REYDEL Y LAS CUERDAS

Reydel quería un trabajo para liberar adrenalina. Así que se buscó uno fuera de lo común. Un oficio de oficios. El alpinismo industrial le ha exigido conocer de albañilería, montaje de estructuras, y rescate y salvameto.

Ese sería el reto mayor para Reydel: salvar a alguien. Nadie está lo suficientemente seguro suspendido a decenas de metros sobre el asfalto hirviente de La Habana. La vida es lo primero, la propia y la del otro. Hoy por ti, mañana por mí.

Lleva más de diez años escalando, y no es un improvisado. A tal altura no se puede improvisar ni siendo principiante. Raydel se ha unido a una cooperativa de alpinistas industriales.

Ahora son sus propios jefes. Deciden qué trabajos tomar de los muchos que les ofertan. La competencia es poca; el riesgo es como un iceberg. Hay que fregar cristales, reconstruir aleros, remover el musgo a varios metros de altura.

-Ningún dinero paga la peligrosidad a la que nos exponemos, pero con lo que ganamos ahora como cuentapropistas estamos mejor que antes –asegura Reydel con los ojos entrecerrados, huyéndo del sol bajo un overol naranja que pretende protegerlo. Tantos años con el sol sobre la nuca, y la piel sedienta, coraza, adelantando los años.

Ha coronado varias veces el Sierra Maestra -de los edificios más altos al oeste capitalino- y los bloques de la Ciudad Universitaria José Antonio Echeverría. Y aunque el FOCSA y el Hospital Ameijeiras son los Everest de la ciudad, con el equipo adecuado no dudaría en darle soga al croll.

No hay estructura indomable si tiene los anclajes correctos.

-Ni siquiera un “tanque hongo”, que es de los más complicados -me dice entretanto camino con mi cámara sobre una viga del hotel Chateau del barrio de Miramar, a cinco pisos de altura.

Un depósito de concreto en el techo o columnas bien ubicadas son la panacea de los alpinistas.

Cien veces se ha colgado en el vacío. Cien veces el salto en el estómago.

-Siempre oro antes de subir.

Los párpados apretados, y los ojos verdes se pierden. Luego los abre y se envuelve en varios metros de soga. Delgadísimas fibras se entrelazan para guardarlo de las leyes físicas y la pesadilla de caer.

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