Camejo y la jungla humana

Luis Enrique Camejo es un tramador de espacios. Se agita el pelo rizado, lanza unos huesos a los perros en la azotea y me invita a pasar a su departamento decorado con trozos de La Habana. La Habana que nadie o poca gente advierte: edificios reflejados en un parabrisas, un animal que mira al pintor, que ahora me mira a mí, pedazos del Malecón.

Camejo 1

-¿Por qué elegiste el paisaje urbano?

-No viene de un problema retiniano, sino conceptual –dice y sorbe el café que aún humea sobre la mesa-. Vengo de Pinar del Río, que tiene una tradición fuerte con los paisajistas rurales, pero estoy en La Habana desde el 86, desde mis quince años.

Primero descubrió la fotografía. Y supo que de los efectos del movimiento, la velocidad, el desplazamiento -ese velo cuasifantasmal que a ojos de otros es fallo- podía sacar provecho, hacer una obra.

-La fotografía la uso como medio, no como fin –me cuenta-. Tomo imágenes de los sitios donde me encuentro, como un turista enloquecido que quiere atraparlo.

Los impresionistas se sentaban a contemplar el paisaje, pero hoy no da tiempo a hacer lo mismo en determinados espacios. Y la idea de izar el óleo en el caballete en medio de una avenida, le saca una risa molar al rostro pulposo de Camejo.

-El registro fotográfico que realizo tiene muy en cuenta la composición. Trato de buscar una zona de vacíos para la reflexión, y en otro el abigarramiento, la opresión de la vida moderna.

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De acuerdo con el Banco Mundial, para 2030 un 60 por ciento de la población mundial vivirá en áreas urbanas. Y el pintor advierte, por transitividad, que son un punto neurálgico del pensamiento y la estética contemporánea.

-Represento ciudades donde he estado, casi siempre bajo la misma visión a pesar de las diferencias arquitectónicas, estéticas. Sin embargo, la verdadera intencionalidad de mi obra es mostrar el sentir del hombre que sufre, sueña, dentro de tal contexto.

Esa jungla humana.

Recientemente Camejo inauguró en el capitalino Centro Hispanoamericano de Cultura la segunda parte de una expo que ya había mostrado en el barrio de Miramar. Piezas de dos metros por dos. Doce obras. Barcelona, La Haya, París, Los Ángeles, Sevilla, alguna china, impronunciable, y La Habana como protagonista. Diva de sus sentimientos, y últimamente de moda.

-Quiero alejarme de lo turístico –asegura cuando le pregunto por espacios preferidos-. Cualquier lugar de la ciudad puede ser un lugar especial.

La muestra, espera, estará también en los Estados Unidos pero me asegura que siempre es muy importante exhibir en el país de origen, que le gusta enseñar lo que ha hecho primero acá y luego fuera, aún cuando exponer en la isla provoque un desgaste espiritual y material inmenso.

-La promoción va por cuenta de uno, a veces no se vende nada –y pronto, para despabilar los hombros, me suelta-. Pero tu país es un termómetro para tu obra.

Los cuadros acabarán en un libro; el tercero donde Camejo reúne parte de su obra. El paisaje citadino volverá a ser el eje. El primero versó sobre el Malecón, con unas ochenta vistas de ese muro mayor; otro de estaciones de trenes, sueños, límites, partidas, llegadas. Azul, gris, verde, rojo.

Camejo

-Trato de concentrar las experiencias que he vivido en un lugar a partir de un color. Mi trabajo está más cerca de lo psicológico que de lo anecdótico –recalca y las piezas gigantes que cubren la sala del apartamento parecen ventanas que dan a muchos sitios-. Lo importante es el estado de ánimo que pueda provocar en el público, y siempre un color sugestiona.

La mirada del pintor parece atrapada en un juego infinito de filtros fotográficos. El color traduce, revela de a poco.

-Mi obra es una ventana abierta a lo que el espectador considere -explica-. He tenido la suerte de contrastar y constatar, abrir el diálogo visual con diferentes culturas: el norteamericano no piensa como el asiático, ni el europeo como el sudamericano.

El ruido de la Avenida Infanta se cuela por el ínfimo balcón hasta el puntal altísimo del segundo piso, donde hablamos, donde casi acaba el café.

-El año pasado en un taller de fundición de Miami, unos amigos, coterráneos, me embullaron para hacer una serie de esculturas -relata.

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De ahí salieron tres piezas en bronce que reproducen en tres dimensiones elementos que ya había trabajado en cuadros: una bicicleta abandonada en el Malecón, un gas station cincuentero, una señal de Pare sembrada en una acera.

-Pero eso no es lo mío –asegura como si hubiera nadado muy lejos de la orilla-. Es una experimentación, enriquece mi trabajo, aprendo. Pero lo mío es lo bidimensional.

Amén de otros materiales y técnicas, la acuarela y el papel son un reto constante para Camejo.

-Yo no mezclo el color con una paleta, mezclo el pigmento con mucho líquido, cuando sale mal ya se fastidió, si algo mancha donde no va lo echaste a perder –me explica-. Y lo que yo hago particularmente es depositar todo en el cuadro e ir limpiando, ir sacando las luces.

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La fragilidad de la acuarela, la visión disolvente del mundo, se ha impregnado en su obra. Y aunque están el William Turner, el romanticismo, Velásquez y Claude Monet, gravitan matices que hacen de Camejo un artista singular. Porque vibran también los reflejos en un ómnibus, el monumento que en la distancia se desdibuja, los botes varados sin nombre.

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN LA REVISTA CUBAPLUS

 

 

                          

 

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