LA NOCHE DEL CABALLO

A PROPÓSITO DEL PRIMER MES DE LA MUERTE DE FIDEL CASTRO

img_6641

-Fidel ha muerto -y el muchacho no nos cree.

-Pero él es inmortal -suelta con una risita nerviosa en la cola para entrar a la Fábrica de Arte Cubano (FAC). La disco, que horas antes había cerrado por capacidad, poco a poco fue susurrando de bartender a cliente la noticia: Fidel ha muerto.

Los amigos nos tomamos al menos una hora para procesarlo y luego confirmarlo, antes de comunicarlo a la gente cerca.

Poco después de medianoche, FAC se va desangrando. Ya en la calle se llama a los familiares para decirles, para insistirles en que no salgan de casa, que vean de nuevo la alocución de Raúl. Se tiene la certeza de que será retrasmitida. Hoy hacen 60 años en que Fidel dijo, en Tuxpan: “Si salgo llego, si llego, entro; si entro, triunfo…”. Los que llegaron a FAC esta noche, también salen.

Apagan la música. Como un suave rumor piden que la gente se retire. Afuera, los taxistas siguen esperando por los fiesteros, algunas pocas personas merodean en la entrada para poder entrar. La desconexión cobra el peso de la ingenuidad, y en la radio, a las 12 y poco más, pasaban un variopinto catálogo musical: songo, rock, bolero.

23 es la Avenida más común en el día más histórico. Nos detenemos para escuchar. En Radio Reloj no está la noticia, para los descreídos, el minuto a minuto que tiene varias décadas se hace laguna antes de dar los Titulares: un cuchicheo, papeles que pasan de mano en mano, que resbalan, medio minuto de impasse, error en la fecha. Finalmente, arrancan los titulares: titulares programados. Titulares que no son. Falta la muerte de Fidel.

Un travesti, corto de ropa, espera por un auto en la avenida. Sabe que Fidel murió, pero dice que hay que trabajar. Un anciano, sobre las 2 de la mañana, barre hojas muertas cerca de Coppelia. Sabe que Fidel murió, pero hay que trabajar.

Los securitys del King Bar, en 23 y E, hablan de pelis y videojuegos, y les suelto la noticia, y me miran, y me siento como un bicho, y siguen sus brazadas hablando de lo irreal. Continúan su conversación y nosotros el camino. En la intersección con G comienza una carrera de motos. Aceleran esperando que el rojo pase a verde. Y salen disparadas, y el olor a caucho se mete por las narices.

-Esto acá es hurra, hermano- nos dice un flaco largo con espejuelos falsos, de marco muy grueso.

-Cómo que hurra, qué es hurra -preguntamos y el grupo que lo acompaña va bajando el tono de un coro de reguetón.

-Que aquí todo esta bien, asere –se arregla los lentes y el frío de La Rampa se le cuela en el pulover ancho que lleva-. Nosotros vinimos del Malecón para acá porque allá abajo están con unas cámaras de madre y un micrófono.

Se refiere a los medios extranjeros. Andan sabueseando La Habana, en busca de declaraciones.

-Y nosotros estamos bien. Este tamaño lo tengo yo por él y recibimos una mala noticia ahora.

Y aparece un mulato bajito a su lado, se separa del grupo de bullangueros, como si tuviera algo muy importante que decir, entre tambaleos:

-Pero a mi me da igual, porque yo voy a la tienda y nadie me regala nada.

Y el de las gafas falsas:

-No le hagas caso –pide-, es que hoy es su cumpleaños.

Friday nigth en El Vedado. Jóvenes colmando el panal que es de la calle y las celdas de la miel: los bares, las discos, todo soterrado. Sobre las 2:30 de la mañana un montón de noctámbulos toman La Rampa.

Le preguntamos al portero del Café Amor.

-Ya estamos cerrando, aunque esto dura hasta las 5 am, pero mandaron a parar -señala un camión de policías. Cruzamos 23. Un oficial, famélico, con cara de mucho sueño, confirma solemnemente: “El Comandante en Jefe murió.”

-¡Siempre lo recordaremos! -dice un jovencito, flaco como el semáforo al que se aferra. Y se vira al celular que le apunta un golpe de luz en su cara:

-Pero se me fastidió la discoteca.

Los amigos, unos paseantes que alcanzan a escuchar, ríen sonoramente, como un manojo de cascabeles.

+++

img_6655

Aun tuve que llamar a otras dos personas en la noche del 25 de noviembre. Me dijeron de Raúl en cadena nacional, me dijeron que me guardara en la casa. Pero quise caminar. Y fue la madrugada en 23 y G, y un coro altísimo de reguetón se aproximaba a mí. El silbato de un policía resonó en la calle como un rayo chillón.

-¡Eh, eh! ¡Estoy hablando con ustedes también!

Unos diez muchachos se acercaron al oficial. De no ser por el uniforme no habría distinciones. Ellos con la gorra y la camisa indicada podrían ser policía, él con las gangarrias de acero y la ropa apretadísima pudiera ser vocinglero.

-Nos va a pedir el carné por gusto…

-Este es el mío con antelación –uno le extiende el documento y el policía lo ignora.

-Buenas noches –dice marcial.

-Buenas noches –dicen a coro.

-En primer lugar, se murió Fidel; en segundo lugar, vienen haciendo bulla; y en tercer lugar, andan por el medio de la vía. ¿Qué ustedes pretenden hacer?

Empezó la fiesta del galimatías:

-No sabíamos nada, oficial…

-¿Entonces no es bola, es verdad?…

-No lo estábamos haciendo con mala intención…

-Con el mayor respeto que usted se merece…

-Fidel era al que nosotros le descargábamos…

-¿A qué hora murió nuestro Comandante?…

-Discúlpanos la molestia de todos nosotros, cobio [amigo entre los religiosos abakuá]…

Las muestras de desconcierto ante una información ponen en ventaja al emisor de la noticia. El policía, en su momento cumbre, los despide como un dios de ébano.

-Me dieron una noticia fula –rompe uno de los muchachos casi doblando la esquina, con tanto pulso en el brazo que suena ligeramente cuando saca una botella de ron de una mochila de tiras. Un par de acompañantes le acercan vasos plásticos.

-Las malas noticias llevan tragos calientes.

+++

El día después que Fidel murió salieron 25, 26 y 90 en La Bolita, esa lotería underground que entretiene en toda Cuba. Jennifer Veliz sabe que en Zamora, Marianao, la gente apostó a esos números.

-Y el que puso se forró –le cuenta risueña a Ernesto, que le dicen Calzadilla porque se apellida así.

img_6562

Jennifer y Calzadilla

-El 90 por los años que tenía Fidel –apunta el muchacho desde un sillón, en un barrio poco acostumbrado al silencio de esta tarde.

Y Jennifer completa la cábala:

-El 25 fue el día de la muerte, y el 26 el año en que nació.

-Y hoy salió el 40, que significa Padre –dice Calzadilla como un punto final, deja de mecerse y se va al patio de la casa para envasar hielo, el negocio familiar.

-Entonces apúntale al 45, que es Presidente –alcanza a gritarle Jennifer como para poner la última palabra.

A La Bolita se dice, la guarda cierta mística. Los jugadores leen señales de esa espiritualidad en sucesos cotidianos, noticias de acá y del mundo. Zamora, quizá Marianao, quizá Cuba, jugó los números de Fidel. Confió en sus signos luego de la vida.

El domingo Jennifer saca su cara de condescendencia:

-Mira tú si es bueno, que después de muerto ayuda a la gente.

+++

Decenas de miles van a la Plaza de la Revolución. Este lunes no hay discurso, ni desfile, ni proclama. Hay mucho pañuelo afuera, y una caja con cenizas en el Memorial José Martí. No es José Martí, sino Fidel el que está dentro. Está adentro en la forma de una sustancia distinta a la que voceó discursos, presidió desfiles o proclamó timonazos. Son unas cenizas que halan mucha gente.

-No pude conocerlo personalmente, pero crecí escuchando su nombre en asignaturas como Historia de Cuba –dice Jennifer-; y tuvo mucho que ver en mi decisión de optar por una carrera en el ámbito militar.

Jennifer es traductora. Es traductora directa del Ministro del Interior.

-Ese sábado me acosté temprano, y no fue hasta la mañana siguiente que conocí la noticia -recuerda-. Mi tío llegó a la casa para decirlo, y yo no le creía.

Cerca de la medianoche Raúl Castro leyó un comunicado en cadena nacional. Algo pasa cuando los canales transmiten conjuntamente, los pocos en casa o despiertos se reclinan para oír. Y la voz pausada del hermano confirma que el hermano se ha ido. ¡Hasta la victoria siempre!, termina Raúl y luego de unos segundos mirando a cámara, se deja caer pesadamente en el espaldar del asiento. Las próximas retrasmisiones de la alocución serían despojadas de ese último fragmento de humanidad.

Una versión limpia fue la que Jennifer vio. Sería, de todas las vías, la única por la que hubiera creído la muerte del hombre que en Twitter tantas veces mataron, o en rumores, o en textos de ficción. Las palabras y los muertos, de Amir Valle, ya no será más la imaginación. Como empieza la novela, así empezó el día de millones de cubanos.

-Unas 600 veces trataron de asesinarlo –recuerda Jennifer la estadística que es vox populi y ha servido de guion para una serie televisa-. Imagino que quienes lo intentaron ya no tendrán motivo para vivir porque Fidel, sin quererlo, se convirtió en una obsesión.

Para los cubanos Fidel y el béisbol comparten un mismo status: el de la fogosidad. Es difícil hablar sobre él desde la razón; se habla desde la emoción. Desde emociones C4.

+++

-Él era así: una figura polémica –suelta Jennifer mientras desdobla un papel. Está escrito a mano. Dice que pocas veces ha escrito para alguien. Imagino menos veces para alguien que haya muerto.

Fidel no ha muerto –se aclara la voz y Calzadilla regresa del fondo de la casa, donde el hielo está envasado. Finalmente prefiere pasarme el papel del poema antes que leerlo en voz alta. Ya lo mandó a un email habilitado por la TV nacional a propósito de la noticia.

-¿Saben qué? –soltó Calzadilla apoyado en la pared-, ayer la venta de hielo fue de 90 bolsas.

-Otra señal para La Bolita.

-Eso mismo pensé yo, Jenni. Pero mi abuela, que no cree mucho en esas cosas, me dijo que en verdad Fidel ya había cumplido en agosto los 90 y ahora estaba viviendo su año 91 de vida.

-Bueno, viéndolo así, tiene razón –aceptó la muchacha y nos hizo sentir una partida de ingenuos.

-Y antes de la medianoche tocaron al portón: una bolsa de hielo, por favor.

+++

Ajenjo y ron, quizá. Pienso mucho en el trago que beberá mi abuelo. Fidel era, junto al comediante Pánfilo Epifanio, de los únicos motivos que hacían la TV llevadera para él. Mi abuelo se inclinaba en su silla para verlo mejor. Acaso ya no lo encontraba y debía esforzar la vista.

Cada vez hacía eso menos. Cada vez Fidel era menos televisado. Y donde yo veía canas, suéters deportivos, curiosidad reporteril; mi abuelo veía barba, uniforme verde olivo, recuerdos de la juventud.

A pasos de 5ta Avenida, recuerdo mi mano de niño en su manaza. Apretaba mis dedos congelados un minuto. Tres Mercedes Benz, a toda velocidad, surcaban el asfalto escoltados por caballitos chillantes y autos y ambulancias.

-No apuntes –dijo dulcemente mi abuelo, pero no pudo evitar que yo sintiera miedo, y bajé el brazo como si hiciera algo malo.

De un lado a otro de la vía rápida pasaba la procesión. De Punto Cero, una ciudadela en el extremo oeste de la capital, donde vivían Fidel y sus hijos; a su otra casa en 12, El Vedado; o a cualquier punto de La Habana. Quinta Avenida: la llave. Y mi abuelo, mis vecinos, los perros callejeros, yo, en una acera esperando a que Fidel pasara para continuar la vida.

Entretanto en El Laguito, a pocas cuadras de casa, producían los tabacos que fumaba el Comandante. De ese barrio-privilegio que es Siboney nacían los Cohíbas para El Caballo. Los mismos tabacos que humeaba ante la prensa extranjera y que favorecieron el sexappeal de hombre rudo.

Yo, que de chico fui instruido en cuestiones de machangos, tuve mi primera novia aun llevando pañoleta. Fue la nieta de Fidel. Unos amigos bromean diciendo que de pequeño fui parte de la familia.

Era una rubita que costó ciertas piñazeras, y con la que declamaba en los matutinos poemas del Indio Naborí. En las tardes nos despedíamos de lejos mientras un escolta enorme, vestido de guayabera, la esperaba frente a un auto color beige.

No reparábamos en que el Lada religioso (iba cada día a la misma hora) transportaba a la nieta favorita del hombre más poderoso de Cuba. Ella creció comiendo las mismas lentejas, haciendo autoservicio, jugando al escondite, llevando el mismo uniforme, cargando los mismos libros. Cero privilegios, al menos en la escuela.

Mi primer beso, fue a parar a la boca asqueada de aquella niña que no entendía por qué me acercaba tanto a ella. Luego del rapto del beso recibí, como todo ladrón merece, un olímpico empujón.

Pasaron los días, las clases, los timbres de recreo. Puedo jurar, sin estar del todo seguro, que jugábamos pelota en el patio de la escuela, cuando alguien gritó ¡Es Fidel! Un trillo de guantes quedó entre el campo y la entrada. Apenas recuerdo que algunos agitaban pañoletas y los que llegaban hacían crecer la marea.

Un hombre de verde olivo pasó entre los chiquillos. Y mi emoción se asfixió, empecé a bajar los brazos, creyendo que Fidel había venido a buscarme, que iba a ajustar las cuentas con el besucón de nietas.

+++

El profesor de Historia se cuadró frente al aula y preguntó solemne:

-A ver, para ustedes, ¿qué representa Fidel?

Unos pocos (los de siempre) alzaron las manos. Pero el profe no quería que respondieran ellos, o eran tal vez sus respuestas, predecibles como el fin de un partido comprado. Quería respuestas vía lentes de colores. Además, tenía en el aula a uno de los nietos del Comandante en Jefe.

El muchacho dejaba que su cuerpo se acomodara al asiento de incómodas maneras. Y ante la indiferencia, el profesor señaló su pose de letra japonesa para que contestara.

-Dime, Sandro, ¿cómo ves a tu abuelo?

Sin pensarlo demasiado, y con cara socarrona:

-Profe, mi abuelo es tremendo presidiario.

+++

img_6615

Fidel es muchos Fidel. La gente lo siente de modos distintos, con odios y cariños que arrasarían montañas. A veces con los dos habitando un mismo cuerpo.

Ray Fernández es un trovador cubano, jodón, y contestatario por igual. Se viste de Jeque para ir a premiaciones; con Taqiya en sus conciertos. El humor y la guitarra son sus dagas.

El jueves 24 de noviembre canta una canción donde recuerda a Juan-me-tiene-sin-cuidado. Y entona entre inocente y malévolo: “Su Abuelito lo reprende, para ver si Juan aprende”.

El 25 muere Fidel. El anuncio de Raúl, tan tarde en la noche, asalta a gran parte de los cubanos el 26 de noviembre. Nadie habla de otra cosa, y el que no habla calla por respeto, mayormente.

El día después Ray postea en su muy seguido Facebook: “Estoy de luto como toda alma revolucionaria ´Honor a quien honor merece´”.

+++

img_6619

Liz se había pasado velando las exequias de la Plaza de la Revolución, de la mañana a la noche. Once, puntualizaba. El número encierra -entre otras variables como el dolor en los pies- decenas de personas preguntando sin entender del todo lo que ocurría, otras veces a modo de reclamo, otras con cierta violencia: ¿Dónde están las cenizas? Y siempre la misma respuesta No sé. Liz en verdad no sabía. Sólo hasta hoy en la mañana una foto en portada del diario Granma confirmó que la urna estaba en algún salón de Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, a una calle de la Plaza.

Una mujer, llorosa, quiere saber de Fidel, del polvo de Fidel. Ella alfabetizó en las montañas y perdió a sus padres cuando decidió quedarse en Cuba a hacer la Revolución.

Un anciano, bastón oscilante, pide que le describan cómo es la cajita en que reposa El Caballo. De a poco se lleva las manos a la cara, y regresan mojadas al bastón, su más leal amigo luego de Angola, donde regresó sin ojos.

Una señora, muy blanca, pide que la saquen de la cola. Inclina la cabeza y vuelve a preguntar por el cuerpo que es cenizas; y le estalla el corazón porque no podrá decirle adiós sino a una foto, a una foto muy bonita.

Así sorprendió la mañana y parte de la tarde a cientos de peregrinos por cada una de las tres entradas al Memorial José Martí. Un trío de españolas intentó jugar al duro: cada quien se alistaba en una cola, y al menos alguna podría tomar video del repositorio.

Las tres salieron molestas, sintiéndose timadas. Liz tuvo la mala suerte de ser la más cercana con credencial, y en el imaginario popular, eso implica acceso, información, autoridad, cosas de las que en Cuba nunca han estado más alejadas las credenciales: Tía, ¡¿dónde coño están las cenizas?!

img_6672

 

La Habana, noviembre-diciembre 2016

 

 

 

Anuncios

2 comentarios

  1. Yoe… hermano, me ha encantado tu crónica, es de una profesionalidad ilimitadas, con una justicia reporteril, ética y gramatical que te avalan. Gracias. Aquí hay un periodis(mo)ta a la altura del mejor de latinoamérica…

    Le gusta a 1 persona

    1. Gracias.Honor q m haces con tus comentarios

      Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: