos que necesitan pernoctar en su casa porque una boca de lobo se está tragando la tarde.

Quimbo es discreto, habla poco. Como casi todos los hombres de la loma tiene poco tiempo para decir algo. Se baja del jamelgo, limpia sus manazas en el pantalón militar y le dice a mi amiga que nos ubiquemos por ahí. Nos dedica una tímida sonrisa tras el espeso bigote.

«Por ahí» significa en la casa de madera y tejas metálicas que está a nuestras espaldas. Los casi dos metros de hombre se alejan sonando espuelas, imagino el yarey del sombrero estrujado, molido, entre sus dedos monstruosos. De brinco en brinco sube la falda de una lomita cercana. Está sembrada en piña, ordenada. De eso viven Quimbo y su mujer. Allá arriba vale dos la fruta que en La Habana está sobre los diez y 15 pesos. Es en verdad una reina: la corona amplia, el cuerpo carnoso, jugoso el interior. Morderla es un placer.

Como en esos lares la piña es el pan diario, se impone una merienda en rodajas y garapiña en el desayuno. Un lujo que no desaprovechamos, y que se hace inentendible para nuestro anfitrión.

La señora de la casa se ausenta por estos días. Quimbo nos cuenta luego, reclinado en el taburete, cuando ya casi ha bajado el sol, que Cuca salió para San Cristóbal a buscar jabones, medicinas y alguna ropa. Como hemos comprobado, el tramo es agotador, de manera que Cuca se queda un par de días en el pueblo, en casa de su familia.

Los árboles engullen los débiles rayos del sol. Los guineos regresan a la vegetación, satisfechos tras robarle a los pollos las migajas de pan y sobras de maíz que Quimbo lanza a la tierra. En la noche oiremos sus quejas: «pascual», «pascual». Dicen que se aparean con la misma compañera durante toda la vida.

Dos sabuesos desnutridos se dejan caer en el portal de tierra apisonada. Los párpados apenados, la mirada lastimera. Solo se espabilan cuando las mujeres apagan la leña del fogón y el olor a espaguetis recién cocinados supera la humareda bajo las yaguas.

Después que muere la tarde no queda más que comer, y hacer cuentos si da el ánimo. Empieza la preguntadera. Quimbo gentil nos escucha y habla lo necesario. ¿Dónde el pueblo más cercano? Machuca: a una o dos horas de camino. Se extraña de mi habanera costumbre por catalogarlo todo. Nada se ha bautizado entre Machuca y Los Cayos. Quizá sí en una oficina a cientos de kilómetros; pero a los efectos de Quimbo y los monteros de allí las cumbres, el río que fragmenta la sierra, un valle que pasamos, todo está sin nombrar como al principio del tiempo.

Los mosquitos no se atreven a llegar tan alto; Quimbo asegura que dormiremos como niños. Sin electricidad y apenas batería en los celulares, la noche en la Cordillera es en verdad la noche de nuestros ancestros.

EL REINO DEL AGUA

El terreno irregular, pedregoso exige caballo y botas. Paisaje extraño este: sobre la alfombra verde que va de cumbre en cumbre sobresalen trozos monolíticos de basalto rojo; lejos, algún farallón desnuda el blancor calizo de erguidos paredones.

Loma adentro, loma arriba, se llega al reino del agua. Sale de algún manantial oculto en las alturas, que en verdad no son tan altas porque ya de tanto subir están ahí mismo, a unas pocas horas de camino.

Agua, agua y más agua sin que se gaste nunca. Fluye hasta las cocinas de los rústicos conucos a través de largas mangueras que se pierden en el monte. Si un día no llega al bohío tenga usted por seguro que el pozo está sucio, revuelto. Cuando el agua se agita no es bueno para nadie. El río se envalentona y cierra los pasos, se lleva animales y puentes como el diablo lleva el alma.

Pero incluso, sin ensancharse, el cauce es peligroso, guarda un misterio perenne.

El patio de Duni, a una hora de camino desde la casa de Quimbo, da al Charco del Remolino. Ahí, donde se encuentran un arroyo y el río, los hombres de la zona se han jugado gallinas, terneras y puercos por tocar el fondo. Nadie, excepto el Charco, ha ganado la apuesta.

Pero el agua ellos la tienen como una bendición.

Para cada enfermedad, existe una medida, designada siempre en «jarros», que cura y trae paz. Basta enjuagarse la piel con diez jarros seguidos y la fiebre, por ejemplo, deja de acalorarnos. Así, corresponde una cantidad para cada mal que pueda sentir el cuerpo.

No está en sus altares; saben que Dios solo es uno. Hay una Biblia en la casita de yaguas, imágenes de santos. Pero el líquido es, lo juran, el medio para el alivio. No predican su creencia ni se reúnen en cultos; quizá por eso no pasan de ser contadas familias las que incluyan estos ritos en sus creencias.

En Cuba se le conocen como «acuáticos».

La mayoría de ellos están localizados en lo más recóndito de Viñales y San Cristóbal. En Machuca, por ejemplo, los conocen por sus apellidos. «Los Rodríguez», me decían. Son gente tranquila, honesta y laboriosa por lo general. De modo que en comunidades de la alta cordillera las tienen en estima y pocos juzgan su modo de vida, respetan las decisiones al interior de las familias. Incluso cuando estas nos sean incomprensibles.

Al parecer la práctica es autóctona de la Isla. No se tiene referencias de grupos humanos que hagan lo que estos. Poco se sabe de esa secta. Quizá por su remota ubicación, y también por prejuicios de antaño.

La temática ha tenido su vago y maltratado reflejo en nuestra literatura y cine. Los años 60 y 70 generaron representaciones a tono con los prejuicios de una Revolución que veía en todas las creencias un rezago del pasado.

El largometraje de ficción Los días del agua y la novela La última mujer y el próximo combate de Manuel Cofiño y Manuel Octavio Gómez, respectivamente, dan fe de ello. La caracterización de los personajes acuáticos va del líder espiritual oportunista a incapacitados mentales lastimeros.

Es conocido el caso del cineasta Arturo Sotto, que pensaba internarse con su equipo en Viñales y dedicar un aparte de su documental Breton es un bebé a la secta. La respuesta de las autoridades provinciales fue que no era de su interés que la comunidad se visibilizara en un material sobre Cuba.

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