POEMAS PREMONITORIOS

En septiembre de 1956 un muchacho santiaguero, bautista y conspirador, apuntaba en su libreta: “Tengo un raro presentimiento/ de que voy a morir (…)” Ocho meses después su hermano, Josué, cayó abatido por monstruos del batistato. Entonces el joven regresó a la libreta: “Cumpliste tu vida, tus sueños/ moriste peleando y de frente/ a mí cuánto dolor me espera (…)”.

frank-paisFrank Isaac País García murió el 30 de julio de 1957, a nueve meses de escribir sobre el oscuro destino que sentía le esperaba. Dieciocho meses más tarde (curioso: el doble de nueve), Fulgencio Batista huía al extranjero. Quedaba atrás una Isla consumida en sangre y fuego.

Líder legendario del Movimiento 26 de Julio, Frank País murió con 22 años de edad. Con él feneció el talento de un pianista, un dibujante y un poeta en ciernes. En sus versos juveniles aborda temas universales y desnuda la cosmovisión de un muchacho que desprecia a los cobardes, pero que se debate entre su fe y la justicia de la bala. Dio el paso al éter umbroso vía plomo, vía sol.

Entre ellos, Lezama. Una calurosa madrugada habanera se llevó para siempre su aliento. El 9 de agosto de 1976 el voluminoso cuerpo del autor de Paradiso sucumbió ante un infarto. El corazón soportó otros soplos helados (entre ellos los que congelaron daguerrotipos para que su nombre quedara nada más en manuscritos y en el recuerdo de algunos). Mas no salió victorioso de esa batalla terrible en que la muerte misma venía a buscarlo. Aunque no era publicado hacía ya varios años -como es harto conocido- José Lezama Lima continuó estremeciendo la máquina de escribir. El cuartel de Trocadero atestiguó el nacimiento de su último poema.

joselezamalima

Lo había escrito pocos meses antes de morir. Así lo afirma el periodista Ciro Bianchi Ross en uno de sus reportajes sobre el ilustre escritor. “Hizo toda su obra para llenar una ausencia y buscar una compañía insuperable -asegura Bianchi, y continúa contando-. El pabellón del vacío es el título de ese poema. Dice en sus versos finales: “Me duermo / en el tokonoma / evaporo el otro que sigue caminando”.

Otro amigo de Lezama, Cintio Vitier, alguna vez se refirió a estos versos. Recordaba que el sincretismo cultural (acaso espiritual) era pasto común en el mundo lezamiano. “Al final de sus días hizo el hallazgo del tokonoma –escribe Cintio-, que según nos decía era una costumbre japonesa, la presencia simbólica del vacío en la casa mediante un minúsculo hueco abierto en la pared”.

Con la misma intensidad de la gula, Lezama dejó su nombre ataviado de especulaciones antes de expirar. Con este poema premonitorio la muerte quedó descubierta a la luz del mediodía. Of course, el tiempo y la quietud han sido el comodín perfecto para descifrar la hermeticidad de estos versos. Aunque, como casi todo Lezama, la interpretación que propongo bien puede ser discutible. Él se ha incluido entre esos autores que juegan con la psiquis del lector; un lector que a veces logra, con más o menos suerte, ponerle la cola al burro.

Católico confesional, compartía altares con el espiritismo. En 1969, de manera misteriosa, suspendió a última hora un viaje a Francia. Explicó a Pablo Armando Fernández que había actuado así tras consultarle a su madre, fallecida cinco años antes, su parecer sobre la ida a París. “Joseíto, no hagas ese viaje”, contestó Rosa Lima, y aquello fue suficiente para que el escritor desistiera de cruzar el Atlántico. Es posible que desde el más allá Lezama avistara la hoja filosa de la parca.

Por otro lado, lo de premonitorio que cargan los versos puede justificarse en el hecho de que Lima fue siempre un hombre enfermizo. El asma agitó su hablar desde la niñez, pero al final de sus días fue la pulmonía la culpable de sus faltas de aire. La delicada situación de su salud, quizá el sentirse cada vez más mal, pudo provocar que el poeta soltara las líneas que ahora nos ocupan. Puras conjeturas.

Catorce años antes de que Lezama abandonara el mundo material, un terrible accidente sacudió la Isla de punta a cabo. Una adolescente, graduada de la primera prole de instructores de arte que preparara la Revolución, se sumó al martirologio de la ilusión. Casi a los doce meses de haber egresado de la Escuela Nacional para Instructores de Arte (ENIA) la prensa dio a conocer la muerte de Olga Alonso en el Escambray.

Rolen Hernández y su esposa, Rosa Ileana Boudet, pasaban el servicio social en la Isla de la Juventud cuando escucharon consternados la noticia. Habían compartido amistad y aulas con “Olguia”.

“Rosa Ileana empezó a gritar y a llorar. Nunca pensamos que pudiera sucederle algo tan terrible. Y lo peor de todo es que ni siquiera pudimos venir a La Habana para el entierro”, me confesaba Rolen en medio de una entrevista.

“A Olguia -como le decía cariñosamente- la quería mucho. Éramos muy cercanos. En la escuela la celaba como si fuera una hermana. Tenía unos ojos muy bonitos, muy expresivos y era una muchacha muy cálida”, recordaba.

Igual que Olga, él había egresado de la ENA cono instructor de Teatro. Su curso tuvo el privilegio de ser formado por artistas como Humberto Arenal, Adela Escartín y Osvaldo Dragún. Y aunque la actuación ocupó buena parte del desempeño profesional de los egresados, algunos pusieron a prueba sus posibilidades en manifestaciones como la poesía. De hecho, el propio Rolen integró años más tarde el núcleo primigenio de la revista El Caimán Barbudo.

olgaalonso

Un tiempo antes del trágico suceso, el actor de Teatro El Cículo recuerda que había escrito un poema muy raro sobre Olga; un tanto premonitorio. “Y aunque tiene influencia surrealista -revela- no deja de ser escalofriante”.

“Hablaba de que la buscaba [a Olga] infructuosamente, que no la encontraba; y continúa con algo como esto: y no te hallé las basuras trucidadas/ y no te hallé en el hueco de mis pasos/ y no te hallé”.

Según recuerda el propio Rolen Hernández, Olga tuvo una muerte horrenda: “en el accidente cayó bajo un tractor. Y quedó destrozada allí. Trucidada”.

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA CUBAHORA

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