DE BOCA EN BOCA (II)

JIBACOA forward

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Jibacoa es la playa más popular entre La Habana y Matanzas. Está lo suficientemente apartada de las del este capitalino, y la bucólica Varadero como para tener un nombre perdurable.

En sus proximidades se levantan casas de alquiler, villas militares y campismos. Son pocos los que hacen vida allí. Es un oasis transitorio donde los mejores culos de Mayabeque van a tomar el sol los fines de semana.

Pero hay dos Jibacoas. Una que prorrumpe pocas horas de agosto y otra el resto del año. En el octavo mes durante tres noche-días (que se empatan como si el sol y la luna no importaran) vale todo. Tiene fin la veda a las drogas y el sexo ocasional en ese punto exacto donde se unen el río y el agua salada.

En el Festival de música alternativa Rotilla, a la usanza de los eventos extranjeros como Woodstock[1] e Ibiza[2], frikis, rastas, mikis, y otras tribus urbanas migran como las aves en busca de alimento. La musicomida es variada aunque priman la electrónica y el pop-rock. Manos alzadas, sacudidas de cabeza, brincos en el lugar. Y la gente se inyecta los beats como si con el alba el mundo fuera a acabar.

Desde provincias distantes como Pinar del Río y Villa Clara llegan grupos de amigos a participar de lo que algunos describen como libertad total. Eso es bueno: no andar solo en la exaltación colectiva…Y la libertad también, claro, esa es buena igual. Únicamente útil si la abraza la prudencia, cosa que parece un claro divorcio por estos lares.

Desde 2010, cuando se partió en dos la antigua provincia Habana en Artemisa y Mayabeque, las autoridades locales mudaron de la Playa Rotilla el festejo y lo rebautizaron Verano en Jibacoa. Igual, mucha gente le sigue llamando por el viejo nombre.

Semanas antes de que empiece la maratón de conciertos se reúnen funcionarios del Instituto Cubano de la Música y la dirección provincial de transporte traslada un puesto de mando temporalmente de la ciudad de San José a Santa Cruz del Norte, próxima a la playa. Tras los espejuelos de Noel Soca se dibuja la tensión de los días previos al evento. Al frente de Educacion, Cultura y Deporte en Mayabeque, es uno de los máximos responsables de que los casi 30 mil rotilleros tengan aseguradas comida, música, baños, paramédicos y agua. Toda una provincia se vuelca en Jibacoa: el grano que palpita y remueve el cuerpo entero.

Tres días antes del inicio montan los escenarios. El Cupet de Santa Cruz del Norte se llena de combustible. Salud Pública sanea, certifica alimentos en laboratorios, recogen perros callejeros.

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-El año pasado una trabajadora del Festival por poco va a Naciones Unidas porque le recogieron el perrito –dice Soca con una sonrisa ligeramente malévola; de alguien a quien no se le confiaría la vida de un perro-. Pero bueno, ¿a qué cabeza se le ocurre traer un perro acá?

Un funcionario ideológico con cara de muy serias ideas interrumpe a Soca y pide la atención de la prensa.

-Como saben –empieza, manos cruzadas, mirada dislocante-, en el nuevo escenario de relaciones con Estados Unidos se nos plantea una guerra de símbolos. Por eso no vamos a prohibir que haya otras banderas en el festival –y enumera unos cuatro paises-, pero la que tiene que prevalecer es la nuestra. –y agrega por si hay dudas- La cubana. En las tarimas, en cada timbiriche, ¿oyo el compañero de Comercio y Gastronomía? -y un blanco que parece ocultar muchos huevos de oca en la garganta y los cachetes confirma achantado en su asiento.

Despues de todo los cientos de efectivos del Ministerio del Interior que llegan en su mayoría de la capital, instalan su sistema de cámaras en la zona para monitorear que todo este dispuesto como se ha pedido.

-El Cuerpo de Bomberos recorre las dunas cuando todo parece listo, y dicen “esto quitalo”, “eso no”, “aquello tampoco” –dice Soca y ensaya una sonrisa cansada. –Pero los que mas trabajan son los de Comunales, que recogen en un día de Festival, la basura de un mes en la calle.

En mi última Rotilla, la breve línea de arena estaba rodeada por una feria de harina y refrescos baratos. Eva se aferraba a mí mientras evaluaba distante, nunca complacida, las ofertas reiteradas de cada timbiriche.

Nos detuve frente a una hamburguesera cualquiera y grité el pedido. Yo auguraba que su indecisión nos regresaría con las manos desocupadas a las espera de los amigos. Sabía también que aprisionar mi brazo en sus brazos sintetizaba el temor de acabar como tantas sinpareja que habíamos visto por el camino: acosadas, besuqueadas a la fuerza y toqueteadas por jaurías masculinas.

Me acordé de Daniel, mi socio, que vía Facebook advirtió:

-Se veía venir que cada vez iba a ser más difícil para las mujeres, por la machificación de la cosa. Pesadez con las chicas, mucha. Un disgusto.

Al flaco le pongo atención, y ahora le pongo apellido, Salas. Él se había mezclado con la variada fauna que llena de carpas y basura la arena. La tesis de Maestría que parió en el Instituto Superior de Arte es material de consulta único para hallarle orden a esta locura de 72 horas.

No era buen momento para tales repasos. No quería que las próximas nalgas manoteadas fueran las de Eva…o las mías.

Anduvimos tratando de no tropezar con las borracheras y payasadas de los concurrentes. El reggaetón suena estrepitoso y marca nuestros pasos. Ha penetrado Rotilla, aunque sabe bien el sitio que le toca: el margen.

Los amigos nos esperan cerca de la tarima, donde hay buena luz y los hermanos David y Ernesto Blanco se oyen mucho mejor. También hay zonas sombrías. La gente se comporta como antiluciérnagas: golpean sus cuerpos una y otra vez contra la oscuridad. ¿Será en la penumbra donde atinan su Luz?

La playa también está llena. Son las dos de la mañana y el fulgor de algunos focos se accidenta en el agua. Las parejas huyen de su dominio como el fugitivo del seguidor del presidio.

-¿Quieren darse un baño?

-¿Quieres salir embarazada?- le pregunto a Eva. Una risa atraviesa al grupo. Sé que el ritmo electrónico puede tornarse monótono, pero por estas noches Playa Jibacoa es un banco de esperma.

Todos nos preparamos para el chapuzón despreocupado. Poco atuendo, poco bulto. Pero hay quien viene a acampar en serio. Las carpas están llenas de mochilas, mudas de ropa, comida enlatada, pero nosotros, como una buena parte, somos bailantes de paso.

El ir y venir de gentes está más allá de las leyes temporales que rigen las carreteras. Sin mayor problema se puede salir hacia el festival en la madrugada. Los camioneros, con ese hábil sentido que les da saberse sin competencia, olfatean dónde está el dinero y rapiñan la Vía Blanca con precios verdaderamente neoliberales.

Aun así son los únicos que garantizan el viaje, y en vez de oportunistas, y fascistas del transporte, recibimos el ronquido de los Fords como los franceses los tanques americanos en el año 45.

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En el trayecto de la estepa asfaltada y la playa, un batallón de policías requisan a los rotilleros. Detectores metálicos y manos se aseguran de que nadie llegue armado a la arena. El alcohol, sin embargo, es otro invitado al festín.

Entre el cansancio y la sangre etilizada al rayar el día una legión de zombies masculla estribillos, alza los brazos. Las bocas, inquietas, buscan la calma en las bocas más cercanas.

A esa hora, la música grabada vacía las carpas y los focos de colores transportan la mente a un nirvana granulado. La arena se cuela en los tenis, la entrepierna y crees sentirla en el pecho aunque no te has tirado aún. Eso sí: siempre llega el momento en que tienes que tenderte.

Desde la tarima Ernesto Blanco le pide al nutrido público que se quede en su lugar para hacer un selfie. Se ubica. La gente queda extrañamente en silencio, y el iPhone destella un segundo. La única quietud, a la espera de un flash.

 

 

JIBACOA FLASHBACK

 

 

Eva me miraba con el agotamiento marcado en la cara. Quiere alejarse de la bulla, recostarse un rato en un sitio tranquilo, aunque sabe que con eso ya está pidiendo mucho. Nos pongo de pie, y le suelto medio gratuitamente que esta es una playa sexual…

-La caza de pareja compite con la propuesta artística como el principal motivo de asistencia al festival–soltaba Daniel, el flaco, el máster, en mi cabeza.

-Pero esto es una vez al año. No puedes generalizar de esa manera –dijo Eva sacando con los pies ramitas y basuras de su cuadrante de playa. La mujeres son tan prácticas. ¿Quién dijo eso? No yo.

-Te voy a hacer una historia…-le dije-, pero nadie puede saberla.

Asintió muda su curiosidad. Nos senté para regodearme un momento. Eva y el lector son iguales en sus respectivos sitios, ahora:

-A finales de los 50, un hombre que trabajaba para la televisión…

-¿Quién era?

-No te puedo decir…Me lo contó, pero pidió anonimato cuando lo reprodujera. Aunque dice que lo va a publicar en sus memorias…

-¡Ah! ¡Entonces es alguien importante! ¿Escritor, cineasta, actor?

-No me tientes a ser infiel -sonreí-, lo llamaremos Pebé…

En el medio conoció a un directivo muy viejo y muy feo, al cual agregó otro calificativo cuando vio a su mujer: adinerado. La diosa aquella tenía el atributo más alarmante que una diosa puede tener: el descaro. Por eso, cuando el viejo invitó a Pebé a su casa de verano en Jibacoa y el Chevrolet del año se descompuso cerca de la playa, ella no vaciló en proponer entrar al agua desnudos.

A los 22 no se piensan mucho esas cosas. Adiós a toda la tela. Extrañamente, el viejo ni se inmutó, y siguió mecaniqueando el auto hasta que pasado un rato mojó su vientre de sapo.

Las insinuaciones de la mujer pasaban de palabras aceitosas a roces indiscretos. Primero paralizado por el desparpajo, y luego por la presencia de un tercero, Pebé ocultaba su excitación sonriendo tímidamente. Al salir del agua, cuando el frío de la noche lo hizo abrazarse a sí mismo, advirtió un rubor adolescente.

Si al inicio estaba desorientado como un topo al mediodía, Pebé pasó las horas restantes de la invitación ganando confianza. Devolvía los guiños y haciéndose el descuidado correspondía a toques cada vez más bajos.

Todos estos episodios y otros innarrables tuvieron el oleaje suave de Jibacoa y sus colinas teloneras como escenario.

-¡Pero bueno!… ¿y el marido de esa mujer no se percataba de nada? ¡Vamos, que no podía ser tan despistado! –se coló Eva en el cuento.

El estoicismo del hombre era harto extraño para Pebé. Por muy open mind que se sea, la hembra es propiedad primigenia.

La duda se aclaró una tarde sin luz.

Recostados los tres en la terraza la diosa alzó un pie por encima de su roncante marido hasta descansarlo sobre la zona de strike del joven. Turulato ante el arrojo articuló mudas frases disuasorias que únicamente estimulaban a la atrevida. Entonces el viejo engulló un ronquido diarréico, y abrió los ojos.

En ese preciso instante Pebé deseaba que un tsunami lo arrastrara hasta La Habana, pero no recibió el mínimo responso. La ausencia del castigo cuando se merece es más dura de procesar que el castigo en sí. Para rematar su desconcierto, el viejo volvió a dormir y con un ademán incitó al muchacho que correspondiera la lasciva invitación.

-¡Cómo! –Eva alzó la cabeza que había permanecido recostada en mis piernas- ¿Y qué hizo entonces?

Pebé se levantó, cogió de una mano a la diosa y corriendo entraron a un cuarto. Cerró con llave, y luego de ese chasquido, la puerta tronó de golpes con el viejo al otro lado: ¡ábranme, ábranme, déjenme participar!

-¡Viejo verde!

Esa noche, como es entendible, la pareja no hizo más que conversar. Hay cosas que para consumarlas se necesita el silencio, la paz. Luego de aquel episodio, Pebé vio a la diosa furtivamente. Su devoción se hizo un culto sincero al pasar de los meses. Resulta que el tipo era un maldito vicioso. Ella le confesó cómo la obligaba a fornicar con otros solo para mirar. Creyó adaptarse con el tiempo, pero el asco continuaba.

Llegó el 59 y el viejo cargó con todas sus pertenencias. Pebé no supo más de ella. Y así Jibacoa quedó como un espacio insólito de su juventud que rememora para saberse vivo.

Pasó el tiempo en la playa, y esa y otras historias se han diluido en la cotidianeidad. Al oscurecer, año tras año, los cangrejos, muelas arriba, desandan la arena. Poco después, siguiendo los inviolables horarios de la naturaleza, familias enteras salen a buscarlos.

Parten las tenazas más grandes y desdeñan el resto del cuerpo. Niños y mayores pueden pasar horas de las madrugadas llenando sacos. Linternas y varas se pierden en la noche del litoral con este ejército noctámbulo.

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En la mañana la masacre de seis patas se alarga pestilente por toda la orilla. Nadie me ha explicado por qué los cangrejos buscan el mar cuando van a morir.

Eva se ha dormido en mis piernas, y el cielo comienza a aclarar.

 

 

[1] Celebrado por primera vez en Nueva York, en 1969, y luego en el 79, 89, 94 y 99. Trasciende como un evento de rock famoso por la concentración hippie que generó.

[2] El Ultra Music Festival, se fundó en 1999, en España, y tiene ediciones anuales.

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