ROBAFLOR

Los vicios detonan de a poco. En los ojos del curioso primero, luego diciéndonos esta es la última vez, más tarde en la rutina que cada fin de año nos prometemos cambiar. Muriel llegó a navidades haciendo ese juramento. Muriel roba flores.

Al fondo de un pasillo al oeste de La Habana, el florero de la sala casi nunca está vacío.

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-La cosa comenzó cuando un día prendo el noticiero –me cuenta dando sillón a su bebé-, y estaban inaugurando un monumento a Yasser Arafat en la avenida 70. ¡Aquellas rosas estaban tan lindas! Grandonas, rojas, rosaditas, una belleza.

Le dijo a su esposo que iba a salir. Bajó caminando por todo el paseo hasta llegar a la calle Novena. Ya no había nadie. Se acercó al busto. Desde sus dos metros de piedra el luchador palestino no perdía la sonrisa buenaza, y Muriel sintió que era una señal. Los ramos frescos seguían intactos, apenas movidos por el viento.

Se aseguró otra vez que no pasaran los autos o algún delator posible. Agachó su metro 60 y tomó nerviosamente la primera flor que pudo. Caminó de vuelta a casa con el premio entre las manos, olfateando como abeja.

Calle Prado, el Malecón y casi todo el casco histórico es un panal de cesteras. Mujeres, mayormente, que ofertan artículos variados, tiernos hasta el esfínter. Llaveros, peluchitos, cintillos neoninos, orejitas de Minie, yoyos alumbrantes, y de acuerdo a la estación pompones de Santa Claus.

Un nicho recurrente es el de las parejas.

-Para ellos las flores –dice Inés, negra tizón, esbelta, ordenando la mercancía en su cesta. Las manos le pesan al hablar, sale en la tarde cuando baja el sol y en las madrugadas regresa.

Sus flores son plásticas, como las de todas en el oficio de cestera. Algunas vestidas por envoltorios caseros a base de celofán, con tarjetitas al uso ni una luna de queso/ supera el sabor de tus besos. Otras protegidas por finos cristales con fraseología globalizadora, I love you o I want you o I miss you.

Las vendedoras interrumpen a cuanto par se encuentran.

-Una flor para la novia –suelta Inés suavemente, aproximando la cesta, exhibiendo los dientes de azúcar refina. Lo hace bien. Las más veces apena decirle “somos amigos”, “ella es lesbiana”, “no tengo plata”. Y los paseantes le devuelven nada más que la sonrisa.

-Pero lo peor me pasó una vez aquí, en Prado, dice Inés con cara de aburrimiento, ajustando su breve short-. Yo llegué tu sabes cómo y ofrecí una flor –y la imagino con el entusiasmo de Mercurio y Cupido a la vez-, entonces la muchacha me mira y mira al muchacho y empieza a llorar como si estuviera pariendo, gritos y pataleta. El muchacho me pide que me vaya y la abraza y se larga.

Inés, curtida en la más genuina temple de la solidaridad femenina, vuelve donde la llorosa. Resulta que los novios se están separando. Inés le regala la flor que segundos antes había pensado en venderle.

Entre 1955 y 1960 Cuba exportaba flores al sur de los Estados Unidos. La isla sigue estando a un tercio de la distancia de Colombia y a un cuarto de la de Ecuador, los mayores exportadores actuales a Norteamérica.

Ahora nosotros también importamos las flores de Quito. Una rosa, de colores vivos, inverosímiles, puede costar 3 cuc, que es igual a 75 pesos cubanos, que es igual al 15 por ciento del salario medio cubano.

El profesor Manuel García, especialista en protección y conservación de la naturaleza dijo en 2010 en un taller que esas mismas rosas, por ejemplo, se cultivarían muy bien en el país.

El clima no ha variado demasiado desde entonces, y Sierra Cristal, Cuchillas de Toa, o el Escambray, generan microclimas que están a 800 metros sobre el nivel del mar. “Pero hay que traer plantas, romper el auto bloqueo que tenemos con la introducción de los clones, de las especies que tienen posibilidades”, dijo el académico.

“Nos falta la tecnología, no sabemos hacer negocios con las flores, no estamos preparados para eso”, sentenció en una conferencia en la Feria matancera de las Flores.

Muriel llegó al apartamento y le contó a su esposo del robo al guerrillero palestino.

-No quería que se pudiera celoso.

Al otro día a los amigos de la universidad.

-¿Y no te daba cargo de conciencia quitarle la flor a Arafat? –le pregunto.

-No chico, qué va –me dice sonriente-, el crimen hubiera sido dejarla ahí marchitarse.

Senel Paz escribió, en un rapto de ingenio, que las mujeres son más prácticas que los hombres.

 

 

PUBLICADO ORIGINALMENTE EN EL TOQUE

 

 

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