DE BOCA EN BOCA (I)

Un verso de Humberto Arenal lo aconseja. No andar tan deprisa como para obviar las pequeñas maravillas del camino, ni tan despacio como para creer son las únicas.

Tras el cristal pulcrísimo de una guagua de turismo a uno le ocurre. Pierde a veces los paisajes y con ellos las historias que los nutren. El litoral norte entre La Habana y Matanzas –Mayabeque en los mapas recientes- es de esos caminos llenos de prodigios casi invisibles. Es apenas el trayecto, pocas veces el fin. El precio de gravitar entre dos grandes ciudades.

La Vía Blanca ensarta de uno en uno sitios como Jaruco, Jibacoa y Canasí, todos de nombre aborigen, con la misma suerte que sus nombradores. Ellos al margen de la historia, estos rincones al margen de la carretera por la que miles de humanos van y vienen en busca de Varadero o la capital.

Aun así, la velocidad de los autos deja ver, como una promesa, largas y claras lenguas de arena donde acaba un río, donde guarda un puente. Esos lugares que no son de la sal ni del mangle sino hijos de sus romances, se denominan Boca.

Las Bocas guardan leyendas, usos, delitos…Cada punto tiene sus muertos y sus sospechas desde que el tráfico de ron instaba en los años 20 hasta que el tráfico de personas lo hace en nuestros días.

Este es un rumbo olvidado que saetean los autos. Subutilizado y con todas las exigencias para convertirse en un circuito de relieve. El senderismo, la escalada libre, la espeleología, el buceo, la fotocaza y hasta el puenting se integrarían de forma ideal para ofrecernos la aventura de esa otra isla que no está en los catálogos turísticos. El Circuito de Boca en Boca -se me ocurre a vuelapluma; o mejor: a trotateclado- pudiera convertirse en dinamo para la economía local.

Aunque ya los campismos han colonizado espacios cerca -para vulgarizarlos ad infinitum– el modo mejor de hallar las esencias está en una mochila, una carpa y un grupo de curiosos como compañía.

 

CANASÍ Y SUS ESPÍRITUS

 

La Vía Blanca está llena de puentes fantasma. Los viajantes, por ejemplo, indican a los choferes se quedarán en el de Canasí, que en verdad se alza muerto; no conecta nada porque está a medio terminar.

Hay un mito popular: ese y otros se erigieron para evitar aterrizajes en la autopista durante un ataque norteamericano. El siempre inminente. Son puentes de Guerra Fría que reniegan de su razón: no unen. Obstaculizan.

De ahí hacia la costa hay dos o tres kilómetros de camino polvoriento. Dicen que Canasí nació donde desemboca el río, con dos peñones a cada lado custodiándole el sueño. Sobre 1738 el mar no quería gente cerca de sus predios y se metía en las casas a desordenar, y en los ranchos a ahogar perros, gallinas, cabritos.

Los primeros habitantes se mudaron buscando altura a inicios del siglo XIX, y fundaron Arcos de Canasí, un pueblo con dos mil almas, al sur de la carretera.

Los pocos que quedaron en el delta subieron sus vidas sobre pilotes. Próximos a la orilla del río de arenas negras aprendieron a convivir con el mangle tupido y apacentar los botes en muelles de tabla hechos con sus propias manos. Los nietos de sus nietos salen del mismo sitio a buscar comida mar a dentro. Y pasan las frías madrugadas como estrellas caídas sobre el agua; luces de quinqué a lo lejos.

Casi todo el año la Boca es asediada por excursionistas. A pesar de un campismo cercano a la gente le gusta internarse sendero adentro del otro lado del río, donde se está verdaderamente en contacto con lo natural. Los pobladores locales lo saben y reciben al forastero con ofertas funcionales. Comida rápida, agua congelada y jugo debidamente embotellados.

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Una vez en el caserío un niño sobre los nueve años nos anuncia tiene un bote disponible para pasar las mochilas sin mojarse hasta la otra orilla. En su máxima profundidad la desembocadura puede alcanzar el metro y sesenta centímetros. El fondo es traicionero: arenoso, fanguinoliento, pedregoso, sembrado de esponjas y yerbajos según se avanza.

La chalupa del infante descansa sobre el césped, en el patio de una casa montada en pilares de mampostería. Es de poliespuma, pero resistente. La superficie plana soportaría el peso de hasta dos hombres. La vigila su abuelo, agachado hasta que el niño llega con los nuevos clientes. El hombre también cobra, que es asunto de mayores.

-¿Cuánto es, maestro?

-Un CUC o veinticinco pesos –contesta sonriente el guajiro, y las marcas en su rostro parecen un mapa de siglos.

Le damos el dinero, y con un gesto nos pide que ayudemos. Mientras lo seguimos un ejército de cangrejos diminutos dejan de saludar el sol del atardecer y se esfuman bajo la arena:

-Esto es cosa de los muchachos, yo lo hago por no aburrirme –dice mientras sus brazos venosos alzan un extremo del improvisado bote.

-¿Y cuánto llevan en esto? –indago, y levanto también.

-Los veranos solamente –baja un escalón que nos separa del agua y deja caer su parte-, que es cuando viene más gente. Se va un grupo y llega otro. Como ustedes.

Sonríe mientras pongo el bote en el agua, y se empieza a llenar de mochilas y zapatos. Una sonrisa oportuna puede despertar confianza, pero sospecho de la mueca siempre pegada en la cara. Si se piensa es un tanto inquietante.

-Mira, pa’ llegar a donde hacen acampadas…-se detiene- ustedes tienen casita, ¿no?

-Si.

-Ah, bueno -y continúa-. Cuando lleguen cojan por un trillito que va subiendo la loma…

No obstante, al guajiro lo mueve un candor inasible, que tiene espejo en sus ojos y se bate con la mano que nos saluda, agachado desde una orilla ya lejana.

 

CANASí eN CAZUELA

 

Al otro lado, el sendero que bordea el peñón, siempre estrecho, a veces escalonado, se abre una vez que llega a la costa. A la altura de ese pequeño llano se domina la entrada del río. El azul intenso del mar choca inútilmente contra el otro promontorio que custodia Boca de Canasí. Parece a lo lejos un proyectil acostado. Verdecito en árboles que se aferran a no caer de su empinada ladera, revela de tramo en tramo la blanca tez rocosa.

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De ahí en adelante buena parte del camino lo haremos muy por encima del nivel del mar, sobre despeñaderos. Paralelo al litoral nos adentramos en un bosque de caletas, almácigos y palmeras que recuerdan una selva pluviosa.

Nos guía un sendero que se abre generoso ante nosotros. Como un túnel las ramas más altas se acoplan sobre las cabezas y el sol se desliza entre ellas. Los pasos caen en un colchón de hojas mustias y se integran a un cano perenne: el rumor de las olas abajo y el trino de aves ocultas.

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A media que avanzamos, en espacios llanos, sin árboles, se distinguen campamentos de dos, tres y hasta cuatro casitas. Grupos de excursionistas: amigos, familias enteras con niños incluidos, se preparan para pasar la noche. No faltan las ollas hirvientes montadas sobre piedras, y el fuego avivado por ramas secas que crujen como si adivinaran que pronto serán cenizas.

Cuando la luna sale no hay mucho que hacer en verdad. Uno aprovecha la luz de las fogatas hasta que repara en que avivarlas toda la noche será una esclavitud. Además, la humareda blanca promete asfixiarnos.

Luego queda tenderse en la hierba pidiendo deseos a las estrellas fugaces y contando las historias que nadie soltaría con el sol despierto. Carcajeamos el tenso silencio del monte, únicamente rasgado por los pasos de alimañas invisibles.

Mientras esperamos que pase el vapor primero y la madrugada envíe el frescor entendemos: si hay algo valioso en el viaje son quienes nos acompañan. Junto a amigos la oscuridad es siempre un sitio más breve.

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Cuando el alba despliega su tenue acuarela cangrejos gigantes se recogen hacia la costa. Abandonan los bosques de caleta que los han cobijado en la noche, y en su loca huida ante los humanos se despeñan.

El sol tempranero calienta las pieles y el agua se perfila como una necesidad. La ribera es mayormente rocosa, aunque deja ver de cuando en cuando algún arenal. Pero si hay un lugar donde el excursionista no debe dejar de ir es a La Cazuela.

Al este del río Canasí, aproximadamente a un kilómetro, se abre un lecho pedregoso con tres pequeñas grutas cercadas y penetradas por el agua azulísima. El fondo trasparente revela cardúmenes de agujitas, que se dispersan cuando nos lanzamos desde la altura.

Si avanzamos en la cueva principal la profundidad va descendiendo, y cruzado el ancho umbral nos recibe una explanada de arena muy fina. Un verdadero descanso para los pies que tanto han caminado. Adentro acompañan al viajero cangrejos parsimoniosos, casi mecánicos, y en el techo de la gruta las golondrinas aletean de un lado a otro.

Es fácil perder la noción del tiempo en ese sitio, a salvo de los rayos más violentos de la tarde tropical. En el área Protegida Boca de Canasí, no hay espacio mejor que este para recibir y despedir el sol.

 

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