DE BOCA EN BOCA (III)

El Peñón del Fraile

 

 

Como si Dios hubiera olvidado un bloque mientras armaba el Caribe. Como si el puño de piedra retara al mar y a las gentes. Es difícil contener el impulso de subirlo a pesar de la cordura, a pesar de un quorum de tiñosas que otea las intenciones del aventurero desde la cima.

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El Peñón del Fraile es conocido por los amantes de la adrenalina. La pared caliza, grisácea, es de los sectores más excitantes para practicar escalada libre en la isla. Casi veinte metros de pura piedra lo hacen lucir como esos edificios prefabricados que inundaron Cuba durante la era soviética.

Otrora un muro rodeaba la elevación, la distinguía en medio del llano que preside. Ahora solo quedan algunos pilotes bajo el cerco de espinos que lo sustituyó. La desidia es mala patrona.

Alambradas de púas segmentan los alrededores entre la cercana Vía Blanca y el mar, apenas a cien metros de la elevación. El divorcio entre la agrimensura y el interés turístico del sitio reafirma lo insólito nacional: cerrado para excursionistas, y puesto a disposición de las vacas.

Los animales mascan inmutables hierbajos regurgitados mientras violentamos la cerca. Siguiendo trillos nos acercamos al peñón. Juntos, cactus serpentinos, arecas y franchispanes han colonizado por años su verticalidad. Hallaron la fisura en la muralla, el rasguño de los siglos, y hoy adornan su longitud bajo la mirada cómplice de macabras carroñeras.

El bloque es ancho y estrecho. La cara frente a la costa no es solo verticalísima, sino que además muestra pocas grietas, lo que complica aún más el ascenso. Sobre 2010 alpinistas británicos equiparon con anclajes cinco vías por ese lado; pero desprovistos de equipamiento la elevación nos resulta inexpugnable.

La cara que da tierra adentro es más escarpada, pero a veces lo que conviene es un lado poco amable. Permite afincar los pies y agarrarnos de las fallas en la roca. Una ligera inclinación pone el terreno del lado de los locos que se enfrentan a la gravedad sin cuerdas ni mosquetones. ¡Clac!

La escalada libre es, como cualquier deporte extremo, un reto para los nervios. Para hacer esas cosas no puede pensarse demasiado. La adrenalina agita el cerebro, inyecta euforia en el cuerpo. Uno se acalora por las ansias y se dice De aquí no me voy sin subir. El riesgo es mayor cuando no conoces del sitio y solo entiendes que una vez que trepas no puedes cambiar de camino.

Te repites Mira que estamos quema’os, y ríes con los socios. Y es una risa en fila, uno a continuación del otro, a distancia prudencial, aferrados como a un hijo con la piedra cortante, pensando tres veces antes de abandonar el agarre o suspender un pie. Abajo una cama de rocas aguarda por nuestros cráneos.

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¡Cojan por ahí, van bien!, gritan desde la base, distantes ya de nosotros, unos campesinos. Tenemos público, y empieza a dar instrucciones. ¡Quítense los zapatos que se afincan mejor! A algunas en verdad no hacemos caso. A veces confundimos un buen punto de apoyo y las piernas se electrizan al resbalar.

A mitad de camino, cuando hay que estirar más los brazos y tantear en huracos llenos de lagartijas fantasmales, imaginamos que la bajada será peor. Pero la curiosidad por la cima misteriosamente impulsa.

Gracias a nuestra altura se notan las casas bajas del poblado El Fraile y en dirección opuesta, a un kilómetro más o menos, el peñasco de playa Jibacoa. A sus pies la gente hormiguea la línea grisácea de arena.

Detrás de ese promontorio el sol asoma desde el inicio del mundo. Desde que un hombre y una mujer se besaron en el lugar; y las familias condenaron el amor. Desde que ella entró a un convento y él a un monasterio para no entregarse a otros. Desde que una noche, hastiados de la lejanía, contando sus penas al mar, un rayo de luz los puso frente a frente en el paraje; conocieron sus cuerpos y fundidos en dos peñones pasan la eternidad…Cuenta la leyenda.

Cerca del Fraile se halla otra formación rocosa conocida como La Monja. Casi al llegar a la cúspide se nota mucho más pequeña. Allá arriba la piedra es más blanca, filosa y advertimos las fracturas titánicas que separan bloques completos unos de otros. La pared no es tan compacta y recuerda las columnas ruinosas de algun templo romano.

Doce pisos abajo los frailecillos buscan cangrejos entre el dienteperro. Sus patas largiruchas, las plumas como sotana y el collar níveo vuelan rasantes ante el extraño dando chillidos esperpénticos. Y el grito se diluye, se va haciendo eco para acabar en nada, mientras el viento aplaude fiero la osadía que ha coronado el peñón.

 

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