Yoe Suárez y los hijos del Diluvio (entrevista de Dainerys Mesa Padrón)

Yoe Suárez es un muchacho. Su rostro lozano, su sonrisa amplísima, su voz…, son de muchacho. Sin embargo, hay una solidez en lo que escribe y comparte con los públicos, que por momentos, nos hacen dudar de esta supuesta juventud.

La abundancia y calidad de sus textos, así como la profundidad con la que asume sus reflexiones sitúan a este periodista (casi recién graduado), en un lugar bien especial de las letras cubanas; sobre todo de las que están por venir.

Yoe Suárez es un muchacho con una increíble madurez literaria que le ha merecido diversos reconocimientos. Por ejemplo, fue finalista de la Beca Michael Jacobs, de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano con el libro de periodismo narrativo La otra Isla (en exhibición en el Pabellón J8 de La Cabaña, editado por
la Editorial Guantanamera-España).

También obtuvo mención del Premio Casa de las Américas 2017 por el libro testimonial Charles en el mosaico, sobre la vida del escritor cubano Humberto Arenal, el cual considera un pretexto para hablar sobre las políticas culturales en Cuba desde 1959 hasta mediados de los 80.

En esta 26 edición de la Feria Internacional del Libro de La Habana presenta el volumen Los hijos del diluvio, que incluye entrevistas a personalidades del panorama literario nacional.

¿Qué proyecta Los hijos del diluvio?

Los hijos del diluvio es un libro de entrevistas con autores de la llamada Generación del 50, que es básicamente una hornada de poetas; aunque también incluyo conversaciones con Graziella Pogolotti y Ambrosio Fornet. Dos imprescindibles del campo intelectual cubano post-59. El libro indaga, desde una visión otoñal, en esos autores que hicieron y formaron parte de la vorágine revolucionaria. Lo más interesante es la variedad de opiniones con que asumen el país que de algún modo ayudaron a construir.

Para Pablo Armando Fernández, por ejemplo, La Revolución fue el acto de amor más grande en la historia de América.

Por otro lado, Manuel Díaz Martínez se siente un iluso al haber creído en el proyecto. Me parece que todas esas visiones son válidas y no quería excluir una u otra. Tampoco quería llover sobre lo mojado, hacer las mismas preguntas que habitualmente se le hace a estos autores que son bastante conocidos para el lector medio cubano.

Preferí indagar en los momentos menos visibles de su vidas, como la “faceta” de policía de Leonardo Acosta, por ejemplo; o la visión de Luis Marré sobre su propia obra (recomendaba darle candela a todo cuando muriera; felizmente no se cumplió esa incendiaria voluntad).

Fue un placer para mí entrevistar a Rafael Alcides, una de las voces más sólidas de su generación y de las más opacadas aún en la Cuba de hoy. Es una entrevista breve, realmente parte de un encuentro que duró horas en su apartamento ─curiosamente por debajo del nivel de la calle, ¿diálogo underground?─ y parte de un proyecto mayor sobre el escritor Roque Dalton. Quería que este libro fuera ecuménico, unificador. Tal vez una muestra inconsciente de lo que quiero sea mi país.

¿Cómo nacieron las entrevistas que incluye este texto?

La mayoría surgieron por interés propio durante mis años de la universidad. Solo la de Díaz Martínez y la de Leonardo Acosta las hice luego de graduado. De modo que este es un libro que armé entre los 21 y los 23 años.

Generalmente las personas encumbradas en la materia a la que se dedican son a la vez muy accesibles. Llegar a ellos no fue el problema. El resto era estudiar sus personalidades, su obra y a partir de ahí establecer un cuestionario que rindiera buenos frutos.

¿Hasta dónde llega tu olfato periodístico y tu seducción de escritor en este volumen?

Eso me parece que debe decirlo el lector. Yo solo traté de indagar en lo que creo que le puede interesar a la gente, y lo que es relevante para la memoria histórica de Cuba.

Y pueden ser relevantes también un millón de temas que no abordé, pero preferí tocar los que nadie toca. Digamos, El Caso Padilla, la Carta de los Diez, la Parametración.

Recientemente has sido merecedor de varios reconocimientos en el ámbito de las letras cubanas, ¿qué simboliza, para un escritor joven de este contexto, ganar un premio, una mención, o ser finalista de un concurso de literatura? ¿A dónde te puede llevar este hecho?

La reciente Mención en el Premio Casa de las Américas fue una agradable sorpresa. Sé además que significa un espaldarazo para el libro testimonial por el que gané y que provisionalmente lleva el título Charles en el Mosaico.

Dos años permaneció dormido en mis archivos, y me da mucho placer saber que para Estela Calloni, Alberto Salcedo Ramos y Arístides Vega Chapú, merece ser publicado. Ahora el camino se despeja para él.

¿Cuán difícil puede resultar para una joven figura de las letras la publicación de una obra?

Felizmente en Cuba la Asociación Hermanos Saíz ha establecido editoriales que priorizan la creación joven. Pero creo que es muy difícil fuera de esos nichos, por las mismas razones que aun autor de cuarenta o cincuenta y tantos años le es complejo: los planes editoriales atascados, que son en verdad capas y capas de originales pendientes.

Desde los serios problemas económicos para la producción de los ejemplares, hasta la pésima o nula promoción de las obras, todo atenta contra la visibilidad de los autores. Los hijos del diluvio es el primer libro de no-ficción que publica la Editorial Áncoras en 20 años de trabajo. Gracias a Dios, Daniel Zayas (al frente de esa casa editora) ha apostado por diversificar los géneros de su catálogo. Pero eso no es lo común. Menos para las obras de no-ficción.

¿Qué nuevos planes de creación, o editoriales, tienes en estos momentos?

Estoy preparando, con una editorial de la española Lantia Publishing Group, la primera antología de periodismo narrativo cubano. Espectros es su título.

Es un trabajo de mucha paciencia, pero sé que generará un golpe de efecto. Es un volumen en el que creo que cada uno de los 20 antologados ha puesto esperanzas. Yo también.

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