AMIR SIN DESARRAIGOS

Es hoy el autor cubano fuera de la isla que más lucha contra el ego. Quizá porque es también el más premiado, el más cotizado, el más polémico. Amir Valle, es un escritor de culto desde que dibujó Habana Bailonia, el libro que expuso el mundo lo que nadie y todos querían ver en La Habana de los 90: la economía del sexo. El mayor bestseller subterráneo que han generado literatura y censura en la mayor de las Antillas.

Amir fue el líder natural de su generación. La generación que empezó a destacarse en los años 80 del pasado siglo y que algunos osaron llamar Los Novísimos, como si luego de ellos no viniera nadie más. La camada de una isla a punto de la noche: Guillermo Vidal, Leonardo Padura, Alberto Guerra Naranjo, Pedro Juan Gutiérrez, et al.

En verdad iconoclasta, cuando se montó en el bote de la honestidad, le negaron el puerto de regreso. Hoy crema sus odios en una hoguera de letras.

La serie de novelas negras El descenso a los infiernos está fuertemente ligada, según tú mismo has reconocido, a ese mega-reportaje que es Habana Babilonia o Prostitutas en Cuba. ¿Se afirma en ti la tesis de que un periodismo de fondo y de calidad brinda herramientas fundamentales para formar a un buen escritor?

Periodismo y literatura son dos modos muy distintos de abordar este mundo que nos rodea. Por eso Hemingway aconsejaba a los escritores ejercer el periodismo y abandonarlo a tiempo. Lo decía básicamente porque el periodista verdadero mira el mundo buscando la verdad, esté en el bando ideológico en que esté, y para ello debe desprenderse incluso de sus propios credos de modo que sus ideas, sueños, experiencia de vida y filiaciones políticas ideológicas o de otra índole no vicien esa búsqueda y le haga caer en los equívocos en que hoy suele caer el periodismo, en que más que la objetividad del diálogo intelectual, y del concepto de defender lo defendible y criticar lo criticable de modo equilibrado, asistimos a una guerra mediática en la cual los bandos en conflicto se lanzan medias verdades, pedazos convenientes de la verdad e incluso mentiras manipuladas y disfrazadas engañosamente con piel de oveja, con tal de aplastar al otro.

Yo era ya un escritor con premios, muy joven, cuando empecé a estudiar periodismo. Antes que periodista, ya era un escritor que había ganado los dos premios más importantes para jóvenes en ese momento: el 13 de Marzo, de la Universidad de La Habana, y el Premio David, más un premio que sólo ganaban escritores consagrados: el UNEAC de Testimonio. Tuve la suerte de hacer dos años de periodismo en la Universidad de Oriente y el resto en la Universidad de La Habana y recibí clases de excelentes profesores que, al saber mi vocación como escritor, se concentraron en ayudarme a que periodismo y literatura se complementaran. Me considero, además un escritor realista; creo en el papel del escritor como una de las piezas esenciales que debe contribuir al pensamiento social de un país a través de sus obras, y desde esa perspectiva, periodismo y literatura no resultan en ningún modo antagonistas.

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Entre los mitos que rondan a tu libro Habana Babilonia esta aquel de que ciertamente iba a ganar el Premio Casa de Las Américas en Testimonio pero que algún manotazo estratosférico acabó impidiéndolo. ¿Qué hay de cierto y de fantasía en este y otros relatos de los que hayas tenido noticias?

Los mitos son invenciones del hombre para explicarse ciertos fenómenos. Y este no es el caso. Tengo pruebas de que eso no es un mito, entre ellas, los testimonios grabados de un miembro del jurado y de dos trabajadores de la Casa de las Américas, y más de 20 colegas del recién nacido Centro Onelio Jorge Cardoso, todos ellos hoy escritores de primer nivel en Cuba, que fueron testigos de cómo un renombrado escritor llegó días antes del premio y nos felicitó a Alberto Garrido y a mí porque, en las deliberaciones finales del jurado, nuestros libros habían resultado ganadores. Siempre pensé que alguna vez publicaría esas pruebas.

Pero hoy, luego de la suerte de ese libro: respetables críticos en la isla y el exilio dicen que fue el mayor bestseller underground de la literatura cubana, aún sin haber sido publicado en ese entonces; que es considerado por los críticos latinoamericanos un clásico de la literatura de no ficción en Latinoamérica, y que además ganó el Premio Internacional Rodolfo Walsh al mejor libro de no ficción publicado en 2006 en lengua española en el mundo, he decidido dejar en el pasado tan triste historia.

Respeto mucho el trabajo de la Casa de las Américas; considero titánica la labor de Retamar durante años al frente de esa institución; puedo dar fe del excelente trabajo de Jorge Fornet y otros colegas allí, y a estas alturas de mi carrera literaria no creo justo que por errores de ciertos personajes y mecanismos fallidos de nuestra cultura y nuestra política se empañe una labor que sigue siendo muy importante para la cultura latinoamericana. Además, revivir ese triste hecho me obligaría a mencionar la vergonzosa actuación de algunos colegas y creo que los cubanos vivimos tiempos en que se impone promover el diálogo, la reconciliación, así que no seré yo quien siga dividiendo por el egoísmo de que se ventile algo que, sí, me afectó mucho, pero también me convirtió en uno de los autores cubanos más leídos en la isla.

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Volviendo a El descenso a los infiernos: ¿por qué te decidiste a ficcionar la verdad tras cada novela de la serie? ¿No considerabas más provechoso exponer con mayor apego a la realidad la prostitución infantil (Las puertas de la noche), la violencia homofóbica (Si Cristo te desnuda), el tráfico de drogas (Entre el miedo y las sombras) y de personas (Santuario de sombras); como habías hecho en Habana Babilonia?

Tuvo que ver la cantidad de información. Sobre esos sucesos tenía información y testimonios para hacer, en el mejor de los casos, un largo reportaje. Pero las historias me apasionaron tanto que entonces decidí vincularlas a otras y así crear ese mundo novelado que reflejo en esa serie, El descenso a los infiernos, donde me propuse abordar realidades que yo vivía, día a día, en los barrios de Centro Habana y que, hasta ese momento, nadie había llevado a la literatura, excepto mi querido amigo Pedro Juan Gutiérrez, quien curiosamente era mi vecino: él vivía en la azotea de un enorme edificio que hay en San Lázaro y Perseverancia, y yo vivía en Perseverancia, también en la azotea del otro edificio más alto en la otra esquina de esa calle. Por eso, en nuestros encuentros en eventos siempre jaraneamos diciendo que escribimos sobre La Habana desde perspectivas muy parecidas porque veíamos la ciudad desde la misma altura.

Hace un par de años, en un homenaje que se nos hizo en Francia a Padura, Abilio Estévez y a mí, varios de los profesores que estudian mi obra en universidades europeas y norteamericanas dijeron que había recreado una especie de Yoknapatawpha tropical, a partir de la vida cotidiana en los barrios habaneros y que eso convertía a mis novelas en una mirada costumbrista muy certera de la Cuba actual. Te confieso que mi ego se sintió por las nubes, pero más alegría me ha dado saber que esas novelas circulan en la isla, y que siga recibiendo cada semana mensajes de cubanos que las han leído y persiguen hasta los artículos periodísticos que escribo en internet.

Lo que comenzó siendo una distancia forzada acabó convirtiéndose en el periodo más productivo de tu carrera literaria. Has explicado que fuera de Cuba te convertiste en ciudadano del mundo. ¿Cuánto contribuye el contacto con otras culturas y modos de vida a nutrir la obra de un escritor como tú?

He dicho muchas veces que el exilio suele verse sólo como un trauma, como una ruptura, pero en mi caso fue un verdadero proceso de enriquecimiento espiritual e intelectual. Si te soy sincero, hoy agradezco a ese oscuro funcionario de la política o la cultura que en el 2005 decidió que yo era menos peligroso intelectualmente fuera de Cuba y propuso dejarme en el destierro en el cual vivo desde entonces. Quizás mi visión poco traumática de la vida en estos mundos se deba a que desde joven soñé con vivir y hacer carrera de periodista en algún país árabe; Palestina era mi sueño entonces. Así que, excepto la separación forzada de mis hijos durante los primeros dos años, no hubo ningún trauma, ningún proceso de desarraigo.

Ya entonces mi nombre era muy conocido en España y América Latina; yo era cada año invitado a eventos importantes fuera de la isla (por cierto, sin que en esas invitaciones mediara ninguna institución oficial cubana, salvo la obligada tramitación que la UNEAC hacía de mis permisos de salida). Y apenas se enteraron de mi situación migratoria irregular en Europa, editores y colegas europeos y latinoamericanos se confabularon para darle un impulso a mi carrera literaria. Esas circunstancias, y mi enfermizo deseo de aprender de todo lo nuevo que se pone a mi alcance, terminó de hacer el resto: entre 1988 y 2004, es decir, en 17 años, en Cuba había publicado diez libros y dos antologías; en estos nueve años he publicado 12 libros, seis antologías y aún quedan tres libros más por salir, pues ya están contratados. Y lo mejor, he podido vivir de lo que escribo.

¿Cómo logras volver a Cuba en tu literatura, aun cuando este año se cumple una década sin pisar tu tierra?

Aunque hoy algo ha cambiado por el impacto de las nuevas tecnologías, en la Cuba que viví, el cubano andaba a todos lados como un caballo con orejeras: vas viendo sólo aquello que te dan de comer (léase información y un largo etcétera), pisas sólo el terreno que atañe a tu vida y a la lucha por la supervivencia. Sólo unos privilegiados tenían acceso a todo ese universo de información, experiencias y señales que llegaban a la isla desde eso otro que el gran Ciro Alegría llamó “el mundo ancho y ajeno”. Y yo, que soy un animal de la información, cuando me vi en el destierro me lancé a bucear en cientos de sitios, a leer todo lo que no había podido encontrar en Cuba, a investigar en temas que siempre llamaron mi atención desde allá, a buscar otras versiones de la historia cubana y universal que me habían contado en la isla. Ver mi país desde la distancia, sin condicionamientos ni muros políticos o ideológicos, y con el único reto de tejer la versión más cercana a la verdad entre tantas versiones que tenía a mi alcance, me permitieron alcanzar una mirada más sólida de Cuba, menos maniquea, más profunda y compleja incluso.

Eso, unido a que mantengo líneas de comunicación directa con cientos de cubanos de la isla, especialmente en los últimos años, me mantiene al día de lo que sucede allá, para no decir que muchas veces soy yo quien les cuento cosas que pasan en la isla, de las que ellos ni siquiera han escuchado. Hace poco, por ejemplo, a un colega escritor de novelas policiacas que vive en el Cerro le envié un dossier de informaciones sobre un caso criminal que sucedió allí mismo, en esa Habana que él habita, pero a él le era imposible encontrar esa información que a mí me fue fácil bajar de internet, con todo lujo de detalles, y hasta con un video. Por lo demás, ya que has leído alguno de mis libros, entenderás que en ellos no es tan importante las circunstancias de la realidad como los traumas humanos, y esos, por desgracia, siguen siendo los mismos.

La divulgación de tu obra es nula en la isla, ¿no temes que el público cubano, especialmente el joven, pierda la conexión con tu literatura, justamente en el contexto donde más ilustradora y útil puede resultar?

Es totalmente cierto que la divulgación oficial sobre mis obras es nula en la isla, pero eso no sucede entre los lectores. Te recuerdo algo: lo que se prohíbe adquiere la resonancia del morbo y es perseguido por la gente. Si quieres que algo sea leído por miles de personas, ¡prohíbelo! o créale una leyenda negra. Hace unos meses leí en un artículo publicado en la isla que mi nombre estaba junto al de Padura, Chavarría y Pedro Juan Gutiérrez entre los autores cubanos más leídos, y fíjate que soy el único que no vive en Cuba desde hace ya diez años. Ya el propio Padura y Pedro Juan, a quienes me une una larga amistad, en nuestros encuentros en eventos internacionales me habían comentado de ese fenómeno: que varios de mis libros, encabezados por Habana Babilonia, son perseguidos y pasados de mano en mano, de email en email o en memorias flash, y, como dije antes, tengo la prueba de que es así en muchos mensajes que me llegan desde Cuba. Otro ejemplo: hace unas semanas me reí mucho porque el video promocional de mí más reciente novela publicada en Grijalbo: Nunca dejes que te vean llorar, estaba circulando en “el paquete” y, automáticamente, empecé a recibir mensajes de cubanos de la isla, mayormente jóvenes, que me pedían de favor que les enviara el pdf de esa novela.

Y finalmente te confieso algo: un día descubrí una verdad que solemos olvidar los escritores cubanos; aunque es cierto que el país de uno es el contexto primero en el que debiera ser conocida una obra, existe una meta más ambiciosa que todo escritor debería tener en mente, el territorio de la lengua. Aunque en Cuba las autoridades culturales tampoco lo digan, yo creo haber conquistado ese territorio, pues mis libros se publican a nivel mundial en las más grandes editoriales de la lengua española: Planeta, Seix Barral, Ediciones B, Santillana, Grijalbo; varios de mis libros han estados meses enteros entre los libros más vendidos en España y Latinoamérica; cinco de mis libros han obtenido importantes premios internacionales de la crítica y la prensa especializada, y, además, están traducidos a otros idiomas, también en editoriales de primerísimo nivel en inglés, francés, italiano y alemán, por ejemplo. Aún así, no lo niego, me gustaría que mis obras se difundieran en Cuba; eso sí, sin condicionamientos de ninguna índole.

Te autodefines como un hombre de puentes. En esa condición, ¿qué estrategia sugerirías a los 11 millones dentro de la isla y a los dos millones fuera de ella para edificar la nueva Cuba que necesitamos y se perfila desde ya?

Que aprendamos de una vez que en esa edificación de un país nadie es dueño de la verdad absoluta y, por ello, lo más juicioso y saludable para la nación es abrir el debate buscando que todas las propuestas que hoy existen sean escuchadas. Los cubanos supimos dialogar entre nosotros antes de 1959, y por eso la democracia cubana, aunque imperfecta, era internacionalmente respetada. Sólo gracias a ese poder de diálogo logramos tener la que fue en su tiempo la Constitución más progresista y avanzada a su tiempo en el mundo: la Constitución de 1940. Pero lamentablemente, en esa vorágine que fueron los tiempos iniciales de la Revolución, se impuso y luego se extendió el credo de catalogar de enemigo o de mercenario a todo el que no pensara como el gobierno creía que debía pensarse, credo denigratorio que aún existe hoy.

Como ya se reconoce incluso en espacios de diálogo intelectual en Cuba, la personalidad de Fidel Castro, la popularidad de su liderazgo y su estilo de gobierno tuvo una enorme responsabilidad en el surgimiento de ese problema. Para más desgracia, esa deformación se ha trasladado a toda la sociedad, e incluso a los cubanos del exilio. Yo he cargado con la cruz de que, cuando busco ser objetivo y analizar la realidad de nuestro país con una mirada que no sea en blanco y negro, se me tilde de castrista, de anticastrista, de asalariado de “los Castro” en el exilio, y de intelectual mercenario del imperio: todo depende de la posición extremista que defiende el que escucha mi discurso. Eso diera risa si no fuera una realidad trágica y vergonzosa. Pero mientras los cubanos de a pie, incluido el gobierno, no entendamos que todos los cubanos, piensen como piensen, tienen el derecho de opinar y ser escuchados a la hora de buscar las mejores vías de desarrollo para nuestros país, seguiremos empantanados en una sociedad que rehúye el verdadero diálogo.

Me contabas en un diálogo anterior que asumes el cristianismo como un modo de vida. ¿De qué manera crees que han influido esos preceptos éticos milenarios en el ser humano que eres hoy? (He leído varias entrevistas que te han hecho y da la impresión que debes perdonar bastante)

Sin Cristo, mi vida estaría llena de odios. Por pensar distinto, por defender mi derecho a decir lo que pensaba, viví años muy negros en un país que amo profundamente. Por no bajar la cabeza ante mis colegas intelectuales que me aconsejaban fingir como ellos fingían y seguir oportunistamente las reglas establecidas por la política cultural de la Revolución (aún cuando ya yo no creía ni en la Revolución, ni en esa política cultural), tuve que sufrir desilusiones horrorosas y estocadas muy arteras de gente a la que quise, ayudé a que publicaran fuera de Cuba e incluso di de comer.

Cuando me forzaron a vivir en un “insilio” cultural y periodístico al que sobreviví sólo porque mi obra comenzaba a reconocerse internacionalmente y podía vivir de mis derechos de autor, vi a mis mejores amigos fingiendo ser mis enemigos simplemente por miedo a que los vincularan conmigo, y aunque la mayoría me enviaba mensajes secretos pidiendo que entendiera su posición, me sentí herido, traicionado. Seguí entonces un precepto cristiano: poner todo ese dolor a los pies de Cristo. Y me siento orgulloso de decir que me he encontrado con algunos de ellos en eventos fuera de la isla y han sido ellos quienes han bajado la cabeza, avergonzados.

Yo he dormido siempre éticamente tranquilo gracias a Cristo y cada día de mi vida defiendo ese precepto cristiano que dice: “la verdad os hará libres”. Pero, además, quienes me conocieron en mi juventud saben que yo era un ser petulante, insoportable, egocéntrico, porque había logrado muy joven todo lo que otros colegas de generación sólo alcanzarían años después. Desde que en 1997, mi hermano inolvidable, eterno cómplice, mi más fiel defensor en las más duras circunstancias, el escritor Guillermo Vidal, me presentó el hermoso rostro de nuestro Señor Jesucristo, comencé a pedirle que me diera humildad. Día a día lo hago, hasta hoy, para no vanagloriarme estúpidamente de todo lo que he conseguido. Es mi lucha más fuerte.

UNA VERSIÓN DE ESTA ENTREVISTA FUE PUBLICADA EN LA REVISTA ON CUBA

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