ELLA Y EL FUEGO

Entró vestida de hombre a una de las batallas más significativas del siglo XX americano. Por primera vez narra su historia…

Es mediodía, y una onda de luz ha inundado la sala donde converso con Osnelba Sánchez Franco. La impertinente llegada del sol -o diría, ¿oportuna?- descubre en un golpe luminoso todo aquello que el olvido o la humildad niegan a mi grabadora.

Repaso a mi entrevistada: una dama septuagenaria, con el cabello teñido en el color de la experiencia, las manos firmes y emprendedoras, el tul del cielo y la memoria retratado en la mirada. Parece tan frágil que cuesta trabajo imaginarla machete en mano domando un cañaveral o fusil al hombro persiguiendo terroristas en el Escambray o avanzando sin detenerse contra el invasor en Girón.

El flojo

Ya el 16 de abril, yo había bajado del Escambray -allá, de un lugar que le dicen Hoyo de Manicaragua. Regresaba a mi casa en Santa Clara después de haberme pasado varios días persiguiendo una banda contrarrevolucionaria. Pero en cuanto me enteré de que había una agresión por Playa Girón busqué la manera de ayudar. Recuerdo que alguien me dijo « ¡Oye, el Batallón 315 va a salir, y le hace falta gente!» y enseguida me incorporé a la cuarta compañía.

Cuando aquello yo era muy delgadita, tenía el pelo corto y estaba muy ronca, así que los compañeros de la tropa me pusieron «el Flojo». Todos pensaban que yo era un hombre, y, de contra, ¡que estaba flojito!; algunos se burlaban de mí: « ¡Bah! ¿Pero el Flojo va a ir con nosotros!». Sólo el jefe de compañía, José Lavalle Echeverría, sabía que yo era mujer.

Una vez que nos organizamos en Santa Clara salimos en varios camiones hasta Yaguaramas. Allí había una carretera sin terminar -cuando aquello la estaban arreglando-; apenas veíamos monte. No podíamos detenernos.

Cuando llegué a Girón encontré muchachitos muy jóvenes -casi adolescentes-; pero en ningún Batallón vi a una sola mujer… Bueno, creo que había una de Matanzas, que estaba casada, pero oí que cuando fue a entrar la mataron. Ahí la única mujer que peleó, directamente, fui yo.

Para aquel entonces iba a cumplir 20, pero ya tenía a Maritza, mi primera hija, de sólo un añito. Cuando decidí partir la dejé en Santa Clara al cuidado de mi hermana, Julia. Aquello me dolió. Algunos conocidos me decían: «Si te vas a pelear tu niña se quedará huérfana»; y yo les respondía: «Como otros tantos lo han hecho».

No soltaron los fusiles

Entrando a Playa Girón lo primero que vimos fue un miliciano sangrando al lado de un tanque de guerra. Fue una escena impactante. Después de unas horas de marcha auxiliamos un camión lleno de heridos, sobre todo niños. Venía pidiendo vía para llevarlos a Matanzas, sacarlos del fuego. Nosotros tuvimos que pasarlos a otro transporte. Vimos cosas terribles: niños destrozados, ancianos heridos.

Más adelante, cerca de Playa Girón, comenzó un tiroteo tremendo. Al rato, apareció un tanque de guerra que iba a poca velocidad. Vimos un hombre que se lanzó a la carretera y gritó: «¡Patria o Muerte!». Enseguida cesaron los disparos. Tardamos un poco en reconocer a aquella figura, hasta que alguien dijo: « ¡Es Fidel!» Venía del Central Australia, y había atravesado el fuego cruzado. Al final descubrimos que la escaramuza se produjo entre nuestro Batallón y otro grupo de milicianos.

Ver al Comandante en Jefe ahí, en la lucha, con nosotros; saber que no se había quedado en La Habana para mandarnos cómodamente desde allá, ¡nos dio una fuerza tremenda!

Después de aquello seguimos rumbo al foco principal de los combates. En el camino supimos que un avión había ametrallado con Napalm al Batallón 113. Muchos compañeros murieron quemados. Ahí ocurrió algo que siempre quedará en mi memoria: aun carbonizados, los cuerpos sin vida, no soltaron los fusiles.

Y así mismitico fue

Lavalle, el jefe de Batallón, no tuvo alguna atención especial conmigo porque fuera mujer. Él siempre me dijo: « ¿Tú quieres pelar? Pues vas a venir con nosotros igual que cualquier miliciano». Y así mismitico fue.

No descansábamos nada ¡En una batalla no se escampa! Nunca peleamos desde trincheras, andábamos siempre a rastras. Avanzábamos horas y horas sobre los mercenarios, con el arma y la mochila arriba; ahí llevábamos algunas cosas de comer.

Aunque en el batallón se cargaba con todo lo necesario, cada quien consumía, mayormente, de lo que llevaba en su jolongo. Generalmente era latería, leche condensada, la cantimplora con agua, algún pedazo pan. No había mucha comida, pero si teníamos que compartirla con alguien más, lo hacíamos.

Varios compañeros enfermaron de paludismo, sin embargo ¡a mí no me cogió ninguna enfermedad! Ya te digo: fue tremendo tener que adaptarme a condiciones tan difíciles.

Aunque al final no recibí ningún disparo, voy a ser sincera: muchas veces sentí temor. Yo creo que todo el mundo tiene miedo cuando se ve las balas arriba. Ahí estaban los tanques, ¡ahí mismo: a tu lado!; el mar lleno de barcos; los aviones volando por encima de ti. Fue una batalla que duró solamente 72 horas, pero fue muy dura; nos enfrentamos directamente contra el imperialismo. Y aunque ninguno de nosotros pensó que iba a ser decisiva, salimos a ganar.

Aquello estuvo feo

Durante los últimos momentos de la batalla varios grupos se apostaron cerca del mar, otros más pegados al monte; pero todo el mundo se batió de verdad.

La lucha parecía interminable. Yo estaba toda magullada por el roce con la carretera, adolorida por los golpes que cualquiera se da en situaciones como aquella, pero siempre echaba pa’lante con mi fusil a cuestas.

El día 19 le comunicaron a Lavalle que el ataque mercenario ya había sido neutralizado.

Cuando nos avisaron de la victoria empezamos a dar gritos, a abrazarnos, a brincar de la alegría… ¡Nosotros no pensábamos que aquello se iba a acabar tan rápido! Porque lo cierto es que estábamos en desventaja: los armamentos que teníamos eran muy viejos y el enemigo estaba bien preparado, y aún así le ganamos al imperialismo.

Enseguida que la noticia comenzó a circular, casi todos los batallones se reunieron en Playa Girón. Recuerdo que estando allí la gente empezó a molestarme mucho con aquello de «El Flojo». Yo, que estaba un poco cansada de las burlas, me subí arriba de un camión y les grité: « ¡No, no! ¡Yo no soy ningún flojo!» Me quité la camisa verde olivo y me quedé con una camiseta que llevaba por debajo ¡Ya te puedes imaginar la sorpresa!: « ¡Ay! ¡Si no es flojo; es una mujer!»

Unos cuantos en el Batallón no se podían explicar cómo una muchachita había combatido así: a la par de ellos… porque, pa′ que tu sepas: aquello estuvo feo.

Parece que no me creían

Varios compañeros nos quedamos en Playa Girón después de la victoria. Algunos se fueron al monte, a capturar unos cuantos mercenarios que se habían escapado y andaban sueltos por ahí, vestidos con uniformes de milicianos. Yo me quedé durante quince días. Casi todo el tiempo me lo pasé recogiendo armamentos y atendiendo a los heridos -de esos había muchos-. Por aquellos días conocí a un tal Alcolea. Le habían dado un tiro en la columna y quedó inválido. Creo que ya murió. También conocí a combatientes del Batallón 115, 113 y de otros grupos que participaron en la lucha.

Cuando regresamos a Santa Clara el pueblo nos recibió como a héroes ¡Imagínate! Habíamos derrotado a los yanquis en sus propias narices.

En abril de 1982 me dieron la medalla por el 20 aniversario de la victoria. La certificación está firmada por Fidel.

Tuve que esperar un año para que me la enviaran. Me pidieron que buscara un aval que respaldara mi participación en la batalla. Como soy una mujer ¡Ja!… Parece que no me creían.

A ESTA ENTREVISTA LE TENGO MUCHO CARIñO. FUE PUBLICADA EN ABRIL DE 2010 EN EL DIARIO JUVENTUD REBELDE. GENERó POLéMICA Y ASOMBRO, FUE REPRODUCIDA EN OTROS MEDIOS, HASTA UN VICEPRESIDENTE DE LA REPúBLICA (EL MíTICO “GALLEGO” FERNáNDEZ) LLAMó AL PERIóDICO INTERESADO EN HABLAR CONMIGO…UN VERDADERO BOOM PARA EL ESTUDIANTE DE PRIMER AñO QUE ERA.

UN AñO DESPUéS EL TEXTO SERVIRíA COMO BASE PARA UNA NOVELETA QUE ESCRIBI, Y POR LA QUE GANARíA UNA AMENAZA DE MUERTE Y SER EL OBJETO DE ANáLISIS DE UNA COMISIóN QUE VALORARíA MI ESTANCIA EN LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA. MEDALLAS INVISIBLES EN EL PECHO, HONORES QUE POCOS PERIODISTAS EN CUBA SE HAN GANADO POR DEFENDER LO QUE PIENSAN Y SER HONESTOS.

NO OBSTANTE, LA MAYOR SATISFACCIóN FUE “DAR EL PALO” CON UNA HISTORIA TAN SINGULAR, REALMENTE EXTRAORDINARIA. DESCUBRIR A ESTA “MULáN TROPICAL” LE DIO UNA ORIENTACIóN A MI CARRERA: LA DE PONER EN LETRAS LA MARAVILLA DE ESTA ISLA Y SU GENTE. PARA Mí ESO ES PERIODISMO LO DEMáS NO SE Qué ES.

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