CÉSAR LÓPEZ: MALA (Y BUENA) MEMORIA (PRIMERA PARTE)

LA CONSECUENCIA DE UNA VIDA INTENSA ES UNA MEMORIA DESPIERTA. A VECES CÉSAR LÓPEZ QUISIERA OLVIDAR MIL COSAS, PERO LOS FANTASMAS NO LO DEJAN: EL ÜLTIMO ABRAZO CON FRANK PAÍS, LA CONFESIÓN DE HEBERTO PADILLA, LAS ACUSACIONES DE ANTISEMITISMO, LAS LISTAS NEGRAS EN LAS QUE ESTUVO,  LA CENSURA DEL FRANQUISMO Y EL COMUNISMO…

César López

Premio Nacional de Literatura en el año 1999, reinventor de la Ciudad, uno de los pilares de la Generación del 50, César López recibe gustosamente a quien quiera conversar. Se levanta bien temprano, casi siempre de madrugada, y empieza a escarbar en papeles y proyectos por terminar.

Los ojos saltones atienden inquietos las preguntas de su interlocutor. Quien tantas entrevistas ha dado conoce bien que no es saludable fiarse del periodista. Hay que permanecer atento. Pero César finalmente se relaja y acaba recostado en el mueble de la sala, escuchando plácidamente la voz que lo inquiere. Amable y sin prisa contesta las preguntas. Sin exaltación alguna desmiente las falacias y e intenta sintetizar a toda una generación.

Virgilio y Lezama, Ciclón y Orígenes

¿Cómo le fue a César en medio de Ciclón?

Llegué a la revista cuando estaba en tercer año gracias a Severo Sarduy. Él era un hombre de la cultura en Camagüey, y no más llega a La Habana hace contacto con Rodríguez Feo y Virgilio –no con Lezama, como muchos piensan. Severo, que ya había publicado en los primeros números de Ciclón y era vecino mío, me dice un día que en la revista están buscando escritores jóvenes, desconocidos, y que él quería llevar algo mío. (Yo sólo había publicado crítica en una revista bautista de la universidad que se llamaba Proa.) Y a las pocas semanas viene emocionado a decirme que se habían interesado en mis textos.

Por esa vía conocí a Luis Marré, uno de los poetas jóvenes más deslumbrantes del momento. El libro que luego publica, Los ojos en el fresco, es uno de los más bellos de nuestra generación. A Borges le interesó y Virgilio se lo llevó (a pesar de las discusiones que ambos tuvieron).

¿Tuvo alguna vinculación con el Grupo Orígenes?

En mi niñez y adolescencia había estado en la capital para ver a la familia o con el equipo deportivo de mi instituto; y cuando venía iba mucho a los teatros. A inicios de los 50 vine a La Habana para estudiar Medicina. Tuve la suerte de vivir aquí durante el auge de las pequeñas salas, cuando después de la puesta en escena de La puta respetuosa, comienza la fiebre del teatro. En esta ciudad había un movimiento cultural mayor que en Santiago de Cuba, que seguí continuamente sin dejar los estudios.

No conocí en persona a la gente de Orígenes aunque leía la revista y me enteré del sisma. Ni siquiera viví eso que dicen los investigadores de que en aquella época o se era de Orígenes, o se era de Ciclón.

Usted visitó también a Lezama.

Cuando regreso a Cuba voy a su casa por primera vez, y empezamos una relación que se mantuvo hasta su muerte. Los 60 años de Lezama (ya con los problemas del Caso Padilla andando) se celebraron en esta casa en que estamos conversando, con Portocarrero, Harold Gramatges, Juan David, y otros buenos amigos.

¿Cómo ha quedado Virgilio en su memoria?

Mucho se habla de su mal humor –que a veces lo tenía-, pero no de su simpatía. Cuando estaba simpático era lo más simpático, y cuando estaba pesado era pesadísimo. Para él lo más importante en la cultura era una realización. No podía dejar de reconocer una obra si era buena. Cuando se publica Paradiso, delante de Padilla, Pablo Armando, Bravo, Alcides, Díaz Martínez y yo, llama a Lezama (ellos llevaban como diez años sin hablarse, evitándose cada vez que se veían) y le dice –acentuando cierto modo amanerado al hablar: «Lezama, soy Virgilio Piñera. Yo no puedo estar peleado con el hombre que ha escrito un libro como Paradiso». Eso demuestra quién era Virgilio. Y entonces Lezama le contesta: «Sabía que me iba a llamar. Y le juro por las dos cosas que para mí son fundamentales: mi madre y la poesía, que bajo mi mano tengo el ejemplar de la novela dedicado a usted.»

Ahí se reconciliaron, después se pelearon otra vez, y todo termina como sabemos: con el poema que Virgilio hace en secreto por la muerte de Lezama. «Por un plazo que no puedo señalar/ me llevas la ventaja de tu muerte: / lo mismo que en la vida, fue tu suerte/ llegar primero. Yo, en segundo lugar.»

Virgilio era muy teatral (le encantaba actuar, sobre todo los monólogos de Fedra), y dominaba muy bien el francés. En mi casa a veces hablaba mucho con una de mis esposas que era de origen francés. Recuerdo una noche en que hicimos una reunión con Pablo Armando, Vicente Revuelta, Arenal y los Garatti, y Piñera recitó de memoria El Tigre, de William Blake, ¡y en un inglés muy bueno!

Ese era Virgilio. El mismo que cuando me voy para España –aún no había publicado mi primer trabajo en Ciclón– organiza un almuerzo de despedida en Guanabo. (Cuando aquello Piñera no tenía dinero, estaba pasando dificultades). Y me dice con una ternura que no parece jugar con esas cosas que conocemos de él: «para que no pases frío en España te regalo esta camisa que he traído de Argentina». Al regresar de Madrid tuvimos discusiones, acercamientos, alejamientos; pero hizo críticas muy generosas a mi obra, también escribí mucho sobre él, aunque muchos insistieron en olvidarlo.

La noche aciaga

Ha dicho que durante la mea culpa de Heberto Padilla en la UNEAC usted, Pablo Armando Fernández, Belkis Cuza Malé y otros también se «confesaron», ¿a qué se refería?

«Confesarse» no es el mejor término. Cuando Heberto hace su autocrítica (sobre la que todavía no se ha dicho toda la verdad) él fue hablando de varias personas, entre ellos Manuel Díaz Martínez y los nombres que mencionabas. Mucha gente lo consideró una traición a la amistad. (Nicolás Guillén no estaba. Había visto a Padilla a las 11 de la mañana y se había «enfermado». Él no se prestó nunca para esa clase de cosas). Heberto habló de cada uno de nosotros. Recuerdo que nos convocaba; decía: «Y fulano no me dejará mentir». El caso de Norberto Fuentes -que también estaba presente- es que inicialmente dice una cosa, sale, al parecer habla con alguien, y después dice otra cosa. En fin, el hecho es que nosotros nos echamos toda la culpa igual.

Pero, ¿qué decía Heberto de ustedes?

Decía que igual que él, habíamos hablado mal de la Revolución, y en mi caso, que al retornar del exterior había escrito un libro contrarrevolucionario (se refería al Segundo Libro de la Ciudad). Cada vez que hablaba de nosotros –a pesar de que no estaba «denunciando»- trataba de decir que como él, éramos malagradecidos, traidores, etc. Todos los presentes esa noche se callaron la boca. Hay quienes parecen más mártires y en verdad no fueron «nombrados».

Naturalmente, en Cuba la prensa no publicó nada sobre aquel suceso. Meses después, la única revista que mencionó la noche aciaga fue Casa de las Américas. Aparece en un número rojo, y la intervención de Heberto sale mutilada. Recuerdo que en un momento dijo algo sobre Díaz Martínez, un hombre de familia, un hombre del Partido Comunista (el único de nosotros que pertenecía al Partido), y esa parte no salió publicada. Estoy seguro que ese trabajo se lo dieron hecho a Retamar, y por eso estaba tan picoteado. Después nos expulsaron de la Unión.

¿Y cuándo volvió a la UNEAC?

En 1986. Después inventaron cosas para que solicitáramos la membrecía. Hubo quien lo hizo, pero yo no; porque si fui fundador, con un cargo electo, con libros publicados (el primero lo editó la UNEAC), eso me parecía una locura. Cuando salgo de viaje por primera vez tras la «rehabilitación» algunos apostaban a que no volvería.

En el 88 reconocen mi título de médico en Cuba; se «descubrió» que existía un convenio tradicional entre las universidades de La Habana y Salamanca que automáticamente validaba mi título. Porque antes yo había tratado de revalidarlo ante un tribunal, pero todo lo echaron abajo.

Y la Medicina, ¿la ejerció alguna vez?

No. Cuando salgo de la cultura, y me hace falta en verdad trabajar como doctor, me hacen esto que te contaba. Después de revalidar mi título ante un tribunal (presidido por el doctor Rodríguez Rivera, hermano de Guillermo), cuando me presento en el Ministerio de Salud Pública me dicen que aquello había sido un error, que los señores miembros del tribunal habían pensado que yo era un español. Decían que debía retomar mis estudios donde los dejé antes de salir de Cuba. Naturalmente, eso era para suspenderme.

¿Qué hizo durante ese tiempo para sobrevivir?

Me llevaron a la Academia de Ciencias como traductor. (Pablo Armando Fernández también trabajó en ese lugar, de corrector de pruebas).Trabajaba ocho horas diarias, varias de noche. Traducía en francés y en inglés, pero lo primero que me pusieron delante fue un texto en italiano. Ahí estuve como quince años.

ESTA ENTREVISTA OBTUVO EL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO CULTURAL RUBEN MARTÍNEZ VILLENA 2013

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