EL ÚLTIMO PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA (II)

Urru3“Manolo” de cerca

El seis de enero de 1959, Pedro José Fernández Coste entraba al Palacio Presidencial. Estaba deslumbrado ante la majestuosa edificación. Ni en su natal Pinar del Río, ni en Las Minas de Charco Redondo (donde trabajó como minero y se unió al clandestinaje y la lucha en la Sierra) había algo parecido.

El resto de la guardia presidencial, integrada por hombres probados contra la tiranía (entre ellos un joven participante en las acciones del 13 de marzo) experimentaba iguales sensaciones. La curiosidad y el desconocimiento los llevó, por ejemplo, a rasgar de punta a punta la manta de un portentoso tablero de pool con que se entretenía la soldadesca batistiana.

Uniformado de guerrera y corbata (confeccionadas en la sastrería El Zorro, cercana a Cuatro Caminos), Pedro manejaba una ametralladora Thompson sin culatín que, gracias a Dios, recuerda, nunca tuvo que emplear.

Conoció de siempre a “Manolo” [Manuel Urrutia Lleó] como un hombre afable, que trataba de cerca a la guardia y servicio de Palacio. Adoraba invertir tiempo en su familia. Pasaba días enteros en una casa cercana a las playas del este de La Habana. También eran frecuentes las visitas a Cayo la Rosa (Bauta), donde residía la familia de la primera dama.

Cuenta Pedro que el trato hacia los revolucionarios era hostil en aquella casa. Los inquilinos miraban de arriba abajo a los miembros de la escolta y no faltaban los gestos de desprecio. Solo Urrutia hacía la diferencia. “¿Dónde están mis muchachos?”, se le oía decir a menudo; y a la hora del almuerzo o la cena reclamaba que comieran cerca de él.

Otros recuerdos tiene Pedro de su estancia en el Palacio Presidencial. En no pocas ocasiones se produjo un revuelo tremendo en la habitación de la escolta, en la planta baja. Los hombres del Presidente se apresuraban a adoptar la posición de firme, mientras arreglaban su uniforme. Era ya común que entrara a la estancia una figura veloz, gigantesca y barbuda que ante el alboroto de los soldados extendía una mano en gesto tranquilizador.

“Era Fidel —me cuenta Pedro— y cuando entraba a la sala salía disparado hacia una escalera secreta al fondo”. Probablemente, dice Pedro, la escalera comunicaba con el tercer tercer piso, donde el consejo de ministros efectuaba sus constantes reuniones.

16 Jan 1959, Havana, Cuba --- Original caption: Dr. Manuel Urrutia Lleo, provisional President of Cuba, Havana, Cuba, 1/16/59. --- Image by © Lester Cole/CORBIS

“Luego veremos eso”

El 16 de febrero de 1959, Fidel Castro había asumido el premierato, y a partir de ese momento las contradicciones entre Urrutia y el treintañero de Birán polarizan en dos mitades las opiniones del gobierno revolucionario.

El luchador antibatistiano Luis M. Buch ha contado que el 12 de julio de 1959, mientras Fidel clausuraba en el Capitolio el Primer Fórum sobre la Reforma Agraria, en el Palacio Presidencial ocurrían movimientos extraños.

Según Carlos Olivares, quien era director jurídico de la institución política, en al tercer piso observó “que se estaban preparando maletas y paquetes. Cuando conversaban, la esposa de Urrutia interrumpió para preguntarle si dejaba el título de abogado en el cuadro o lo enrollaba. El presidente contestó con disgusto: ‘Luego veremos eso’”.

Olivares le contó a Buch que, al quedar solos, Urrutia le comentaba: “Fíjese, tenemos que estar preparados. Esta gente es capaz de cualquier cosa. Una destitución del presidente, un golpe militar, nada de esto me puede coger desprevenido”.

Al día siguiente de los sucesos, Fidel Castro ya estaba enterado de lo ocurrido por funcionarios del propio gabinete. Hacía poco tiempo, Urrutia había solicitado una licencia cuando no existía quien lo sucediera como vicepresidente. “No podíamos defenderla al promover un derrocamiento o acudir a un acto de fuerza contra la ley, que provocara el desasosiego en el pueblo”, relata Buch.

“Entre el 12 y el 16 de julio, Fidel meditó en cuanto a la mejor manera de actuar. Curiosamente, el día 16 de julio fue investido por un jefe de la tribu de los indios Creeks, norteamericanos, como Spiheechie Meeke, o lo que es lo mismo, Gran Jefe Guerrero, y recibió la pipa de la paz; era la primera ocasión en que los indios norteamericanos la entregaban a un estadista extranjero. Fidel nos sorprendió al amanecer del viernes 17 de julio de 1959 —continúa Buch—: en la madrugada se entrevistó con Carlos Franqui, director de Revolución, periódico oficial del Movimiento 26 de Julio, y le dio instrucciones de anunciar su dimisión al cargo de primer ministro, fijando para horas de la noche una comparecencia televisiva para explicar las causas. Fidel impartió órdenes bien estrictas para que los teléfonos quedaran interrumpidos y nadie pudiera entrar o salir del edificio del periódico hasta tanto no estuviera en circulación esa edición”.

Ni una cáscara de huevo

Llega el 17 de Julio. Y a primera hora los ministros recién enterados y los antes advertidos se reúnen en Palacio. Armando Hart (de Educación), y Augusto Martínez (de Defensa Nacional) son los primeros en llegar. Ya enterados todos, en nombre del Consejo de Ministros, unos pocos funcionarios preparan una nota de prensa dirigida al pueblo. Exhortan a la unidad, la calma y la confianza en Fidel.

Sobre las 10 de la mañana, Fidel llamó a los ministros Faustino Pérez y Hart. Antes del mediodía ya retornaban a Palacio. “Los acompañé al baño contiguo al salón del consejo de ministros —dice Buch—. Me comunicaron de que en caso que se produjera la renuncia de Urrutia, propondrían al doctor Osvaldo Dorticós Torrado como nuevo presidente provisional de la República”.

Mientras, en Palacio, Urrutia sigue atento las declaraciones del primer ministro renunciante. Inmediatamente hace un llamado a la prensa para dar su versión sobre el asunto. Fidel es informado del movimiento mientras comparece ante las cámaras. El joven rebelde propone una discusión televisiva. Algunas Fuentes señalan que “Manolo” se niega; otras dicen que antes del reto, Urrutia había pedido al jefe de la casa militar, Gilberto Cervantes, que la televisión instalara en Palacio sus equipos a fin de ripostar a Fidel. Finalmente, Urrutia dispuso de un control remoto de la radio cubana.

Ciro Bianchi relata la situación reinante en la capital: “(…), un nutrido grupo de ciudadanos rodeaba el Palacio presidencial y dejaba escuchar un grito unánime: ʻ¡Qué se vaya Urrutia!’. El presidente quedó sin alternativa. Esa misma noche presentó su dimisión ante el consejo de ministros, que designó en la presidencia al doctor Osvaldo Dorticós Torrado, un abogado cienfueguero que se había desempeñado hasta el momento como ministro de Leyes Revolucionarias”.

En cuanto Urrutia dimite, la caravana formada por su escolta salió de Palacio como de costumbre. Previamente las órdenes habían sido precisas. De las más altas instancias revolucionarias había llegado una advertencia para los guardaespaldas: ni una cáscara de huevo podía caerle a “Manolo”.

Al frente, un grupo de la policía motorizada; dos autos con la guardia personal y al centro uno donde viaja el Presidente. La gente concentrada en los alrededores se abalanza sobre los carros. “¡¿Dónde está el esbirro?!”, grita la multitud. Pero Urrutia no se encuentra allí. Viaja en un auto aparte que ha salido por el frente de Palacio y que minutos después se uniría al resto del convoy en la Avenida Malecón.

urru7Rumores

Allí comienza un largo viaje hacia el oeste de la capital, que terminará en Cayo la Rosa. Un pelotón de militares aguarda la llegada del expresidente. “A partir de ahora nos hacemos cargo nosotros”. Sería la última ocasión en que Pedro José vería personalmente a “Manolo”.

Casi al mismo tiempo en que se rompió el habitual tráfico entre Cuba y Estados Unidos, tuvo su inicio un fenómeno inédito. Quien abandonaba el país se convertía en una especie de mito, cuya imagen se iba conformando a través de los rumores y la imaginación popular. Urrutia no fue la excepción. De él llegaron noticias disímiles desde que abandonó la primera magistratura hasta que tocó suelo estadounidense.

Tenía tres hijos. Recuerda Pedro José que Jorge, el del medio, era un muchacho amable con la servidumbre de Palacio. A Alejandro, el primogénito se le veía poco. Cuentan por ahí que la menor, nacida en los albores de la Revolución, tenía como padrinos a Celia Sánchez Manduley y a Fidel Castro, aunque quizá nunca fue bautizada por estos.

Aun cuando el rumor sea real, es harto conocido que “Manolo” no congeniaba con las ideas de izquierda de los líderes rebeldes. Su desacuerdo con el radicalismo que prometía cumplir el gabinete revolucionario lo llevó a asilarse en la embajada de Venezuela. Poco después se exilió en Estados Unidos hasta su muerte, en 1981, en la ciudad de Nueva York.

Dicen que en el barrio de Queen trabajó como profesor de español durante años. Falleció el 15 de julio; dos días antes de que se cumplieran los 22 años de su dimisión.

Bibliografía:
Angulo, W. (2008) Solo soy un sobreviviente. Revista Temas. Octubre-diciembre, p. 4-15.
Báez, L. (2009) Así es Fidel. La Habana. Editorial Abril.
Betto, F. (1985) Fidel y la religión. La Habana. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado.
Ramonet, I. (2006) Cien horas con Fidel. La Habana. Oficina de Publicaciones del Consejo de Estado.
Bianchi, C. (2009) Uno, caballo; dos, mariposa… Diario Juventud Rebelde. Noviembre, p. 12.
Bianchi, C. (2011) Contar a Cuba, una historia diferente. La Habana. Editorial Capitán San Luis.
Sarusky, J. (2010) Conversaciones, confidencias. La Habana. Editorial Letras Cubanas.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: