LA CIUDAD QUE NO PARECE

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McDonalds, San Salvador (foto Yoe Suárez)

-El viejo caminaba, me saludó sonriente, y una bala de tanqueta le reventó la cabeza –dice Mauro y se lleva a la boca una McDonalds de carne. La carne aquí es siempre cerdo. Lo demás es pollo y vaca. Masca, masca y masca.

El Salvador era entonces el campo de batalla donde la guerrilla marxista, en el monte y la ciudad, amenazaba volar el control de la derecha sobre Centroamérica.

Mauro suelta la hamburguesa, y suelta la regla T. Mauro se achanta en un mueble impersonal, y corre por una calle en 1982. Mauro toma Coca-cola, y rompe a patadas la puerta del Teatro Nacional, y una nevada de vidrios tintinea en su cabeza.

-Me salvé por un poquito, vea –sorbe sonoro el fondo de su bebida y sigue- aquel día los militares repitieron balas para todo el mundo. Yo recién salía de la Biblioteca y veía la gente cayendo cerca de mí.

Aindiado, con una gran sonrisa en sus labios gruesos, parece hablar de la vida. De hecho, así era la vida durante los gobiernos militares.

-Yo fui jefe de mi aula en el Instituto Técnico-Industrial de San Salvador, ¿verdad?, y lo que no sabía era que automáticamente me convertía en miembro del Movimiento Estudiantil Revolucionario (MER).

Fue tres años, sin entenderlo bien, de sus filas.

Un joven chato de cara muy ancha pregunta amablemente, con una sonrisa mecánica, si retira nuestros platos. Asentimos, y se esfuma con el uniforme rojo que ha invadido más países que el ejército gringo.

Los institutos públicos eran la cantera preferida de las balas. En el Auditorium, un día, los del Ejército Revolucionario del Pueblo (una de las cinco fuerzas que se unieron en el FMLN) abrieron el tabloncillo: repartieron armas como dulces navideños.

-Nosotros teníamos un profesor que era de apellido La Guardia, y gritábamos de cuando en cuando: ¡ahí viene La Guardia! ¡ahí viene La Guardia! Nada más para ver cómo la gente salía corriendo.

Y un día vino la Guardia, pero con botas y rifles, y nadie les creyó.

-Yo me tiré desde un segundo piso para escapar de los tiros –cuenta Mauro con una risa jadeante.

Otro día entraron al aula unos locos tan muchachos como él. Echaron a patadas al profesor de Historia y pusieron, mesa por mesa, un arma de fuego. Materia: arme y desarme. 17 años apenas.

-Una compañerita temblaba delante de mí –dice Mauro y se lleva sus trozos de uñas a la boca-. Otro se le acercó y con el cabo del revólver, ¿verdad?, le dio un culatazo en la cabeza.

La sangre corrió.

El Salvador está lleno de sangre. Y el cantor de esas sangres es Roque Dalton.

-Nosotros lo leíamos. Yo no era de izquierda, pero estaba contra la derecha militar, vea; y Roque me gustaba porque decía las cosas del pueblo, las cosas que nadie más. Los hacelotodo, los vendelotodo…

los comelotodo,
los primeros en sacar el cuchillo,
los tristes más tristes del mundo,
mis compatriotas , mis hermanos…

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Mural en San Salvador

Por estos lares las paredes hablan más que las doscientas fullcolor de cualquier revista. Quizá por eso un día los muros negaron el verbo –en inglés, como debía ser en este país campesinamente agringado-: Roque Dalton is not dead.

Roque, flacucho, narizón, jodón y con las mujeres de más que a algún imbécil le faltaron. Apareció, cresta punk, en la anónima jungla grafitera; en la misma ciudad donde le asesinaron.

El poeta de Taberna fue el vivo más publicitado de la izquierda salvadoreña, y desde 1975 es su muerto más complejo. El hijo de Saturno: engullido por el movimiento que lo acogió para luchar contra la dictadura, acusándolo de espía…de la CIA, de la Seguridad cubana, luego de nada.

Por eso Maximiliano se guarda a sus cuarenta un pedacito de piel.

-La Ley de Amnistía hay que derogarla, pues, porque no da justicia a nadie, y aquí he reservado un espacio –señala bajo una axila, y se rasca la cabeza rapada-, para escribir la fecha en que será su fin.

Tiene siete familiares inscritos en el Monumento de la Verdad. Los nombres de esos muertos y desparecidos campean en tinta su espalda, y prontamente los brazos también serán tatuados. Son parte de los 80 mil cuerpos que ejército y guerrilla destajaron durante 12 años.

-Pero claro, cuando me tatúe la fecha siempre será en letras. No quiero que piensen que pertenezco a las Maras.

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Roque Dalton, poeta y periodista salvadoreño, fue asesinado por sus propios compañeros del MER

Era Día de las Madres y llegué a San Salvador. Vladimir Rogel cargó su pistola una mañana como esa. Los petardos en las calles, los anuncios de regalos y las flores. Hubo un tiro en las afueras, pero nadie se enteró. Coreando la pirotecnia la bala sonó invisible.

Rogel subió la escalera. Le sudaban las axilas. Hace calor en mayo, y hace pereza también. Joaquín Villalobos le pide el arma.

-¿Estás bien, pues?

-Bien, bien- suelta un fuelle en la garganta.

Villalobos abre la puerta y el hombrecito atado se remueve para verlo. El revolver que se alza, la mano tambaleante, los ojos cuajados de miedo cuando la bala ruge. Afuera los petardos estallando felizmente, y el brazo de Roque reventado en carne viva, adentro. Encorvándose en la cama.

-¡Tenés que terminarlo, pues!

Y unos pasos, un, dos, tres; el llanto breve, animal. Y el último petardo.

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El Salvador es nación que se debate en extremos: el más violento y el más chico del continente.

-Este es un país de primera…porque si ponés segunda entonces entrás en Honduras –bromea un taxista asmático antes de llegar al hotel en la colonia Escalón. Selecta. En las faldas de un volcán que este año, hace 99, no vomita. Es un gigante picudo oculto por el smog. La ciudad, obesa de autos, eructa una cortina brumosa.

De la última erupción hay lava petrificada donde lo único que crece es la Siempreviva. Por esas criptas naturales, cuentan los testigos, abrieron un hoyo para Roque. Y debe estar por ahí, porque Roque dijo sus versos serían cual Siemprevivas.

Por el cementerio rocoso apenas pasa la gente, pero se llenó de pronto en 2015 con carros de criminalistas y arqueólogos forenses.

-Para nuestra sorpresa la Fiscalía ayudó a buscar el cadáver de mi padre en sitios cercanos de ahí, ¿verdad?- dice y pregunta a la vez Juan José, y busca con la vista un cuadro chillón que inquiere Roque, ¿dónde estás? Los salvadoreños hacen eso mucho, mucho. Lo de hablar y preguntarse.

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En la oficina de Contrapunto

Entre foto y foto de la Cuba sesentera, del exilio, de él abrazando a Silvio (Rodríguez, por supuesto), del cuadro escandaloso que también recuerda Yo sería un gran muerto, lleva el diario Contrapunto. Crítico a diestra y siniestra, porque cree que la crítica mueve a la sociedad. La oficina pequeña, a la que se accede por una escalera metálica, está custodiada por el revuelo de jóvenes bebedores de café.

-Nunca hallamos nada –dice y el pelo finísimo le tapa los ojos, hasta que despierta- ¡Pero el Procurador para la Defensa de los Derechos Humanos, emitirá una resolución que exige se cumpla con el derecho a la Verdad, consagrado en la Constitución de la República!

-¿Y para cuándo es eso?

-En breve, será en breve…

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Juan José Dalton, primogénito de Roque, encabeza los reclamos familiares a las autoridades

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Los monumentos, cualquiera, acaban siendo metales olímpicamente cagados por las palomas. Pasado un tiempo, sobreviven embarrados a la vista indiferente de los hombres, y eso no es lo que quiere Jorge Dalton con su padre.

Cubano y salvadoreño, no en el orden invertido, hizo carrera en la isla y se trajo una mujer que hasta hoy lo acompaña.

-De él se habla en los colegios de acá y en los de Cuba también. Era realmente incómodo estar en el aula estudiando lo que tu padre escribía y que algún amiguito te señalara.

Maximiliano espera la fecha del aniversario. Los 10 de mayo: la muerte. Vigila a las muchachas que decoran la Universidad de San Salvador y pegan los afiches con la cara de Roque. La cara de abejorro. De punta de abejorro. Y cuando nadie le ve, se acerca a las paredes y arranca los carteles. Forró parte de su cuarto con la cara del poeta. Muchas caras.

-Es un símbolo -me dice excitado-, ¡un símbolo de acá!

Roque es el asesinado, el desaparecido, y el intelectual, a la vez.

Es como un Che, pero sin foto de Korda. Un ícono brumoso que el smog de los rejuegos no deja ver del todo.

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-Y entonces, ¿ya saben dónde es la casa en que mataron a Roque?

-Sí, pero no puedo decirte, porque todo eso está en investigación –dice Juan José. Tiene el rostro enjuto de tanta desmemoria, y la nariz afilada.

Antes que los presidentes se cebaran con promesas, los entonces comandantes despedían linduras como aquellas en medio de la selva o una casa clandestina.

-Cuando lleguemos al poder le haremos justicia a tu padre.

Y Juan José apretaba los gatillos ansiando que la guerra tuviera un fin favorable al Frente de Liberación Nacional. ¿Podía haber ganador luego de tanta mugre?

Desde 2009 la izquierda manda aquí, y la promesa ahora tiene pelaje de débito. Como un banco gigante la Historia también cobra caro. Los Dalton presentaron un expediente con pruebas testimoniales donde ponen con nombre completo y alias de guerrilla al grupo vinculado con la muerte del poeta. Dos de ellos, cobijados, por las arcas del gobierno del Frente, como altos funcionarios públicos.

Una ley salvadoreña decreta que a la década de cometido un crimen, sino ha sido denunciado por los canales formales pasa como agua de río. Otra ley, la de Amnistía, pactada en 1992 en suelo mexicano, perdona los crímenes de ambos lados. Mas Juan José puso tilde: el que fue contra su padre es de lesa humanidad. De modo que lo vacunaba contra todo lo anterior.

-El Estado no hizo nada, nosotros los demandamos, y agotadas las posibilidades pasamos el caso a la Corte Interamericana de Justicia.

El primogénito Dalton es el adalid de la causa familiar. Vehementes, sus ojillos se disparan cuando menciona a los ejecutores. Con uno conversó en 1993 hasta que le confesara cómo mató a su padre. El resultado fue una entrevista que circuló ampliamente por la red de redes.

-Pero lo que ustedes armaron parece una compilación de sospechas bien informadas –me refiero al recurso que armaron basado en testimonios.

-Sabemos que no juzgarán a nadie por nuestro expediente, lo que pedimos es que abran una investigación…pero hasta ahora nada.

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En la Zona Rosa de San Salvador, distrito florido de bares y apartamentos lujosos, se puede tomar el pulso de la vida nocturna. En La Ostra, digamos, jovencitas aindiadas bailan cumbia alzando los pies como si el piso ardiera. Entre el humo del cigarro y el de una máquina antediluviana, el Dj no para de interrumpir temas de Justin Bieber o bien Tito el Bambino o bien Celia Cruz, para mencionar nombres de sus conocidos tan desconocidos para el resto de la disco.

Una pareja se enrosca en el medio del salón, bañados por luces coloridas y un ambiente vaporoso. La gente le deja sitio y cierta morbosidad pone a girar las caras, nadie sabe cuándo el beso pase a ser una nalgada, luego una teta afuera. El joven se empina una botella de ron, y ella sigue bailando como serpiente alrededor de una probeta etílica.

La cola en los baños es larga, un bostezo madrugante. Es el oasis hediondo donde puedes estar quieto, pero solo por un rato, lo que dure una meada. Los toques en la puerta no se hacen esperar.

Un amplio mesanini al final del salón exhibe muchachas con largas melenas de rojo intenso una, amarillo otra y negro la tercera. Pasan tipos y tocan las pocas partes con ropa, bailan un rato con ellas y se pierden en el humo. Las tres sonríen y cantan. Solo eso.

Esta noche mientras ellas, la pareja de limazas, y yo bailemos aquí, allá afuera matarán a 16 personas.

-Yo acá no bebo nada que no llegue a mí sellado.

-¿Y eso?

-Luego te secuestran o te desaparecen, y más que uno es extranjero –me dice un boliviano sudado como bracero. – Y te digo más, cubano, este bar está operado por la Mara 18.

San Salvador en la noche es manada de autos acechando a los fiesteros.

-¡Taxi, señor!

-No, gracias, ya vienen por nosotros.

Los taxistas forman flotillas para transportar grupos grandes. Hablan entre ellos a través de walkie-talkies, y a uno se le erizan los pelos de la nuca recordando al boliviano.

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El volcán de San Salvador, al fondo, entre el smog de la ciudad (foto: Yoe Suárez)

Las mañanas comienzan con el graznido de un ave muy oscura de cola larga, parienta cercana del cuervo. Zonte, le llaman. Rompe temprano un cano de pájaros que me hace sentir en la selva. Algunas notas suenan a violinazo mal dado.

-¡Una moneda! ¡Una monedaaa!

La niña sin nombre lleva en una mano rosas plásticas y en la otra otra mano más pequeña que la suya.

-¿Cómo se llama?

-Kim –me dice y levanta el brazo de su compañera-. Kim, de Kimberly.

Ella apenas musita alguna palabra que no sea dinero. Ella es ese diez por ciento de menores que dice la UNICEF trabaja en El Salvador. Ella es uno de los miles de casos que reportan los informes del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo Integral de la Niñez y la Adolescencia explicando que el abandono y la mendicidad son de los principales golpes contra la infancia del país.

La niña sin nombre estira la parte superior de su pullover para que yo vea no miente: Instituto de no-sé-dónde. El nombre maya no cabe en mi diccionario caribeño.

-¿Y las personas de ese sitio saben que estás aquí?

Niega la cabeza con los ojos como platos:

-Si se enteran se molestarían.

San Salvador es también la ciudad que no parece. Gentil hasta el cansancio vive el día a día. Incluso aquellos hombres de marrón que hormiguean las esquinas, las empresas, los hoteles, los grandes comercios, los restoranes chinos, Dollar City, el Trade Center, saludando y sonriendo, con un shotgun al hombro. Son los Vigilantes. Un oficio que va en alza ante la inseguridad, contratistas que llegan de casi cualquier sitio con licencia para tiros.

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Los vigilantes, pululan en San Salvador (foto: Yoe Suárez)

Yo vi a uno repartirle coscorrones a un niñato.

San Salvador es la urbe sitiada por sus miedos. La ciudad que tiene armas para estar más segura, pero un hombre armado es siempre un peligro.

-Los Vigilantes son muy enojosos. Gritan, amenazan. Uno, discutiendo con un civil se le acabó la paciencia y le pegó un disparo –me contó la dueña de una pupusería.

Ahora mismo entre las zonas más seguras de Sivar (nombre de pila de la ciudad) cuenta la colonia de Layco. Cuando tomó posesión en 2014 el presidente Sánchez Cerén se negó a habitar la residencia presidencial.

-Ahora es una galería -cuenta una corresponsal extranjera que me recibe-, pasa solo por ahí a recepciones oficiales.

Austeridad fue su palabra de orden. Así que hoy vive, como antes de elecciones, en la casa 1046 de la 19 avenida norte y 31 calle poniente. Entre los árboles de los parterres se apostan soldados, y la vida sigue igual en las casas adyacentes. Ahora, por supuesto, temiendo menos la noche.

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No he paseado Nueva York en el auto de Rihana, pero sí San Salvador junto con Gabby Chacón.

Sonriente y gentil. En la valla publicitaria de camisas anchas, conduciendo a Santa Tecla, en los jingles de Radio Progreso, en portadas de CD, en el clip más reciente en Youtube.

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Gabby Chacón defiende el pop-rock

Su presencia significa al menos una persona exaltada, que la reconoce e indaga si algo se nos ofrece. Ella debutó desde la adolescencia con discos y en shows televisivos. Su paso y ascenso a la final del reality El número uno le dio visibilidad para el gran público más allá de la iglesia, donde ya había estrenado su potente voz.

-Cuando di ese paso fue muy difícil. La mayoría de las emisoras cristianas no quería radiar mis temas. Algunas personas creían que negaba de mi fe, vea, que me había ido para el mundo –relata; una mano al volante del Kia azul cielo y otra acomodándose el pelo largo y brilloso.

En San Salvador abundan los templos protestantes. Entre 1998 y 2009 la presencia de esa comunidad pasó de representar el 20 por ciento de los salvadoreños a ser el 38.

Hay casos curiosos de esas edificaciones, como el vistoso santuario mormón, coronado con una estatua de oro, que está inutilizado gran parte del año. Tras sus paredes fastuosas solo se celebran bodas en las que participan los novios y el oficiante. Pero el resto de las congregaciones vive algo diferente, y es activísima socialmente. La influencia de la comunidad cristiana en la opinión pública es pasmosa.

-¡Lo único que nos puede detener para no cometer un acto de violencia es el temor a Dios! –decía un predicador. El Salvador es reconocido por la ONU como el país más violento del hemisferio. Lo que se habla en las iglesias es parte del día a día.

-A mi familia y a mí nos han asaltado ya unas seis veces más menos –dice Gabby y masca chicle mirando el retrovisor, frenando lentamente. Estamos en un embotellamiento, tan folclórico acá como las pupusas. Hace unos años el gobierno amplió créditos y los sansalvadoreños aprovecharon. Luego se dieron cuenta que tenían más autos que ciudad. Estimaciones de veinte minutos de viaje pueden acabar convirtiéndose en cuarenta.

-Un día me pusieron una pistola aquí –salta del fondo del Kia el hermano de Gabby, hasta ahora en silencio, y alza índice y anular a la altura de la sien-. Sentí que la cargaban. Eran seis: dos alante, dos atrás y uno a cada lado en sus motos. ¡Y eran unos bichos, como de mi edad!

Unos niños apenas, diríamos en Cuba.

Los atascos son un modo otro de ver la ciudad y su gente. Una señora desdentada se acerca a la ventanilla, Gabby le alcanza unas monedas, la mujer se aleja dándonos gracias y a Dios. En otra demora una mujer bajita y huesuda esperaba como semáforo en el medio de las vías con un niño de brazos y otro, más grande, que le hacía monadas para que sonriera. En el último, era noche, hombres descamisados soplaban buches de querosén para avivar una llama.

-Es en verdad lamentable –Gabby hace una mueca de pena con los labios carnosos.

-Mejor eso que robar –le digo y me escucho duro.

+++

Contrario a La Habana o a otras ciudades cubanas, el pavimento en San Salvador sube y baja, como si rodáramos sobre un dragón con escoliosis.

Una vez que muere el sol, el verdadero alumbrado público es el de las vallas publicitarias. (Messi, por ejemplo, proponiéndote un Rolex.) Si Starbucks, Wendy´s, McDonalds o Pizza Hut se largaran buena parte de estos predios quedaría a oscuras. Quizá solo iluminado Antiguo Cuscatlán.

El barrio dejó de ser hace tiempo un sitio residencial para convertirse en bazar gastronómico. El plato fuerte: pupusas. Casas y casas y casas anunciando neoninas que se vende ahí el alimento nacional.

Los paseantes ni se fijan mucho en ellos, ya tienen el preferido entre decenas de establecimientos, pero para un recién llegado puede resultar sobrecogedor.

Habitualmente en garajes, las pupuserías amasan tortas bien de maíz, bien de arroz, a la vista del cliente. Unas mujeres bajitas galletean sonoramente las bolas con manos aceitadas. Crean un plastón anónimo. El relleno le pondrá nombre: carne de cerdo ripeada (chicharrón, le llaman), queso, frijol (molido, siempre molido), chayote o loroco, una flor autóctona que el paladar salvadoreño no perdona. (Igual suerte corre, pero en otros platos, la flor nacional, el izote).

Tiran la torta a la plancha hasta que el queso se derrama por alguna abertura.

Lo arenoso en la pupusa se diluye mezclándola con encurtidos picantes a base de zanahoria y col troceadas. Siempre acompañan el plato en grandes envases.

Y luego a comer con las manos. Quien ose hacerlo con cubiertos puede ganarse el cartel de agringado.

Gabby pide cuchillo y tenedor. Los pide a la dueña de la pupusería, que es joven y amiga de años, tratándola de usted. Aquí es así. Entre desconocidos y amigos, de madre a hijo, cuando se enamoran. es una mala palabra que los cubanos dejamos escapar como una victrola la música.

El Salvador es tan gringo como Cuba china. En 2001 al presidente Francisco Flores le bastaron seis meses para dolarizar la economía sin preguntarle a nadie. La Gran Vía es un mall como el mejor de Atlanta; Starbucks sirve el café que sale de la montaña, pero anota el nombre del consumidor en el envase, al estilo del norte. ¿Yoe? Sí, con ye.

 

 

 

 

 

 

San Salvador, mayo 2016

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