CÉSAR LÓPEZ: MALAS (Y BUENAS) MEMORIAS (SEGUNDA PARTE)

LA CONSECUENCIA DE UNA VIDA INTENSA ES UNA MEMORIA DESPIERTA. A VECES CÉSAR LÓPEZ QUISIERA OLVIDAR MIL COSAS, PERO LOS FANTASMAS NO LO DEJAN: EL ÜLTIMO ABRAZO CON FRANK PAÍS, LA CONFESIÓN DE HEBERTO PADILLA, LAS ACUSACIONES DE ANTISEMITISMO, LAS LISTAS NEGRAS EN LAS QUE ESTUVO,  LA CENSURA DEL FRANQUISMO Y EL COMUNISMO…
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César López: cuentista, poeta, ensayista… graduado de Medicina por decisión propia. «Mi familia siempre me dejó elegir libremente –explica- aunque quizás a mi madre le hubiera gustado que estudiara algo vinculado con la pedagogía». Si bien César se ha consagrado a las letras, un momento en su vida le exigió ejercer como galeno, pero con disimulo «alguien» se lo impidió. Sin el menor rencor o exaltación repentina medita bien sus respuestas cuando avivo los recuerdos más agrios de su pasado. Sabe que le han hecho daño, a él y a muchos amigos. «Perdono –me dice-, pero no olvido.»

La plática se extiende. El tiempo con César es noble y parece prorrogar su estancia vital en la tierra. La emblanquecida cabeza engaña a primera vista. Aunque un caminar insólito y sesiones de fisioterapia limiten por estos días su gusto de andariego, López está tan activo como cualquier otro hombre, y su espíritu de poeta conserva muy buena salud.

Allá ellos

Sufrió la censura franquista y la censura en Cuba.

En España la sufrí indirectamente; sobre todo en un grupo de teatro que había en la Facultad de Filosofía. Cualquier texto había que pasarlo por una oficina de censura, algunas cosas fueron muy simpáticas. En una ocasión montamos una versión de La loca de Chaillot y en un momento la protagonista habla algo como que los jueves la pellizcan, y es que en francés «jueves» y «jueces» se parecen mucho, y los censores pensaron que estábamos haciendo alguna referencia al sistema judicial de la época. También montamos una obra de Brecht en la universidad, que fue un escándalo.

Cuando regresé de España escribí en Lunes… un artículo sobre la puesta en escena de Yerma en Madrid. Se llamaba Federico García Lorca en el escenario de sus asesinos. Y cierta persona, muy importante en los medios cubanos, me atacó ferozmente.

En los 80 a mi libro Ceremonias y ceremoniales, la Editorial Letras Cubanas censuró una parte en que yo hablaba de Stalin. En la segunda edición (que salió en Holguín), como las cosas, por suerte, van cambiando, apareció completa.

En el cine en España fue donde más censura vi. Pero no nos engañemos: en Hollywood también había mucha. Lo mismo que en la radio y la televisión cubana. Ahora hay menos, incluso en algunos casos ya no hay libertad, sino libertinaje.

Usted considera una obligación cultural y ética evitar toda clase de resentimientos. Entonces, ¿qué ha hecho con los golpes, los enemigos?

Aunque no mantengo una actitud de convicción religiosa (como en algún momento) voy a aprovechar algo de la religión: perdono, pero no olvido, con lo cual evito todo tipo de resentimiento. No estoy seguro de que lo logre siempre, es difícil, pero es un planteamiento serio en mi vida.

En cuanto a los enemigos, se multiplican; pero no puedo dejar que eso pese sobre mi vida. Respecto el afán de muchos en borrarme –cosa que se mantiene- de la cultura cubana –para la cual vivo- digo muy a la cubana: «allá ellos». Sigo trabajando, y creo que si recordamos todo lo que pasó es para evitar que vuelva a suceder. Alguna vez dije que sí, que un mundo mejor es posible, pero que también un mundo peor es posible. Y la repetición de los errores, de los disparates es lo más peligroso que le puede pasar a una criatura, a una sociedad, a un país.

El compromiso vital

En un verso de su libro Paisaje, panorama, usted dice que no hay poetas mayores. Pero le voy a pedir un esfuerzo y me diga su lista personal de poetas mayores.

Todo aquello de que no hay poetas mayores es casi un juego frente a las luminarias de la poesía. Por formación familiar mis hermanos y yo leíamos mucho de niños. Sobre todo la poesía del XIX. Recuerdo que los primeros poemas que memoricé en la infancia eran de Plácido. Junto a Zenea, Avellaneda, Milanés y Heredia me abrieron el camino de la belleza y la cubanía.

Luego me encuentro con los poetas españoles del Siglo de Oro (Quevedo, Góngora y San Juan de la Cruz); y de la Generación del 98 me identifico con Machado y Unamuno. La del 27, para muchos de mis contemporáneos cubanos es capital. Tuve la dicha de conocer a algunos de sus miembros. Cuando llegué a España en el 57 llevaba una carta para Vicente Aleixandre, aunque todavía no lo conocía bien. Durante mis años en Madrid lo frecuenté mucho y aprendí de su rigor poético, y de todas las historias de su generación.

A Alberti sí lo conocí y asistí a algunas clases de Dámaso. A Unamuno me alegro mucho de no haberlo conocido personalmente, porque lo admiro mucho y dicen que era una gente muy difícil. Cuando Cernuda vino a Cuba yo era un estudiante y no lo pude ver. La Generación del 27 tiene un problema muy grande: hay autores tan grandes que hacen que otros poetas, como Altoaguirre, queden en un segundo plano siendo importantes.

De la poesía anglosajona destacaría a Eliot. Otro autor europeo que leo mucho es Rilke, ahora ayudado por un diccionario porque mi alemán se ha ido perdiendo. Es un poeta que está en mi sentir.

Aparte de la broma en la línea sobre los poetas mayores, creo que hay momentos en los que un poeta está al lado del lector. Y creo que en ese sentido este versículo bíblico me parece fundamental: «no para ser servido, sino para servir». Para servir a la comprensión, a la memoria, al hombre bueno, a la honradez. La poesía sirve para la bondad, para el amor. Dice Martí que solo el amor engendra la maravilla, y la Biblia dice que el amor todo lo soporta, todo lo puede.

¿Qué caracteriza a la Generación del 50? ¿Qué une a sus miembros como tal?

A mí no me gusta ese término de Generación del 50, pero te entiendo. Yo inventé uno muy propio: primera generación de la Revolución triunfante. Nos une el compromiso vital, el servicio a la historia (la menor y la mayor), y la búsqueda de la efectividad de la palabra: usar y servir a la palabra sin limitaciones.

Mayoritariamente -sin tratar de matar a nadie de generaciones anteriores- intentamos traer a la poesía todas las palabras (no hay malaspalabras ni buenaspalabras), que funcionen dentro de la poesía, que la poesía funcione dentro de ellas. Se ha hablado mucho del coloquialismo en nuestra generación; pero si uno observa a los poetas que la integran vemos grandes diferencias. En un extremo tenemos el desparpajo de Rafael Alcides y en otro la actitud ecuánime de Bravo; o la exuberancia de Pablo Armando con el tipo de acercamiento de Padilla, Jamís o Retamar. Las diferencias se ven entre Francisco y Pedro de Oraá, y Domingo Alfonso, tan fiel aún a José Ángel Buesa (que influyó al inicio en muchos de estos poetas).

Todavía tengo una buena memoria

Leí en algún lugar que no hace mucho usted ha usado palabras muy duras para referirse al llamado exilio cubano.

¿Quién lo dice?

Luis Marcelino Gómez, en una carta abierta publicada en 2004.

Es una intriga de ese señor -que me ha atacado muchísimo. Nos topamos en un encuentro organizado por un amigo mío en la Universidad de Poitiers, Francia. Es un gesto muy feo de este personaje. Simplemente creo que hay actitudes y actitudes. No niego la calidad literaria de Guillermo Cabrera Infante, por ejemplo, pero no comparto en nada su postura. Ahora bien, las cosas que hizo Guillermo en contra de la cultura cubana (olvidemos la política), y lo que hizo contra mí, contra Pablo Armando… En el viaje a Londres del que te hablé, se había concertado mi comparecencia y la de Cabrera en un programa de televisión (al que acepté ir sin muchas ganas). Y aquello fue espantoso. Otro ejemplo: cuando él se presenta en Alfaguara de Madrid, dice que sólo publicará en esa editorial si nos dejan de publicar a nosotros.

Pero por otro lado, mantuve mi relación con Díaz Martínez cuando rompió con Cuba, con Jesús Díaz (con nuestras discusiones). Incluso publiqué en la revista Encuentro. ¡Cuántas veces no vi a José Mario, un hombre decente y que sufrió, le hicieron mucho daño! Y él nunca habló barbaridades ni infamias sobre la Revolución. Cuando fui a Estados Unidos en 2001 pasé una semana en Miami; no visité a nadie, pero recibí a todos los que fueron a verme.

Una vez otras personas trataron de tergiversar un poema mío que dediqué a Julio Cortázar, para decir que yo era antisemita. En el poema hablo sobre los judíos de Santiago, que estaban discriminados. ¡No soy antisemita!, porque, entre otras cosas, tengo una abuela paterna que era sefardí. Una cosa es criticar, y otra es la infamia que se mantiene hasta hoy…mejor ni decir nombres. ¿Que en Cuba se han cometido errores?: muchos; ¡pero es que para ciertas personas todo está mal! Entonces, hay que mantener la memoria en activo….Como Heberto y yo decíamos: «Tenemos una mala memoria: a nosotros nada se nos olvida».

El mar, la Ciudad, el poeta…

Dicen que su relación con el mar es muy especial, casi romántica.

En Santiago -por su disposición en escalones- veía desde mi casa la bahía. El mar, el mar, el mar… Lo único que no me convencía de los años que viví en Madrid era la falta del mar. Cada vez que tenía una oportunidad tomaba un tren y me iba a ver el Mediterráneo. Y aquí en La Habana, después de casado, me quedé así: mirando al mar.

¿Tiene algún rito, alguna manía a la hora de escribir?

Antes prefería escribir de noche. Pero ahora espero que la poesía, como decía Ballagas, me visite.

¿Qué cosas le inspiran? ¿Qué lo seguirá inspirando después de nuestra entrevista?

El servicio. No estamos en un mundo o una sociedad perfecta. Carlos Rafael Rodríguez (un político interesante, con actitudes discutibles, pero respetado) dijo que no hay sociedad perfecta, pero sí hay sociedades perfectibles. Un título mío, Quiebra de la perfección, como ves es un juego de palabras. Hay que seguir trabajando.

¿Cómo quisiera que lo recordaran?

Quisiera que me recordaran. Que ya es bastante.

ESTA ENTREVISTA OBTUVO EL PREMIO NACIONAL DE PERIODISMO CULTURAL RUBÉN MARTÍNEZ VILLENA 2013

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