El Tiza, la cueva y el niño cadáver

Aun arde en las manos del Tiza el niño cadáver al fondo de su cueva, en las vísceras de su loma, a un costado de su ciudad. Nueva Gerona dice que eso de un nuevo día es inservible, a priori, porque no hay días nuevos luego de la muerte.

Contarlo en haikus, que parezcan sosegados, resultaría mejor:

Un niño escapa

Del aula con su amigo.

Baja a lo oscuro.

 

Cueva del Agua:

Ciego rumor, juego.

Pisada en falso.

 

Huye el amigo.

Hay silencio de miedo.

Llora una madre.

Hoy, el Tiza saluda gente con cierto desparpajo que recuerda esos traficantes del Hampton que van armados. Como en el Hampton se hace, el Tiza rapeaba duro. El rap, el rythm and poetry, borbotaba de su boca. La boca del Tiza es una grieta estrecha al final de una montaña. De la cima nacía un rap que pocos entendían. “Era muy profundo”, dice la montaña.

Un socio le dice a Yadian Carbonell que eso era poesía. Y Yadian, el Tiza, se quedó con la poetry. Creyó encontrar la causa para que sus primas no entendieran las rimas, y las amigas de sus primas no le hicieran caso cuando empezaba a cantar.

El mismo socio le sugirió a otro socio para pulir los versos: Daniel. Buscó y encontró, en un taller literario, a un blanco cuya novia tocaba la guitarra eléctrica.

“Ahí estuve un tiempo –dice el Tiza, la hilera de dientes blanquísimos revela un vozarrón noble-; y descubrí los haikus”.

Quizá el problema del Tiza era no saber parar. Eso tiene el rap, el rythm es otro. Pero el haiku le obligó a ejercitar la síntesis, a convertirse en vallista de tres obstáculos: líneas de cinco, siete y cinco sílabas métricas.

Pasa la oruga

Por encima de la flor

A curar su hambre.

 

En las tardes de aburrimiento se llegaba hasta la cima de la Sierra de las Casas, a una loma hecha de mármol, a echar un vistazo por el iris de Dios. La gente de Nueva Gerona que busca el fresco se va allá arriba y tatúa sus nombres en menhires tallados por la erosión. Tinta, carbón, pintura cosmética. La loma de los mil nombres, curiosamente, no tiene nombre; o al menos quien lo sepa.

De cualquier modo el Tiza la hizo suya. Era suya para escribir haikus, disfrutar del silencio y la soledad, tender sus casi dos metros en acampadas nocturnas, elevarse (literalmente) sobre los líos habituales.

Casi amanece

Se ve cómo la luna

Entra en el mar.

Cuando embullaba amigos, luego de la escalada quitaliento, prefería llevarlos a las entrañas de la loma: la Cueva del Agua.

“Aquí dicen que han cazado cocodrilos”, disfrutaba contar mientras los novicios, en una densa oscuridad, jugaban al futbol con pedregones. Entre ayes los pies hallaban la confortante agua helada. El Tiza se encaramaba en una roca brillante y junto a chillidos de murciélagos se tiraba al agua profunda de una laguna invisible, mientras, afuera, la tarde se moría.

 

El Tiza, en verdad, no parece una tiza. Tampoco uno se imagina a un ébano que anda por el boulevard de Nueva Gerona en la Ceremonia del té. Un sombrerito que imita el jipi-japa salva su cráneo del martillazo del sol.

Ante un grupo de amigos suelta el haiku más reciente:

El sonajero

Se mece no ha entrado

Nadie en la casa.

Daniel, el blanco pinero pinero, cada vez atiende menos el taller literario, y la novia a penas roza la guitarra eléctrica. Ahora le dan la vida a una editorial local. Están embullados con eso. El Tiza también: en breve verá impreso su primer libro de haikus. Contrae sus facciones, y engurruña la frente, está sonriendo. Esa no fue la cara que el Tiza tuvo hace años.

A las 12 meridiano del 24 de abril de 2009, tocan a su puerta. Unos oficiales del Ministerio del Interior le piden que los acompañe. El Tiza se dice que quizá no fue buena idea escribir los políticos con sus ojos de caballo/desconocen el polvo y otras cosas/se creen pura sangre/hasta que llega el domador/(o el dictador)/y les quiebra el lomo.

Lo calman, con una pésima noticia: un niño se ha perdido, y temen poder encontrarlo. El amigo ha hablado. Por muy mala que sea, una noticia no lo es tanto si le ha ocurrido a otro. Los militares creen que el niño está en el vientre de la loma que el Tiza frecuenta, donde no hay para él un solo metro oculto.

 

Los oficiales desbrozan la maleza de curiosos que se apiña a la entrada de la Cueva del Agua. Al final de la escalera que baja -parecía más larga que nunca-, a la 1 de la tarde del 24 de abril de 2009, el Tiza encuentra a un buzo. No puede volver al agua. Quizá teme las historias de cocodrilos o, peor, hallar el cuerpito hinchado. Hace por vomitar lo que ya ha vomitado cien veces en su cabeza.

Desde la roca brillante el Tiza se zambulle.

Al fondo de su cueva, en las vísceras de su loma, al costado de Nueva Gerona, aun arden las manos del Tiza. El niño cadáver. La ciudad no es la misma. Llora una madre.

Cesó la lluvia

Y aun bajo aquel árbol

Sigue lloviendo

 

Publicado en EL TOQUE

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