LOS TRES PANICOS DE ISRAEL

Está la Catedral y al frente, Michael Jackson con collares de santero, vestido de Iyawó.

Está el Che, de gabardina, agitando el spray con que recién grafiteó el logo del CDR.

Israel Moya empezó como el Che en su cuadro: de grafitero en La Habana… y en las artes plásticas su currículo incluye advertencias policiales, exposiciones colectivas y la codirección de un grupo llamado Squirlas. Ahora trabaja a un costado de la Catedral, donde posó para su imaginación el Rey del Pop.

***

—Mi formación artística ha sido en la calle —se remanga el pulóver ancho y la pantaloneta estampada—. He aprendido de amigos que estudiaron en San Alejandro y en el Instituto Superior de Arte, y talleres de artistas por ahí. Mi formación académica es en Historia, en la Universidad de la Habana.

Un estudio-taller es paso de riesgos. Para un colado en el mundo del arte puede ser la casa de tres nuevos pánicos:

—El primero, con el público. Abrir mi arte más allá de familia y amigos. Y no solo el producto acabado, como en una galería, sino el proceso artístico.

El pintor disfruta su proceso de trabajo; pero a veces no está totalmente conforme. De otro lado, hay quien, desde una visión muy conservadora, desdeña la creación de los no-académicos. Moya es un no-académico (al menos en la pintura, porque en Historia no hay quien le haga cuentos). En un estudio-taller la obra siempre está expuesta, sea cual sea el estadío en que se encuentre.

—Mi segundo temor fue encontrar un espacio adecuado, la visibilidad suficiente.

Gastó zuela caminando por la Habana Vieja y Centro Habana.

 

—Los municipios con mayor circulación turística —apostilla y con el índice empuja el marco grueso de las gafas más cerca de la cara—. La idea con el estudio-taller era vivir del arte.

Asfalto y adoquines. Adoquines y asfalto. Así hasta que le “tocó la suerte”: la profesora de un amigo con el que inició esta aventura lo acogió en el Proyecto Comunitario San Ignacio 4.

—Aunque, perteneciendo al Proyecto no podemos vender nuestro trabajo —acota Moya—, al menos tenemos el espacio para trabajar.

Del lobo un pelo.

El tercer temor vino luego. Sin contar lo básico en materiales para el arte, el lugar, aunque gratuito, genera gastos. Desde pasarle una mano de pintura hasta ponerle luces. Un abejorro zumbaba en la cabeza de Moya: ¿cómo lograrlo sin caer en facilismos comerciales, sin reproducir como autómata la fachada de la Bodeguita del Medio?

—Que si más fea más se vende –—apunta, saliéndose de cavilaciones—. La verdad, si te pones a pensar, son recursos visuales que quilo a quilo dan una buena plata.

Entonces, llegó la idea de la decoración artística.

***

Tiene Moya, en algún sitio del cerebro, una matriz DAFO preparada para todo. Esa persistencia analítica que el estereotipo achaca a quien usa lentes. Cuando le pido que me hable sobre SQS, la agencia de decoraciones interiores que fundó, vuelve con obstáculos.

-Primero, encontrar clientes. Aunque una vez que estés dentro, unos te conectan con otros, así es el cubano, te tira el cabo. Segundo: satisfacer la demanda y la relación entre precio y calidad. Tercero: la trasportación de las obras, y el cuidado si hacemos la modalidad de exposición/venta.

—¿Qué modalidad es esa?

SQS llega a un sitio y ve, en cada habitación, qué pinturas pudieran decorar basándose en la mueblería y el tipo de ambiente. Fuera de Cuba varios artistas lo hacen como sostén de su arte “más serio”.

—Es como pintar por encargo —dice Moya—. Si la casa tiene un ambiente colonial, por ejemplo, trabajamos por adición u oposición. Es decir, podemos mantener una visualidad añeja, con colores sobrios, figuraciones basadas en metal y enrejado habanero; o, por el contrario, creamos una serie abstracta y destacamos colores estridentes.

Otra modalidad atractiva es la siguiente: SQS decora por tres meses, gratuitamente; si algún cliente se interesa en una pieza la casa se queda el 10 por ciento. Ganar-ganar: la renta renueva su interior periódicamente y hace dinero; los pintores tienen más espacios de exposición y mayores posibilidades de venta.

 

Desde que comenzó en Historia le pareció que el discurso académico se estancaba en el círculo intelectual. En ese aspecto el arte tiene pasos más largos.

Squirlas, el grupo de amigos artistas aficionados que Moya co-lidera desde la universidad, surgió por esas inquietudes. Trozos de metal que llegan lejos. ¿Explote?

—Además, cuando algo te llama a que te sumes de forma espiritual no lo puedes evitar —se sienta con las piernas entrecruzadas en un cojín artesanal, como un gurú con rulos—. Profes y amistades me preguntan si estoy ejerciendo la carrera. Les contesto que sí, pero el formato no es un artículo o un libro, sino una fotografía o un grabado pasados por arte pop.

El concepto base en las obras más personales de Moya son la historia y sus primos cercanos: la ideología, el poder. En el pequeño estudio los símbolos se mixturan. Hay un mulato tatuado, con grados de ¿coronel? y una chaqueta abierta del ejército cubano. Un halo de santo secunda su afro.

—Lo que no se puede —dice Moya, se dice Moya— es caer en estatismos.

Un díptico, en lo más alto de una pared, tiene a un pionero de pañoleta azul con los puños alzados, un ojo lagrimeante, el otro “ponchado” en hematoma. Una cinta, abajo del cuadro, reza: “No pain. No Gain”. La segunda pieza tiene al fondo el emblema de la Organización de pioneros. La cruzan dos cintas. Una: “Seremos como el Che”. La otra, simplemente: “Óxido”.

 

 

PUBLICADO EN EL TOQUE

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