GOTA DE TIERRA

Alguna vez escuché al escritor cubano Antón Arrufat hablar de su niñez en Santiago de Cuba. Una infancia comúnmente revoltosa y disparatadamente bella como la de cualquier otro niño cubano que juega a la pelota, escribe poemas u ostenta el altísimo honor de ser el consentido de la casa.

Decía Arrufat que se iba al mar, remaba; pero que le maravillaba en particular un sitio en Santiago de Cuba: Cayo Smith. Lo recuerda como una islita en el centro de la bahía oriental. «A mí me encantaba nadar allí, ir a Ciudad Mar», recordaba el escritor. Pero, ¿qué lugar es este al que pocos reconocen por el apellido anglosajón?

Hoy se nos pierde a muchos el espacio fantástico que olvidó su seña inglesa por la identidad rebelde del yate barbudo (que es, en definitiva, otra apropiación lingüística del idioma de los gringos). Sin embargo, mi memoria tuvo la agilidad para reconocer que yo había estado allí; justo en esa islita a la que Antón se iba de niño.

No mucho tiempo antes de escuchar la evocadora narración del Premio Nacional de Literatura había visitado la segunda ciudad de la Isla junto con un amigo para asistir al festival anual de documentales Santiago Álvarez in Memorian.

Unos estudiantes de Periodismo que habían llegado a la cita cinematográfica antes que nosotros, y ya recorrían con destreza el centro de la ciudad y su periferia, me comentaron acerca de una cayito que en el medio de la bahía santiaguera les recordaba al pueblo ultramarino de Regla, en la capital. La descripción del lugar y la evocación de un entierro raramente exclusivo de la zona inquietaron mi curiosidad.
La ruta
Para llegar a Cayo Granma esperamos «la doce» en la calle Félix Peña. El ómnibus, embuchado de gente, descendió por no sé cuántos cerros. A medida que el viaje avanzaba pasamos por zonas menos pobladas. Fue una travesía que nos llevó desde la nutrida urbanización citadina, al diaspórico dominio de conjuntos de edificios que parecían injertados directamente desde alguna barriada de Kiev.

Después llegaron las unidades militares; escondidas entre marabúes maduros y arboledas, hasta que las curvas más pronunciadas se adueñaron de una carretera en pendiente, y al fin… la imagen del mar. Se coló sensual, como en una novela de Proust, entre las ramas de los árboles.

Salimos de la guagua y un paisaje bellísimo cargó nuestros ojos. Desde la altura sobre la que estábamos podíamos ver la entrada de la bahía santiaguera; del otro lado un peñón imponente nos recordaba cuan pequeño es el hombre; y en el mismo centro de tal panorama, como una partícula de tierra en medio de tanta anchura: Cayo Granma.

Bajamos los estoicos escalones que han resistido décadas ante el mar que los consume, hasta llegar al muellecito. Un vendedor nos ofreció sus exquisitos pasteles de guayaba dos pesos mediante; para finalmente dejarnos llevar por la corriente humana que se procuraba un espacio en la cabecera de la cola para abordar la lanchita que terminaba su recorrido en el cayo. Pero antes de todo eso me dio tiempo para tomarle unas fotos a dos peculiares lagartos que recelosos no perdían de vista el indagador lente de mi cámara.

La lancha que nos trasladaba hacia la islita navegaba llena de personas. «Esta es la ‘hora pico’. Todos los que trabajan o estudian fuera del cayo regresan sobre las cinco de la tarde», dijo un anciano; conversaba con uno de los policías que cuida el orden durante la breve travesía. Cerca, una niñita aún de uniforme escolar y con el rojo de la pañoleta entre los dientes escuchaba al hombre atentamente, hasta que un perrito flacucho se enredó entre sus pies. Jadeaba perturbado. Buscaba un espacio entre tantas piernas.

Bastaron las caricias de la niña: la rígida timidez de la cola terminó desanudada en un bailoteo frenético.

La embarcación hizo su primera parada en un muellecito al pie de una montaña. Sobre la breve línea de arena que presentaba al lugar se reunían algunas personas. De ellas pocas esperaban la lancha. Otros simplemente conversaban, tomaban un baño de sal y sol, o lanzaban sus anzuelos a la bahía. Siete casas pude contar desde el interior del navío. Solo una era privilegiada con paredes y techo de cemento. El resto era de madera.

Pero no se imaginen unas mustias casuchas de palo, ¡no, para nada! Aquellas que se veían más tierra adentro, semiencubiertas por la pródiga vegetación, semejaban el estilo de esas viviendas que tantas veces nos han regalado los western hollywoodenses. Techos a dos aguas, dos plantas, paradas sobre pilotes o alguna especie de zapata (escapar de las penetraciones del mar es el principal motivo). La imagen es pintoresca, pero triste no sé por qué.

Se siente el rugido de un motor bajo los pies. En la orilla bailotea un niño para nuestras cámaras. Las ruinas a su lado terminan por estropear la imagen. « ¡Contra!», se lamenta un amigo mientras me acerca la fotografía. «Sí –digo yo-. Qué triste».

El perrito flacucho se enreda entre mis pies. La pionera se ha bajado ya y él se ha aventurado a buscar otro compañero. Su viaje no ha terminado. Tampoco el mío.

Comportamiento animal
Sigo sin recordar, exactamente, cómo terminé con aquel reptil en la mano. Todavía conservo la fotografía en la que cargo al moribundo animal. Y aunque parezca este el típico retrato del turista orgulloso al que solo importa fotografiarse con una rareza, no lo es.

Aquella iguana que un grupo de muchachos mostraba a los pasajeros de la lancha como si fuera una atracción turística, incuestionablemente había sido maltratada. A tal punto que por entre sus pequeños dientes se notaba un sangramiento espeso que le venía del interior. Uno de los dos orificios nasales también se teñía de rojo. Al cargarla, me di cuenta del estado tan precario en que se encontraba; se podía sentir el peso muerto sobre el brazo. Las patas descolgadas, abandonadas de fuerzas, daban la última pincelada de este cuadro grotesco.

« ¿Por qué le hicieron esto?», pregunté perturbado, pero sin perder la serenidad. Imagino que fui tan expresivo en medio de mi desagrado que por ese motivo se tendió un incómodo silencio entre los muchachos. Algunos cambiaron la vista, haciéndose los desentendidos; otros trataron de excusarse diciendo que el bicho se había caído, y que lo habían hallado así. Uno de ellos, con chusco disimulo, escondió un madero ensangrentado tas su espalda.

¿Qué tendrá de interesante lastimar a un animal indefenso? ¿Estarán conscientes estos «bravos cazadores» de que atacan es un ser vivo que siente, sufre dolor, se asusta? Ahora mismo no logro distinguir quién es el animal. Gracias a Dios, descubriría más adelante que no todos los habitantes del lugar tenían tan devastadores instintos.

Cuando la lanchita llegó al cayo los muchachos se esfumaron. No sé qué habrá sido de la descalabrada iguana. Mi abuelo alguna vez comió de esa carne. Él también vivió en el oriente.
Configurando el Cayo
Buena parte de la línea costera cercana al muellecito se enfrentaba a la mar parapetada de casas. Los añejos pilotes de madera que sostienen las viviendas las elevan entre medio metro y los cien centímetros sobre el nivel de las aguas. El salitre y la inopia encerrada en ciclos acaso inextinguibles han condecorado a esta primerísima fila de hogares como la más umbrosa de cuantas perspectivas marinas haya fotografiado.

No obstante, el diálogo rumorosos del reflujo y la roca; la banda alegre de gritos infantiles; los botes mansamente vapuleados por un oleaje retozón; y el aire oceánico que corteja a la montaña y requiebra la placidez del pueblo, proponen una mirada exquisita. Recuerdo algún boceto impresionista mientras repaso la vista.

La calle principal del islote, encapada en toda su extensión con losas y lajas y bordeada de bonsáicos parterres, es la única por donde pudiera transitar un auto – sí, solo uno a la vez y en un mismo sentido. Pero ni falta que hace, allí no vi rodar ningún vehículo; solo quizá alguna moto. Y es que el lugar es tan pequeño que donde se quiera ir se puede llegar caminando.

A esta hora de la tarde-noche la gente sale fuera de sus casas para disfrutar los últimos rayos de sol, menos intensos que las cenitales. Algunos juegan dominó en un pequeño parquecito que, inmediato al embarcadero, da la bienvenida al visitante.

Las viviendas, electrificadas todas, se arman en una gran muralla al nacer una justo donde termina la pared de la otra. Algunas de dos plantas coloreadas la mayoría con tonalidades marinas o mameyes, destierran la entristecida imagen que a priori apenó nuestras fotografías.

Y es que Cayo Granma se nos ha revelado como una gran fruta: no importa la cáscara cuan espinosa, adusta o áspera resulte; siempre guardará el verdadero sabor de la maravilla en su interior.

La islita yace como una loma achatada en medio del charco inmenso que es la bahía. La calle principal la circunda en espiral hasta llegar a un punto en el que se pierde su anchura y para continuar hasta el tope no quedan más que trillos custodiados por árboles. En medio de la andanza me pareció curioso que si bien el hombre pobló este terruño desde finales de 1870 no ha logrado poner la bota sobre la naturaleza.

El cayo, visto desde el cercano Morro santiaguero, es una gota verde en medio de la aguada añil… ¿O será acaso que la gente de este sitio maravilloso ha aprendido a convivir armoniosamente con su entorno?

Durante la breve escalada hacia el punto más alto de Cayo Granma tuvimos el privilegio de ser acompañados por un guía muy peculiar.
Hacia arriba
Erlis Mario. Así se llamaba aquel niñito tras el cual caminaríamos todo el lugar. Diestro, como quien transita por la palma de su propia mano, correteaba su lánguida constitución cobriza saludando a los vecinos.

Mucha gente en Cayo Granma, y en general, en el Oriente del país, se aparece a Erlis Mario. Es ingenuamente franco. En alguna ocasión le preguntamos qué era lo que más le gustaba del Cayo, y una repuesta ocurrente pescó una sonrisa conmovida de nuestras bocas: «las computadoras». Acto seguido echó a correr por la vía empedrada

y unos metros más adelante se detuvo. Señaló agitado la puerta de una construcción diferente a todas las que habían en el lugar. «Joven Club de Computación», rezaba un cartelón a la entrada del local.

A aquel infante lo había cautivado la tecnología que el archiconocido programa gubernamental lleva a cada rincón del país por más alejado que esté de los centros urbanos. A mis amigos y a mí nos resultó insospechada y cautivadora aquella respuesta. Esperábamos nos dijera que nadar, pescar o treparse a los árboles eran las actividades que llenaban sus horas de ocio. Pero no.

Erlis Mario se cuenta entre los millones de niños cubanos que, hace más de una década, conocen los rudimentos de la informática gracias a la voluntad del Estado nacional.

Mediante el inquieto y ocurrente chico, conocimos a Karen Pérez Téllez y a su padre, el pastor de la Iglesia Metodista El Cayo. Ellos llevaban algún tiempo conviviendo junto a la pequeña comunidad protestante del sitio desde su llegada de Las Tunas (su ciudad natal) hasta este lejano territorio. Sin hacernos esperar dispararon la invitación para entrar a la casita.

Tanto la muchacha, quien estudia Letras en la Universidad de Oriente, como el hombre compartieron un ameno diálogo con nosotros.

«Hace poco vinieron unos muchachos interesados en hacer un documental sobre el cayo», me contaba el pastor mientras cargaba cubos de agua de un lado al otro de la rústica vivienda.

Se sentó frente a una computadora que ocupaba un espacio considerable de su pequeña habitación. «Y para eso hablaron con el CDR, la Iglesia Católica y conmigo –continuaba el líder religioso-“Los tres poderes”, como yo digo».

Y tenía razón el hombre. Conversando con algunos vecinos confirmé que el pueblo isleño era particularmente devoto. Y si bien el trabajo evangelístico de los metodistas había convertido a decenas de hombres y mujeres (la madre del propio Erlis Mario, y él mismo contaban entre los fieles del pastor Pérez), el catolicismo aún funge como la principal forma de culto que encuentra feligreses en el lugar.

Una inequívoca seña arquitectónica y urbanística parece gritar esta realidad: un templo católico corona al accidente geográfico.

La pequeña Ermita de San Rafael –construida en 1877-, que se empeña en mantener vivas la fe y las celebraciones propias de la localidad, está enclavada en un sitio privilegiado.

Desde esta cúspide queda descubierta toda la belleza que guardan las lomas a la boca de la bahía; la imagen de piedra inamovible del Castillo de San Pedro de la Roca; la humareda que vomitan lejanas chimeneas industriales. El sol que se pone desde esta posición de altura se ve más encantador que desde cualquier otro sitio santiaguero.

La naranja rojiza que el mar apresa convida a la despedida. Ya casi oscurece. Erlis Mario ha de llegar temprano a su casa, nosotros no podemos perder la lancha.
Noche muda y escollera con sirenas

La noche temprana ya nos acompaña, y se ha producido en el muelle una entristecida capitulación de voces. Solo habla el murmullo de las olas batiéndose mansas contra la roca.

Sentados en el muelle esperamos la lancha postrera del día. Dicen los nativos que en su último viaje llega a las siete a Cayo Granma.

«Siete y cuarto, debe estar al llegar», me aliento. El cansancio de la subida nos ha caído encima justo durante esta tregua que hemos pactado con las piernas.

El centenario faro del morro destella enloquecido cada diez segundos. Las bombillas gigantes que alumbran cercanas orillas contravienen la intimidad de la noche. Pero aquí, en el muelle, todo parece cansado; y hasta una lámpara que se esfuerza por darnos luz no hace más que expectorar un famélico parpadeo.

Detrás de mí percibo un breve cuchicheo. Tres hombres, al borde de una baranda, comparten cervezas y conversación. Solo ellos y nosotros nos aventuramos en la inmensa quietud que solo he experimentado al borde de la costa en este sitio. He aquí otra de las maravillas perdidas en nuestro mundo (perdón por la excluyente expresión, pero esta islita parece de otro universo): la placidez de la elipsis sonora. Cayo Granma aún la atesora.

(A alguno de mis acompañantes se le ocurrió decir que este era el lugar más densamente poblado por el silencio. «Per cápita debe tocar a menos cien decibeles cada tres kilómetros», el chiste no dio más que pena. La matemática no fue mejor: Cayo Granma tiene una extensión de dos kilómetros cuadrados solamente)

Tres jovencitas, sigilosas, se desvían de la calle principal. Caminan hasta el borde del atracadero hasta tomar puestos ante el mar, muy cerca de mí. Miran hacia el frente, como si se ignoraran las unas a las otras. Buscan qué se yo en el agua calmada, lineal. Se han incorporado a la intimidante quietud que abraza fieramente al muelle.

Finalmente una de ellas, agachada, deja escapar su voz cabalgando sobre una interrogación surrealista: «y las sirenas ¿existen?». La pregunta anduvo descabezada a lo largo de la escollera. No tuvo respuesta. El estrépito ruidoso de un motor rompe el embarazo del desconcierto. «La lancha», pienso animado. Busco sin éxito tras la tensa muralla de la noche.

Hay en la noche un rumor apesadumbrado. Como el de los esclavos enfermos que, desde el siglo XVI hasta el XIX, los negreros acostumbraban aislar en el cayo antes de entrar a la villa santiaguera.

La “luz fría” de una embarcación delata que son pescadores, los remos hacen música entorno al bote. Al igual que ellos, decenas de hombres en el Cayo se dedican a la captura de peces.

Esta actividad ha sido desde siempre la fuente económica vital de la localidad. Cayomiteros como estos que ahora dividen la oscuridad en su redada litoral prestaron servicios como prácticos portuarios a mambises, barbudos y a la escuadra del Almirante Sampson durante la batalla naval contra Cervera.

Mi mente medita en esto. Pero mi rostro se vuelve hacia la muchacha de la pregunta. Las otras siguen aun con la vista anclada al mar. Las facciones de la curiosa se contraen en una mueca de resignación. Se sienta junto a las otras.

Yo, entre el sueño y el agotamiento quisiera responderle.

Quisiera decirle que no sé si las sirenas existen; que aunque los libros infantiles nos demuestren lo contrario nadie las ha visto para dar testimonio; que no está científicamente probado; pero que me lanzaría a afirmar que si en algún lugar del Caribe tiene hogar un ser como ese, sería Cayo Granma el espacio indicado. Al fin y al cabo, ¿cuántas otras maravillas no alberga esta gota de tierra?

No sería una rareza. Al menos no en este sitio que comenzó a poblarse en 1871 a raíz de la Guerra de los Diez Años. El ataque de tropas mambisas (encabezadas por los generales independentistas Gómez y Flor Crombet) a la cercana guarnición del caserío de La Socapa hizo que algunos hombres y mujeres buscaran seguridad en el marítimo encierro del islote.

Siete y veinte. Brama el motor de vuelta a la ciudad.

ESTE REPORTAJE FUE PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA ALMA MATER, COMO PARTE DE LOS PREMIADOS EN EL CONCURSO NACIONAL DE PERIODISMO UNIVERSITARIO MANOLITO CARBONELL.

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