MONGO, EL REY

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Mongo pertenece a un linaje de poetas conectado a la música por más de 150 años. Foto: Adriana R Vives

Con una ese molar, que llega del fin de la encía, Mongo Rives pronuncia el nombre que lo he hecho leyenda: Sucu suco. Mientras la consonante habitual parte de los dientes, refinada y logopédica, la de este pinero puro se arrastra con parte del campo metido en la palabra. Ese modo peculiar de decir se ha convertido hasta en tema de una serie fotográfica.

El Rey del Sucu suco pertenece a un linaje de poetas unido a la música por más de 150 años. Su bisabuela, Bruna Castillo, aparece en registros que datan de 1880 como cultora de ese ritmo tradicional entonces innominado.

Cuando se cumplían años o acababa bien la cosecha el vino coronaba las pequeñas bacanales hasta que el sol asomaba, y al compás del Sucu suco se producía una verdadera reconfiguración local.

Por ese día el machete ya no cortaba hierbas, se le rascaba el lomo con un cuchillo y cantaba agudamente. La guataca era campana y un clavo gigante le sacaba a golpe el sonido. Dos cucharas las claves, y un taburete encuerado hacía de tumbadora.

La bandurria primero y el laúd después, lideraban aquellos conjuntos paupérrimos, autodidactas, que no sabían de corcheas, ni pentagramas, pero que en los llanos pineros eran como una bandera.

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En 1945 Mongo funda su primer grupo. Foto: Adriana R Vives

“Papá, que le decían El Bori, empezó a tocar en 1910 –rememora Mongo-. Cuando aquello a la música que hacíamos se le llamaba rumba, rumbita. Era como un son al tiempo del Sucu suco, pero sin decirle así”.

En 1945 Mongo funda su quinteto. Hasta Júcaro, al norte, donde el mar y el río se unen en una boca ancha, iba con sus hermanos Goyo, el tresero, y Juan. Cabalgaban a la casa de un míster a tocar unas cuantas canciones:

“Yo cobraba habitualmente tres pesos por dar una fiesta campesina toda la noche, pero allí cobraba cinco, me regalaban cosas, no faltaban la cerveza, el pan con jamón… ¡y me parecía que era un capital! Porque ¡el americano tenía plata!”.

Desde 1968 y hasta hace unos años atrás el conjunto llevaría el nombre de Mongo Rives y la Tumbita Criolla. Pero los enredos de la lengua lo convencieron de hacer cambios:

-jao yu nei yor grup? –le preguntaban los gringos.

-Se llama Mongo Rives y la Tumbita Criolla –respondía.

-Tumbita?…-preguntaban dudosos, y al rato improvisaban una grotesca traducción- muerto chiquito!?

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Las erratas idiomáticas han sido definitorias en la vida del Sucu suco. Fotos: Adriana R Vives

La Tumbita era la localidad inmediata a Santa Fe, donde Mongo y sus nueve hermanos nacieron, donde construyó sus primeros instrumentos.

-Me trajo tanto lío con los americanos el nombre que por eso lo cambié hace poco por Mongo Rives y su septeto pinero. ¡Y se acabó la preguntadera!

La incomunicación, el no entenderse, las erratas lingüísticas entre colonos estadounidenses y campesinos cubanos, parecen determinantes en la vida del género.

Los más viejos, Mongo entre ellos, cuentan que a los extranjeros les llamaba la atención el ritmo peculiar que no habían oído en la isla grande.

-guat miusic ar yu duin?

-Rumbita, esta es la rumbita de nosotros.

-Rumbita?… Suk-suk, suk-suk.

“¡Sentían en el tres, en el baile y en el laúd ese tumbao!”, razona Mongo.

Y el embrollo, unido a la mofa, se hizo nombre:

“A partir de ahí le empezamos a decir nosotros suk-suk. Vamos a tocar un suk-suk. Y después: Vamos a arreglarlo: Sucu suco.

“¡Pero se lo querían cambiar! A Eliseo Grenet, un amigo, músico, yo le conté todo lo que sabía sobre el ritmo, ¡y me dijo que había que cambiarle el nombre, que tenía que ser Sucu sucu porque si la onomatopeya y qué se yo!

“Pero ese era el que llevaba porque todos los trovadores de aquella época que eran campesinos, entre ellos mi papá, lo querían así, Sucu suco. Para que rimara con trabuco, bejuco, conuco… Si no, no hay rima, ¿entiendes?”

A veces la Academia, los que “saben”, por imponer se pierden la verdadera escuela de quienes crearon las cosas. Explicando la raíz desde una lógica ajena, deforman la raíz.

 

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Mongo Rives es una leyenda viva del pueblo de La Fe. Foto: Adriana R Vives

LAS CIEN PIELES DEL MAJÁ

 

Eliseo Grenet llegó a Isla de Pinos en 1948. Quería conocer de ese género autóctono, y se entrevistó con varios ancianos de la localidad. Una tarde acabó dialogando largamente con Mongo, que amén de su juventud era el cantor más conocido de esos lares.

Y entre canción y canción, sumó más notas para su libro Excerta de una isla mágica o biografía de un latifundio que se ha convertido en bibliografía de cabecera para conocer del ritmo pinero.

Si Bruna Castillo diseminó el Sucu suco en la Isla y Mongo ha sido su intérprete más popular, a Grenet se le atribuye difundirlo en el extranjero con la reconversión del tema más famoso del género: Felipe Blanco.

Hay quien afirma que el arte puede servir a cualquier fin. De acuerdo con tal tesis el puntal cubano estaría en esa canción.

El 26 de julio de 1896 una adolescente de 17 años, sobrina del Presidente de la República en Armas, lidera la única rebelión durante las guerras de independencia en Isla de Pinos.

Jóvenes revolucionarios deportados a la colonia penal que era Gerona y un puñado de jinetes de Santa Fe colisionaron con las huestes coloniales para embarcarse a Pinar del Río, donde el General Antonio Maceo ya estrenaba su machete.

La investigadora Jane McManus escribió: “Escogieron la fecha de la fiesta de Santa Ana, cuando supuestamente los soldados no estarían acuartelados y sí celebrando en las calles. En esa misma fecha, pero de 1953, otros rebeldes, encabezados por Fidel Castro, atacaron el cuartel Moncada en Santiago de Cuba. En ninguno de los dos casos Santa Ana apoyó la subversión”.

El resultado fue la dispersión de los insurrectos. Muchos buscaron refugio en la Sierra de Casas. Tensas noches en las cuevas.

Dice la historia que el mayoral Felipe Blanco atrajo con comida y promesas de calma a los fugitivos. Al día siguiente los soldados españoles los condujeron a un arroyo, y tajaron sin freno sus carnes. Desde entonces ese es el Arroyo de los Muertos.

A partir del suceso la población versionó distintas letras. Los españoles cantaban al héroe: Ya los majases no tienen cueva/ Felipe Blanco se las tapó, / Se las tapó, se las tapó/ Se las tapó, que lo vide yo.

Y los pineros al traidor: Ya los majases no tienen cuevas/ Felipe Blanco los traicionó/ Los traicionó, los traicionó, / Los traicionó, que lo vide yo. Y agregaban una segunda e incendiaria estrofa: Martínez Campos tenía una flor/ Y Maceo se la quitó, se la quitó/ Se la quitó, que lo vide yo.

En la Era Comandantes Raúl Castro visitaba la Isla, y le pidió a Mongo Rives que sumara luego de esa la siguiente: Y los yanquis la marchitaron/ Y Fidel la floreció/ La floreció, la floreció, / La floreció, que lo vide yo.

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Felipe blanco, el tema más famoso del género ha tenido varias versiones. Foto: adriana R Vives

Recuerdo en mi niñez, unos dibujos animados reponiendo el ritmo hasta el cansancio en la TV. Así conocí de este Sucu suco sin poder nombrarlo aún, sabiendo solamente que era contagioso, y que satirizaba a Posada Carriles y Orlando Bosch: Los terroristas sí tienen cueva/ El jefe yanqui se las creó, / Se las creó, se las creó, / Se las creó, te lo digo yo.

Como una mujer bonita a la que todos desean, colonialistas, independentistas y comunistas le han echado el ojo.

La fibra del género no deja de integrar por ello el patrimonio musical de la nación. Las ideologías mutan y se desvanecen; la música cuaja en el alma de los hombres.

 

LA FE DE SANTA FE

 

Ahora Santa Fe es un pueblo callado, con una glorieta de llanto en medio de un parque demasiado grande y demasiado solo.

La iglesita católica parece tan moderna que siquiera admite nostalgias, esas que corren de boca en boca y de libro en libro, contando que fue el primer pueblo de la Isla, más grande que Gerona, con baños termales de lujo.

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El sitio donde cristalizó el género reposa a metros de profundidad. Foto: Adriana R Vives

“Santa Fe es la cuna del Sucu suco, y nació donde mismo nací yo: en la finca El Ojo de Agua. Había un arroyo, una cueva, pero todo eso se fue –dice Mongo desde un taburete-. Lo aplastaron las buldosers, y me mudaron para acá, para el pueblo”.

El sitio donde cristalizó el género pinero más auténtico reposa, olvidado, a metros de profundidad. La presa que se inventaron en ese trozo de campo fue bautizada acaso con un anuncio: La Fe. Lo que más haría falta.

Ahora Mongo vive en los suburbios del pueblo, que es en sí, otro de los tantos suburbios de Cuba. La casita de mampostería, uniforme en un laberíntico barrio prefabricado, se distingue esencialmente por la presencia del poeta bonachón.

Acostumbrado a los curiosos, sin el menor protocolo concerta un encuentro a mitad de la calle con desconocidos. Siempre con su ancho sombrero, la piel salpicada de sol.

Cuando se mudó rogó por un acre de tierra. Pero no le dieron tanto. Lo soltaron en un antiguo almacén, y del pequeño patio hizo el dispensario del barrio. Anisón, yerba buena, menta, oreganillo, anís, manzanilla. Para quien los necesite. Todo cultivado con sus manos; con las mismas de arpegiar, aplaudir, abrazar a los intrusos que ponen su voz en reversa.

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Casi a los 50 años de comenzar a dedicarse a la música Mongo graba su primer CD. Foto: Adriana R Vives

Más de cuarenta años sembrando en las mañanas y cantando por las noches. Del surco al laúd la vida de Mongo. Así hasta que en 1992 la productora cubana Bis Music lo lleva a un estudio. Graba su único disco con once temas salidos de su voz e instinto. Luego de eso Dame el rabito del lechón pasa a ser un clásico de la música campesina.

“Con el grupo he estado en España y Venezuela, con los cooperantes cubanos. He recorrido todo el país también. Pero ya puse al hijo mío de director; estoy medio derrengao, con sacrolumbagia, la cervical me mata. ¡Ya tengo 86!”

Un aro ligeramente azul cerca el iris de sus ojos. No padece el tiempo, pero ya no es el de antes. Nada puede ser lo que sesenta años atrás. Sin embargo, leo una voluntad por salvar de todas todas el género amen del tiempo.

Hoy la casa se ha convertido en escuela vespertina para los niños poetas. Mongo les dicta, les cuenta, les canta qué es una décima, y luego los reta a que labren las suyas propias. Mongo enseña la encía y es como si el machete, la guataca y los cencerros cantaran a la vez.

 

ESTA CRÓNICA FUE ORIGINALMENTE PUBLICADA POR LA REVISTA ONCUBA

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