DE BOCA EN BOCA (IV)

JARUCO POR DEBAJO: LOS SIGNOS DEL Jagüey

 

Densa la caverna. La humedad pesa y en la oscuridad total solo la luz de linternas nos revela agotados, temerosos del paso en falso, expectantes por la próxima galería.

Las cuevas cercanas a Boca de Jaruco abren sus fauces de repente, a ras del suelo rocoso, ocultas entre mucha vegetación espinosa. Y es fácil perder los accesos en esa llanura agresiva que se parece toda. «Pero dondequiera que vean un árbol, ahí hay una entrada», nos cuenta un lugareño. Habla de los Jagüeyes.

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La humedad de la cueva los hace crecer como a ningún otro en la zona. Fácilmente se distinguen y nunca engañan al hombre: su presencia indica al menos un respiradero. Gruesos y frondosos, sus lianas han caminado centímetro a centímetro con paciencia sepulcral hasta hacerse una mole castaña. Decenios luego de haber roto la semilla nos muestran amables las bocas del Seol.

Cinco cuevas es en verdad Siete cuevas, aseguran los campesinos del lugar, aunque Google Maps o algún folleto trasnochado diga lo que diga. A dos kilómetros y medio de la costa, es la más grande de la zona. Es además la segunda del país, y dicen los expertos que está condenada no solo a la discreción de lo secundario, también a derrumbarse.

El silencio espanta. No debemos gritar aquí. Hay historias sobre las ondas sonoras: si se exacerban pueden quebrar copas, y derribar otra vez los muros de Jericó. Pero aquí la advertencia es mucho más clara, no viene por el oír sino por el ver: hay grandes bloques calizos desparramados por casi todos lados.

A ratos los chillidos espectrales de los murciélagos acompañan al explorador, y recuerdan que ese basto trozo de noche subterránea ha sido por centurias su feudo. La nutrida población vampírica ha atraído a los extractores de guano. Parece reconocer nuestras botas en las de aquellos jornaleros de antaño.

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Afuera el sol infernal del verano, aquí la humedad; arriba y abajo el sudor que corre en goterones, y termina en la tierra. Hay que mirar muy bien dónde caen los pasos, dónde está el vacío antes de saltar, anticiparse al espacio sobre el que patinarán nuestros pies de gente de llano.

A gachas, a veces con el techo tan bajo que te raspa la cabeza, sobrecogidos por la inmensidad de esta tiniebla perpetua, avanzamos. Llegamos al Salón de la Claraboya, presidido por un huraco tres pisos encima de nosotros, por donde se cuela una espléndida porción de sol. Tomamos un breve descanso, es importante hidratarnos y darle al cuerpo gasolina.

Las raíces de un árbol se descuelgan desde la superficie para hurtar el frescor soterrado. Quien pase por ahí no piensa en otra cosa sino en trepar por las gruesas lianas. De pronto nos sentimos Hannas y Tarzanes.

Una polvorienta botella de vino hace guardia al borde de un abismo. Da ganas de patearla.

Cerca, en el Salón del Paracaídas, reposa la interrupción de un curso centenario: estalactitas cortadas. Racimos de sal endurecida tras décadas del cortejo con el agua.

Por suerte quedan aún formaciones hermosas, brillantes ante el flashazo de las cámaras y la luz de los focos. Una recuerda un confesionario; y otra, como si la roca se derramara, parece el paracaídas que nombra la galería. Diluvio tras diluvio se estiran más barrotes para segmentar pedazos completos.

Con ojos como platos esperamos hallar en vano la marca de los aborígenes en las paredes. Desde 1972 se tiene noticia de pictografías en ese sitio; tres años luego el mítico capitán-espeleólogo Antonio Núñez Jiménez describía cinco.

Mientras avanza, uno se cohíbe de tocar cualquier roca y mucho menos el suelo blando de la caverna. La leptospirosis y quién sabe cuánta otra enfermedad espera a que los cuerpos les den un aventón. La estampa de algunos remitía a la moda reciente en África meridional: verdaderos trajes anti-ébola. Lavarnos manos y rostro con gel antiséptico era el paso final para la desinfección. Los nasobucos y guantes quirúrgicos eran más necesarios que ridículos.

Que lo diga Rafael Alcides. Durante un trabajo voluntario -por las ya olvidadas Quincenas de Girón- un hongo desconocido se le metió en el cerebro mientras apilaba guano.

En su cabeza de poeta las palabras se regaban creyendo que aquel aneurisma lo iba a sacar de juego. Las esperanzas, tan desalentadas entre los doctores, lo echaron a morir antes de morir. Unos pocos meses, y volvían a los inciertos pasillos hospitalicios con las manos en la bata.

Su casa se hizo caverna. Los días finales de 1968 eran un corredor de recuerdos, quizá porque aferrarse a lo factual del pasado es el modo mejor de recibir lo desconocido. Y así estuvo al año siguiente, el próximo y el otro, hasta que se convenció que la muerte y la vida habían pactado una prórroga.

Luego de eso pasó 17 años de insilio. Había descubierto que la gran cueva era Cuba. Y hoy el aneurisma parece haber emigrado a la mente de algún funcionario. Toda mi vida ha sido un desastre/del que no me arrepiento, escribía como si hablara al futuro.

 

JARUCO POR ARRIBA: LLANO DE FUEGO Y MADRE DE MANGLE

 

Aquí el azufre entra por la nariz no más bajamos del camión. Todo el litoral entre el este capitalino y la arena en Varadero está poblado por extractores de petróleo que ejecutan lánguidos una coreografía invariable. Es la zona petrolífera más rica de la isla. Esa realidad ha reconfigurado la vida aquí.

-Antes todo esto era sembrado de Henequén –me cuenta un joven jaruqueño señalando con una brazada ambos lados de la Vía Blanca-. Había unas postales preciosas de eso, pero ya nadie las tiene.

De vez en vez asoma una corola de las longevas. Acaso las nietas salvajes de aquel imperio de fibras que acababa siendo sogas, canastos, bebidas.

-Con el petróleo descuidaron el Henequén y hasta la pesca, que eran tradición. La compañía canadiense que perfora por aquí atrae a los jóvenes porque paga mucho mejor que cualquier centro estatal y las condiciones laborales son muy superiores -asegura el muchacho. Él mismo trabajó en una poco tiempo atrás.

Ahora la tierra colorada solo sirve en esta comarca hueca para ensuciarnos las ropas. Un inusual terreno sembrado en dienteperro se extiende llano adentro por kilómetros y hace mucho más dura la vida del campesino.

Los bordes filosos, blancos de sol, prometen reventarnos, descuerarnos, si damos un paso en falso. Por si fuera poco el Guao se asoma, cuando el marabú lo deja, y amenaza con deformar la piel del descuidado. Hay que andar ligero, de roca en roca: pasos largos, cortos, saltos. Los zapatos comienzan a hablar; y una manta hirviente desciende sobre nuestras cabezas.

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Por el contrario, en los bordes del río San Juan de Jaruco se extiende un bosque tupido, zanjado por ocasionales senderos, adornados por telarañas extraordinarias que emboscan inútil pero fastidiosamente al caminante.

El ancho cauce, entre dos colinas, corre verde y perezoso. Lo tiñe el reflejo de profusos manglares, que suspenden en la orilla palos, hojas y todo lo que flote formando esteros por los que transitan cangrejos colorados. Un alimento muy cotizado en la colindante Habana.

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