Heras vivencial

HERAS.jpg

Un  buen día a aquel muchachito lo sacaron de la universidad para trabajar en una fábrica. El castigo se había fraguado en instancias y circunstancias de las que prefiere no hablar. «Lo he contado solo una vez, no lo he vuelto a contar, ni pienso volver a hacerlo». Eduardo Heras León sabía lo que era la guerra. Las 72 horas en Playa Girón lo habían familiarizado con un tema recurrente para su periodismo, su literatura y en esos momentos, su vida.

 

 

Entre los escritores más destacados de la primera promoción post-revolucionaria, el autor de Los pasos en la hierba se reconoce como parte de una generación frustrada. Hoy mira hacia atrás con nostalgia, «sin rencor», me confiesa, deseoso quizá de que el tiempo le conceda una vuelta al pasado, cuando fungió como jefe de redacción de la revista Alma Mater.

 

Wichy Nogueras, Víctor Casaus y otros animaron su sueño de hacer de la revista de Julio Antonio Mella, un espacio de análisis serio de la Isla y su cultura.

 

Pero en 1971, como dice el poema de Wichy, las arañas tejían en la sombra sus redes asesinas. Y los sueños de Eduardo cayeron en una pesadilla que se extendió por casi una década para la intelectualidad cubana. Hoy, plenamente reconocido y con otro sueño convertido en realidad. Los castillos son los símbolos de los sueños, Heras León dirige, lo que él ha llamado «la casa del joven escritor cubano», el Centro de formación literaria Onelio Jorge Cardoso.

 

Fuera y dentro del país sus libros son publicados en ediciones de lujo, recibe homenajes y a través de talleres literarios, despliega una vocación oculta por el magisterio. Heras León está listo para conversar de sus años juveniles con la voz suave y los ojos pequeños.

 

 

No pocos escritores describen el paso por el periodismo como un momento de crecimiento como creadores. ¿Experimentó lo mismo mientras fue jefe de redacción de Alma Mater?

 

Cuando comienzo a trabajar en la revista ya me había ganado el Premio David. Eso significa que estaba bien metido en las labores de creación narrativa. Como autor de ficción ya tenía un camino recorrido. Soy un escritor vivencial, y ya contaba con varias experiencias importantes.

 

Especialmente, la publicación significó para mí un período de crecimiento como ser humano y como periodista; un espacio en el que se elevó mucho mi caudal político. En nuestra época hicimos números antológicos. Trabajábamos con tremendo entusiasmo y dedicación.

 

Alma Mater era el lugar donde vivíamos, además de nuestra casa. Para nosotros, escribir en la revista era una fiesta, un placer. Allí se reunió una tropa en la que estaban Germán Piniella, Vicente Carrión, Raúl Rivero; y —en la periferia— otro grupo que formaban Luis Rogelio Nogueras, Víctor Casaus, Rogelio Moya y Guillermo Rodríguez Rivera, entre otros. Éramos entonces unos muchachos, principalmente, con inquietudes culturales. Y la revista se convirtió en el cuartel general de nuestra generación.

LEA TAMBIÉN LA ENTREVISTA CON LA ESCRITORA MIRTA YÁÑEZ: “TODO FUNDAMENTALISMO ES ANTIINTELECTUAL”

 

Durante sus años en Alma Mater, ¿cómo manejaban el tema de la libertad editorial?

 

Mi presencia en Alma Mater termina en 1971, año en que comienza el Quinquenio gris. Hasta ese momento teníamos una enorme libertad para escribir. Ana Mildred Vidal, responsable de extensión universitaria, era una mujer muy revolucionaria, de mucho alcance intelectual, y con una mirada amplia en lo que respecta a la cultura.

 

Que yo recuerde, nunca nos puso cortapisas a la hora de escribir, incluso publicamos cosas que después catalogaron de «demasiado». Recuerdo una entrevista con Eduardo Galeano, donde el escritor uruguayo dijo una serie de cosas reales, pero muy «fuertes».

Ten en cuenta que cuando en el 71 se produce el Congreso de Educación y Cultura, a Alma Mater le quitaron todo. Desperdigaron a buena parte del equipo de redacción.

 

Yo mismo estuve cinco años en una fábrica, Wichy Nogueras estuvo un año en una imprenta y entró un nuevo grupo a la revista. Pero, honestamente, en el período que estuve como directivo nunca recibimos orientaciones de nadie. Claro, los famosos límites de «dentro de la Revolución», ¿quién los ponía? En dependencia de quien estuviera en la dirigencia sería interpretado el famoso apotegma de Fidel: «dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada».

LEA TAMBIEN LA HISTORIA DE UN POETA MARGINADO EN “CABEZA DE CERILLO”

 

Mientras fue jefe de redacción de la revista, ¿qué cree que le faltaba a Alma Mater?

 

Llegó un momento en el que estábamos satisfechos con lo que hacíamos, estábamos orgullosos del trabajo que habíamos hecho. En un inicio buscábamos quitarle cierto  carácter superficial que tienen las publicaciones estudiantiles. Queríamos convertir a Alma Mater en una publicación sociocultural de la universidad.

 

Iniciamos una sección que se titulaba Página en C (o sea, en Cultura), y ahí se publicó mi primer cuento, el primero de Senel Paz, el primero de Abel Prieto; así nos convertimos en una fuerza promotora de jóvenes autores. La otra vertiente era meternos dentro de los problemas de la política cultural; creo que llegamos a un punto de equilibrio entre lo cultural y lo político.

 

Pienso que hubiera sido más influyente, se hubiera desarrollado más en el ámbito universitario, de haber mantenido la misma libertad. Pudo convertirse en una publicación mucho más seria, cosa que luego consiguió la revista Universidad de La Habana, con Ambrosio Fornet como editor.

 

 

HERAS LE.jpg

Siempre se ha dicho que los años 70 fueron duros para la cultura cubana…

 

En mi caso particular no fueron solamente duros, sino terribles. Parte de ese proceso tuvo que ver con mi libro Los pasos en la hierba, que había sido la única Mención del Premio Casa de las Américas en 1970.

El texto fue muy mal interpretado, fue víctima de críticas por parte de una secta dogmática de la dirección cultural, y eso me costó el tener que abandonar la carrera e ir a trabajar a una fábrica de acero. Fui uno de los que más sufrió.

 

He escrito algo de lo que me ocurrió en esos momentos. Aquello era incomprensible para nosotros, pero más tarde nos percatamos de que sencillamente había una pugna entre grupos que querían asumir poder. Durante el ciclo de conferencias sobre el Quinquenio gris que se impartió en el Instituto Superior de Arte (ISA), leí un texto titulado Testimonio de una lealtad, que relata la historia de lo que me ocurrió en aquella dura etapa.

 

Aunque sus consecuencias llegan hasta hoy, afortunadamente ese período (que no fue gris, fue negro) quedó atrás, pienso que por un proceso de maduración de los propios creadores y de nuestros dirigentes. En ese sentido, fue importantísima la labor de un hombre como Armando Hart frente al Ministerio de Cultura, y luego de Abel Prieto, que es lo mejor que le ha pasado a la cultura en los últimos veinte años.

LEA TAMBIÉN LA ENTREVISTA CON EL AUTOR QUE VIVIÓ UN MUNDO ORWELLIANO EN “ANTÓN A RETAZOS”

 

¿Cómo recuerda la universidad de los años 60 y 70?

En los 60 hubo una explosión de creatividad que estaba por encima de todo. Por ahí tengo escrita una crónica de cómo era la escuela de Letras. Todavía hoy existe un banco a la entrada de la Facultad, que es sagrado. Y ahí te encontrabas a un grupito en el que resaltaba Wichy Nogueras hablando sobre el último ensayo de Marcuse, alguna polémica de Sartre o un encuadre de cine. Había un ambiente de entusiasmo cultural que la universidad no ha vuelto a tener, una reserva enorme de potencial creativo que finalmente se reflejó en nuestra propia obra.

 

Siempre he dicho que pertenezco a una generación frustrada. En el 68 escribí La guerra tiene seis nombres, al año siguiente Los pasos en la hierba; y no quiero parecer autosuficiente, pero los libros de mi generación (Los años duros, de Jesús Díaz o Condenados del condado, de Norberto Fuentes) no tenían nada que envidiarle a los primeros libros de los que tiempo después serían los grandes escritores latinoamericanos.

 

Cuando llegó este proceso del Quinquenio gris, muchos de nosotros dejamos de escribir por un buen tiempo. Hoy en día debíamos tener diez novelas cada uno, ¿y qué tenemos? Obras que en su mayoría tendrían más trascendencia si se les hubiera permitido un desarrollo normal. Y no te digo esto con rencor. Desgraciadamente ocurrió de esa manera, la vida de los hombres es así, las revoluciones son así.

En la segunda mitad de los 70 pude terminar la carrera, después que salí de la fábrica. A partir del fracaso de la Zafra de los Diez Millones, la situación sociocultural se puso muy difícil: aumentaron los prejuicios contra los religiosos y las personas que tenían determinada preferencia sexual.

Fue un período de extremismos que por poco acaba con la universidad y la cultura de este país. Afortunadamente eso se superó, pero quedaron las secuelas, que son imborrables.

HERAS LEO.jpg

 

En busca del tiempo perdido Su generación estuvo especialmente impactada por la figura del poeta Roque Dalton…

 

Roque era una fiesta, una maravilla. Lo conocí después de que gané el Premio  David. Un día nos encontramos en Casa de las Américas, me confesó que le había interesado mi libro y acto seguido me preguntó si había leído el que él había escrito sobre la obra de Regis Debray ¿Revolución en la Revolución? 

Quería discutir conmigo algunas cosas, y así comenzó nuestra amistad. En su casa estuvimos una tarde entera conversando de la vida y milagros de todo el mundo.

Visitábamos mucho a Marta Solís, corresponsal en Cuba de la revista mexicana Siempre, y ahí él tomaba mucho (yo no, era abstemio). A veces hasta  «tomado», incluso una vez lo metimos bajo la ducha. Se ponía a recitar coplas que no se pueden publicar. Eran coplas de su autoría, fabulosas, como “El corrido de Rosita Elvírez”. En ocasiones cantaba corridos mexicanos… (Heras deja la mirada inmóvil, perdida en algún punto de la memoria, y una sonrisa delata que hay recuerdos indecibles).

Tenía una vitalidad tremenda y era un poeta de primer orden. Su libro El turno del ofendido nos descubrió a un autor de nuestra generación, maravilloso.

Muy poca gente lo sabe, pero Roque escribió un libreto para la televisión sobre la historia de su familia. Él mismo tiene una historia de película.

Como sabes, en algún momento lo iban a fusilar, ocurrió un terremoto y pudo escapar de la cárcel. Ernesto Cardenal decía: «Ustedes los marxistas dicen que eso es una casualidad histórica. Nosotros, los católicos decimos que es un milagro». En aquella época nada se podía grabar, todo era en vivo, y Roque habló conmigo y con Silvio [Rodríguez] para que lo ayudáramos con el programa. Silvio haría el papel de comentarista-trovador: entre escena y escena hacía comentarios en forma de trova y yo me encargaría de presentar el programa. Finalmente la dirección artística la realizó Ana Lasalle.

El día que tocaba la presentación del espacio, cuando íbamos en un auto para el estudio de 23 y P, vimos frente al hotel Capri una escena tremenda.

Unos hippies estaban tirados en medio de la calle deteniendo el tránsito, de pronto llega un carro jaula y empiezan a meter a los muchachos para el interior de las pat rullas. Y Roque, sacando una mano por la ventanilla gritaba a más no poder: « ¡No les vayan a dar! ¡No les vayan a dar!».

Así, un millón de cosas simpatiquísimas ocurrieron al lado de Roque. Te imaginas lo terrible que fue para nosotros saber de su muerte, casi un asesinato, que ya tendrán que pagar los verdaderos culpables de ese crimen

HERAS LEON.jpg

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: