MÁS ALLÁ DE LA MURALLA (SEGUNDA PARTE)

Una tierra extraña, donde el cuento de camino a veces es verdad, el agua es religión y el guajiro vive sus días como en un país ajeno…la cultura singular de uno de los parajes más intrincados de Cuba. 

EL PAIS AJENO

Decía Pablo de la Torriente Brau que ir al Oriente de la Isla era conocer otro país. Yo creo que el periodista podría incluir en su inventario a este pedazo de Cuba. Gente noble, que no rechaza al extraño, que abre las talanqueras para compartir el Charco azul y profundo.

Los catibos aprovechan el mediodía y cruzan el agua serpenteando, asustando al nadador. A Sony, el esposo de Duni, crecido y nacido ahí no le sorprende nada. A fin de cuentas el catibo es pequeño, inofensivo. Se eriza un poco, eso sí, cuando hablamos de majases.

-Laba’o sei Dios –dice la mujer y deja sobre la mesa las escudillas de aluminio en las que almorzaremos.

-Un día, cuando el sol caía, yo y el muchacho volvíamos de guataquear en el malangal…

-Y oímos al perro que estaba ladra que ladra –interrumpe un chiquillo de diez años, flacucho, rubianco, toda risa con los ojos como platos. Había permanecido con la boca semiabierta, escrutándonos. Los niños miran con el descaro del que quiere saber.

Duni interrumpe al atropellado narrador y pone ante nosotros una tentadora cazuela tiznada con frijoles negros dormidos. Los más agradecidos: ni carne, ni viandas precisa.

-Váyese a lavar las manos y busque a su hermana –le dice al niño-…su padre acaba el cuento.

El vejigo se pierde a cumplir las órdenes. « ¿Y a qué ladraba el perro?».

-¡Era un majá, muchacho! –Sony teatralizaba la escena de tal forma que estábamos metidos de lleno en su historia. El bicho se irguió y lo igualó en tamaño. –Tendría tres metros de largo…

Sony asentía frente a la incredulidad y el asombro compartido por sus interlocutores.

-Yo quería cogerlo, pero estaba de frente y eso sí es peligroso. Se te tira y te enrosca hasta ahogarte…

-¿Cómo que cogerlo? ¡Eso sí es una locura! –brincó alguien en la mesa.

Sony mostró los dientes, y escuchamos una risa irónica desde la cocina. Los dos metros de hombre se inclinaron hacia nosotros. El rostro cuarteado, los ojos de buey temeroso, la voz potente del trueno. Todo sobre la mesa. Crujieron lentamente los tablones.

-Si coges al majá con la zurda pierde la fuerza, ¿ve?

Cuando alguien habla con tal convicción poco más se puede indagar. La certeza es la razón, nunca a la inversa.

No puedes mirarlo mucho porque si no te bajea.

-¿Te qué?

-Te echa el bajo, y quedas memo como Efrade, el bobo que estuvo en cama tres días luego que el majá lo bajeara. Más nunca fue hombre otra vez.

-¿Y qué hicieron con el animal?

-El niño le tiró un guatacazo; salió entre el malangal y hasta el sol de hoy no aparece.

-En La Habana no hay cosa que se parezca a esto, ¿eh? –intervino Duni, y dejó descansar junto a los frijoles otra cazuela tiznada. –Este mái te aseguro que no lo comen allá.

El amarillo intenso de la harina de maíz parecía un girasol de Van Gogh. Antes de arrancar, Sony abrió tres latas de Spam que llegan a Machuca como parte del Plan Turquino. Una iniciativa gubernamental que lleva recursos de la canasta básica a familias residentes en sitios remotos.

El niño y su hermanita se acercaban a lo lejos. Cuchicheaban hasta llegar a nosotros. Intrigados nos miraban servirnos de las cazuelas, masticar, elogiar las manos de Duni en el fogón, soltar algún chiste citadino durante la sobremesa una vez terminado el hambre feroz del mediodía.

Duni entra los platos a la cocina: es la hora de fregar. Una de mis amigas la sigue. Sony se levanta con la promesa de traernos un racimo de los mejores platanitos manzanos que hayamos probado en la vida. Nos manda a sentar apenas hablamos de ayudarle. «Ustedes son la visita». Al rato sale mi amiga de la cocina riendo como loca. «Si ven el lío que armó Duni cuando empecé a mojar los platos». « ¡Ustedes son la visita, muchacha!», soltó la mujer al otro lado de la pared.

-Y ustedes, ¿hacen mucho en la casa? -me viro hacia los hermanos.

Sonríen tímidamente, pero hablar no es un problema.

-Yo ayudo a mi papá a sembrar pinos en la loma –dice el niño y señala una falda cercana; verde, verdecita en pinitos que recordaban la más tierna navidad. –Cuando la Forestal viene a tumbarlos yo no quiero ni mirar. -apoya el codo en la mesa y se enreda la mano en los rizos del pelo.

-Y la escuela, ¿les queda lejos?

Nosotros no vamos a la escuela. Amá nos enseña a leer. –dijo la niña.

El pasmo se extendió de colina a colina. Unos segundos de nieve, hasta que el hermanito desgajó nuestras bocas con un anhelo:

-Dentro de poco Apá coge camino, y cuando vuelva de Cuba me va a traer juguetes.

UN AMOR DE CORDILLERA

Andar dos horas bajo una lluvia noénica no era suficiente. No era suficiente aunque los muslos se tensaran al punto de paralizarte, aunque el descanso de cinco minutos te pidiera quedarte uno más, aunque llegar a Machuca hubiera parecido una hazaña. No era nada.

¿Tú quieres llamar pa’ La Habana?! Pues vamos a tener que subir la loma aquella… -así, claro clarito lo soltó el campesino –detrás de aquel platanal, hay una piedra graaande. Ahí se sube la gente y coge una rayita.

Seguía lloviendo a cubos y el caserío nos recibía transformado en lodazal. El peor reguetón ladraba desde el consultorio. «Ni aquí se han podido salvar de esa enfermedad». A lo lejos cuatro o cinco niños pateaban una pelota. Resbalaban blancos, trigueños y se paraban rojizos. No parecía importarles, el agua en unos segundos purificaba sus pieles.

«Pues andando». «Vamo’ arriba».

Teníamos que llamar de todas todas. Otro día más permaneceríamos engullidos por el monte. El río creció como nunca desde que llegamos allí, y la loma que señalaba nuestro guía voluntario fungía como la única torre de comunicación cercana. Las nubes lamían la cima bajo un cielo encapotado.

-Aquí llueve todos los días –explicaba el campesino a medida que avanzaba con pasos ligeros y largos –, pero cuando estaba el fútbol así cayeran truenos después de ver los partidos en la Sala de Video formábamos los equipos.

El deporte es lengua común en el campo y la ciudad. La Copa Mundial fue el pretexto para subir con los mejores goles, las faltas más descarnadas, los falsos pitazos, el arbitraje de mierda, etc, etc, etc.

La charla nos distrajo lo necesario mientras cruzábamos un puente colgadizo sobre el río revuelto. Había anchado tres veces sus fauces bajo nuestros pies mojados. Arrastraba troncos, y una familia de patos. Rest in peace. El puente artesanal era un orgullo en el pueblo. El río, profundo y ancho al final de un abismo, decía no a quien quisiera pasar de una orilla a otra.

Más de diez metros de palma real aserrada habían salvado al pueblo de la incomunicación. «La barriga arriba, para que no se pudra la madera», revelaba nuestro guía cuando alguien se quejaba por resbalar tanto con la pulida corteza del árbol nacional.

Aunque también el lamento tenía su cuota razón. En verdad había peligro de patinar y caer al agua: un alambrón por baranda y el puente seminclinado. «Nadie se ha muerto hasta hoy» -dijo el campesino como si nada. Vivir al borde del peligro es su cotidianeidad. Nos pasó unas guayabas como bolas de billar. Las matas estaban preñadas y nadie les hacía caso.

« ¿Y cómo dieron con el lugar al que vamos?» Nuestros dientes violentaban la pulpa blanda de la fruta.

-A uno de aquí se le fue la novia de misión pa’ Venezuela. Se volvió loco a la semana de estar sin ella. –hace una pausa en la empinada cuesta que vamos subiendo, mira hacia atrás con sus ojillos nerviosos y una mueca malvada- ¡Verdad que hay yeguas que halan, macho!

Durante unos segundos se divirtió con su propio chiste. La carcajada retumbó en la cordillera, hasta que el mismísimo eco rió con el muchacho.

-Vendió por minucias toda su cosecha de piñas. Dejó una tierrita en la casa y bajó a Quiñones sin mulo. Pasó fuera de Machuca más de una semana. Ni la Virgen sabía en dónde estaba metido.

La cumbre se acercaba, la lluvia apretaba. Habíamos hecho bien en llevar el único móvil con carga envuelto en un nylon grueso. Un estertor nos electrizó, la frialdad anunciaba que la noche estaba cerca.

-Y una tarde apareció barbudo, todo sucio, con la ropa del primer día…-nuestro guía se detuvo y sin mirar atrás alzó un brazo –con un celular. ¡Diga usted!

-¿Falta mucho? –preguntó alguien. Los pantalones militares y los pullovers se pegaban a nuestros cuerpos en un ruego húmedo.

-Eso mismo dijo aquel muchacho cuando recorrió tramo a tramo todos estos montes –el guajiro siguió caminando- Es que, ¿a quién se le ocurre traer ese tareco tan moderno al fin de mundo este? Aquí no hay señal…no hay…

-Cobertura

-¡Eso mismo! Y no le quedó otra que caminar, subir loma, bajar loma. En eso estuvo semanas. Hasta que un día no bajó antes de la noche. –Nuestro guía tomó un respiro, como si estuviese a punto de sumergirse un largo rato. Los goterones se conjuraban contra nosotros hasta provocar escalofríos. Buscamos la roca firme para seguir avanzamos cuesta arriba, ahora hacia una neblina intensa, adentrándonos en un platanal laberíntico. Apenas podíamos ver la silueta del caminante más próximo.

Mi primo Majín y yo subimos a buscarlo. Pensábamos que se había despetroncado por la loma, que el río se lo había tragado. Y cuando estamos por aquí lo oímos hablando alto, trepado en esa piedra de allá moviendo el brazo del celular buscando…

-La cobertura.

-¡Eso mismo! ¡Si ustedes ven qué loco de contento se puso cuando cogió una rayita y habló con la novia!

El pueblo se enlazó con el mundo por el amor de aquel guajiro anónimo. Después de eso mucha gente en Machuca se buscó un celular, y cuando extrañan a alguien vienen aquí arriba a hablar.

Mi socio trotó hasta la piedra, se encaramó, y empezó a marcar números; todo con inusitada velocidad. Alguien tosió, yo tosí, tosimos todos al fin. Lo hicimos con las últimas fuerzas que nos dejaba la caminata. Hacía por escampar, caían agujas del cielo. Un coro de chicharras, sapos y grillos recibía la noche. « ¡Oye!… ¿Tú me escuchas?…»

Sobre el techo de occidente el aliento falta y las palabras son inútiles. De este lado de la isla solo Guajaibón (casi 700 metros de altura) estaba por encima de nuestras cabezas. Abajo una línea mostaza, opaca, cortaba el verde oscuro hasta hacerse nada entre el espeso follaje. Uno se siente en verdad diminuto; da ganas de llamar a alguien y decirle «te amo», «no te vayas», «acompáñame». Somos invisibles en este tiempo e instante. Una nube se acerca a la muralla, y nos fundimos con ella.

ESTE REPORTAJE FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA ONCUBA EN TRES PARTES en el mes de febrero de 2015

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