No iba a arrodillarse ni a jurar. Lo sabía como que su nombre era Abel y su apellido Noriega. Esa mañana, a punto de ensayar el tradicional juramento de defensa a la Revolución y su liderazgo, frente a la plana mayor de la unidad de tanques de Managua, se preguntaba qué ocurriría cuando los oficiales dieran la voz de mando y él quedara de pie, solo, en medio de otros 300 reclutas del Servicio Militar Activo (SMA)*. ¿Lo humillarían, lo encarcelarían?

Abel, por su fe evangélica, veía en el hecho de postrarse ante otro símbolo, entidad o entelequia, una ofensa a Dios. «Yo solo me arrodillo ante Él», explica, «y también la Biblia manda que no juremos, entonces para mí era un problema». En 2006 fue el único objetor de conciencia de su unidad, pero en verdad es de los muchos cubanos presionados a cumplir disposiciones legales o institucionales aun cuando su fe o profundas convicciones les exijan lo contrario.

El Artículo 55 de la Constitución vigente en Cuba, de 1976, afirma que el Estado «reconoce, respeta y garantiza la libertad de conciencia y de religión». Sin embargo, no existe garantía o procedimiento legal para declararse objetor de conciencia y que el reclamo sea atendido. El asunto pudiera empeorar tras el actual proceso de reforma constitucional dado que el Artículo 59 del proyecto regula negativamente, si no es que proscribe, esa posibilidad: «La objeción de conciencia no puede invocarse con el propósito de evadir el cumplimiento de la ley o impedir a otro su cumplimiento o el ejercicio de sus derechos».

Doce años atrás, en un país que desconoce y criminaliza a los objetores de conciencia, Abel Noriega esperaba sudoroso la voz de mando para que el batallón se arrodillara y jurara.

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La abogada Danay Baldor cree que el Artículo 59 del proyecto constitucional cubano «deja una franja de la sociedad sin protección ante la aplicación de normas jurídicas contrarias a creencias y principios».

El Instituto Patmos estima que el 10 por ciento de los cubanos es evangélico; el 35 por ciento, nominalmente católico, y un cinco por ciento, judío, testigos de Jehová y miembros de grupos neopentecostales sin reconocimiento legal. Asimismo, buena parte de la población cubana practica cultos de origen africano.

«Es necesario que la nueva Constitución defina qué es legítimo para ser objetor de conciencia», opina Baldor. «Por ejemplo, si un doctor católico se negara a ejecutar una eutanasia, ¿qué hacer? Es importante exceptuar quién o bajo qué condiciones es legítimo objetar algo que la ley estipula».

La guerra de Angola atizó en Cuba los ánimos belicistas desde fines de los años 70. La isla envió miles de hombres y muchos volvieron convertidos en relleno de ataúd. En 1985 Alejandro Peraza entró al entonces Servicio Militar Obligatorio (SMO). Rechazó tomar armas y prepararse “para matar a otro ser humano” y, para colmo, se negó a ir en misión internacionalista a África.

—Lo manifesté explícitamente al teniente que era jefe del pelotón al que fui asignado en la Marina de Guerra, desde el primer día en la «previa» —recuerda Alejandro.

Matar, para él, era un modo de morir.

Además de su credo religioso, razones más terrenales hacían del suyo un caso excepcional. Su madre expiró mientras Alejandro tomaba las primeras bocanadas de oxígeno y, poco después, su padre enfermó de los nervios para toda la vida. Al entrar en el SMO, era el único sustento de su abuelo, de 93 años, quien lo había criado. Aunque expuso su caso en el Comité Militar, fue reclutado y enviado a la unidad de preparación combativa, donde el teniente ironizaba:

—Entonces, ¿qué hace usted aquí, soldado Peraza…? ¡Porque estas son las Fuerzas Armadas!

—Yo soy creyente. Estoy aquí cumpliendo con la ley.

—¿Usted es Testigo de Jehová?

—No, soy cristiano evangélico, y estoy aquí obedeciendo la ley. Estoy dispuesto a trabajar de chofer, cocinero, sanitario, en comunicaciones, lo que decidan.

El teniente lo llevó ante el Jefe de Compañía. El superior preguntó de un modo que a Alejandro le sonaba a argumentación:

—Soldado Peraza, ¿qué haría si ve que los americanos vienen a matar a su familia delante de usted? ¿No va a defender a sus seres queridos?

Alejandro replicó que, desde su perspectiva, Dios era su defensor y que, en caso extremo, si morían, él y su familia tenían esperanza de otra vida. Con eso lo dejaron tranquilo un par de días, no sin antes prohibirle que sacara suBiblia en la unidad o compartiera su fe con otros.

«Luego pasaba a diario alguien para hablar conmigo del tema, desde el “político” de la unidad hasta el de contrainteligencia. Unos me hablaban suave, tratando de persuadirme, otros se burlaban, y varios me amenazaron con consecuencias», cuenta Alejandro. «También querían saber si el pastor o mi iglesia me habían mandado adoptar esa actitud. Y yo les aclaré que era mi propia iniciativa. En ese momento en la iglesia ni siquiera sabían que yo estaba en el Servicio».

Alejandro cuenta que se esforzó por ser de los mejores, que salió vanguardia del pelotón casi todas las semanas, que en todo salía destacado, menos en lo que tenía que ver con armas.

«No quise ni tocar el fusil de calamina que daban para marchar», asegura. «Les dije que no tenía sentido tomarlo en mis manos y mucho menos hacer pruebas de tiro, porque yo nunca iba a disparar».

En las clases de arme y desarme, lo ponían a sostener el cartel explicativo.

«Al principio fue muy duro sentirse solo con las amenazas y la incertidumbre en cuanto a qué harían conmigo. Solo mi novia y su mamá, cristianas también, iban a verme. Nos arrodillábamos y orábamos cada domingo, asustados de lo que pudiera ocurrir». La «previa» iba a acabar, y cada vez el estruendo de morteros en Angola parecía más cercano.

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El juramento público al que está obligado todo recluta cubano se celebra cuando acaban los primeros 45 días del SMA: la «previa». En 2006, Abel Noriega no tuvo problemas para vestir de verde olivo, marchar, portar, desarmar o disparar un rifle AK 47. «Eso me lo tomé como una aventura, sabía que no iba a ir a la guerra ni tendría que matar a alguien», dice. «Pero lo de jurar por la Revolución o arrodillarme no lo asimilaba».

Con siete años Abel se entregó a la que sería una ascendente carrera deportiva en el tenis de mesa. En la ciudad de San José, al sur de La Habana, el entrenador que acompañó sus inicios le hablaba de Dios. La primera vez que el niño, exaltado y temeroso, contó a sus padres los relatos de infierno y cielo recibió una reprimenda:

—Si quieres seguir en el deporte no puedes volver a hablar sobre eso, ni escuchar más.

En lo adelante Abel ocultó de ellos, dirigentes de una empresa estatal y militantes comunistas, el mensaje de su entrenador. Solo ojeaba la Biblia ilustrada que este le había obsequiado mientras la familia dormía, y al terminar la ocultaba bajo el colchón.

«Yo le decía a mi mamá que iba a ver el juego de pelota en las noches. Como la ciudad era tranquila y no había más que hacer, porque en San José había apagón para iluminar el estadio, me dejaba ir solo. Pasaba un ratico por el juego y seguía hacia la iglesia de mi entrenador. Luego corría al estadio antes del final del partido, y volvía a casa con alguien del barrio», recuerda Abel, y una sonrisa conecta sus pómulos huesudos.

Primero fue campeón provincial infantil de tenis de mesa; después, nacional juvenil por equipos y en dupla. Para obtener ese último título derrotó al dueto del Equipo Cuba, cuando aún integraba, por su edad, una categoría inferior. Ni esas glorias ni la lejanía geográfica que para entonces había entre él y su primer entrenador, rompieron el vínculo de Abel con la fe. Ya adolescente enfrentó a sus padres: era «cristiano».

La aceptación pasó a escándalo unos años más tarde, cuando Abel informó a los familiares que dejaría la escuela de deportes para dedicarse a la enseñanza y la predicación en una iglesia. Un año después del llamado espiritual, llegó el llamado militar.

«O sea, fui objetor de conciencia tras enfrentarme a la prohibición de mi familia, dejar una carrera deportiva que ya daba frutos y empezar a prepararme para el nuevo camino que había elegido en Cristo», explica Abel, probablemente con la misma determinación de hace 12 años.

Cuando faltaban varios días para el juramento, Abel se aproximó al sargento instructor del pelotón, su jefe inmediato. «Le expliqué que la ceremonia me recordaba pasajes bíblicos donde leyes o monarcas obligan a los creyentes a postrarse ante dioses ajenos», recuerda. Pero el oficial le dijo que nada de eso le importaba, que debía jurar como todos, que otros cristianos, en el SMA, no protestaban.

«Yo desconocía en aquel momento si la ley me amparaba o no. Tampoco sabía que lo que estaba haciendo era declararme objetor de conciencia», reconoce Abel. Solo mucho después, quizá por casarse con Danay Baldor, se percató de la violación al derecho internacional humanitario que cometían las Fuerzas Armadas Revolucionarias desoyendo su petición.

La tensión en la unidad por aquellos días era palpable: a manera de experimento, por primera vez egresaba de la «previa» un batallón femenino, y se esperaba que la televisión grabara el acto de juramento en Managua. Por si fuera poco, se había conocido recientemente sobre la grave enfermedad que terminaría apartando del poder a Fidel Castro. Los militares estaban acuartelados y la más mínima insubordinación era vista con lentes de aumento.

Luego de varias conversaciones, el sargento instructor le ofreció a Abel una opción. Horas antes del primer ensayo del juramento, la jefatura de la unidad había pedido tres jóvenes. Tenían que ser altos y quienes mejor supieran marchar. Los elegidos no deberían arrodillarse el día de la ceremonia, solo portar y custodiar la bandera cubana. A Abel se le encendieron los ojos. Pero tendría que ganárselo entre 300 aspirantes.

Espigado como era, el soldado Noriega no halló problemas para superar la primera selección. Luego, para la segunda y definitiva, alternó los pies alzándolos con gracia danzaria y dejándolos caer con fuerza sobre la polvosa explanada. «Y quedé entre los tres elegidos», cuenta. «Física y mentalmente yo estaba mejor preparado que el resto para competir, por mi entrenamiento como atleta».

Aun así, creyendo resuelto el problema, el día del ensayo general depararía otra prueba para su espíritu.

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En 1964 el boxeador Muhammad Ali, campeón mundial de peso pesado, se convirtió al islam. Tres años más tarde fue llamado a las Fuerzas Armadas estadounidenses para ir a Vietnam. Se negó a alistarse por su fe y su rechazo personal a la guerra.

La objeción de conciencia es un derecho humano fundamental; sobre ello no tiene duda alguna Carlos Simón Vázquez. Abstenerse de acatar una norma del ordenamiento jurídico «por entender que su cumplimiento es incompatible respecto a un valor moral percibido por la propia conciencia» es, según el profesor de la Facultad Teológica del Norte de España, un problema de «la relación entre derecho y moral».

A la tercera citación sin presentarse, Ali fue arrestado, acusado de traición, multado con 10 mil dólares, despojado de su licencia deportiva y de su título de campeón mundial. Fue además condenado a cinco años de cárcel.

Vázquez cree que si alguien, «por razones éticas, religiosas o ideológicas, se decanta por el “no” a la ley, lo hace considerándolo un deber de conciencia, diverso del planteamiento puramente psicológico del delincuente común, que viola la norma por intereses inconfesables».

Ali perdió varios años en su carrera deportiva, durante los cuales, sin embargo, incrementó su activismo político y creció su leyenda. En 1971, la Corte Suprema se pronunció sobre el caso. Ali ganó.

Otro hito histórico de objeción de conciencia fue protagonizado en 1935 por Lillian y Billy Gobitas, en Pensilvania, Estados Unidos. Dos niños testigos de Jehová, expulsados de su escuela por negarse a saludar la bandera. Según su doctrina, «venerar» el símbolo nacionalista los convertiría en idólatras. La Corte Suprema norteamericana falló en 1940 contra la familia Gobitas, pero tres años más tarde concluyó que la Primera Enmienda de la Constitución amparaba a los hermanos en el derecho a ejercer su fe. ​

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V. no quiere que revelen su nombre. Teme que el Ejército pueda declararlo traidor, aunque eso es ya improbable, porque ha pasado una década desde que ingresó a la «previa» en una unidad militar de Camagüey (centro-este de Cuba). Era miembro de una iglesia en esa ciudad, pero no imaginaba que se convertiría, mucho después de salir del SMA, en pastor de aquel mismo templo.

—Cuando entré a la «previa» me dije que no iba a jurar. Es algo de lo que se habla entre los adolescentes cristianos a veces. No me declaré objetor ni nada por el estilo. Ni siquiera sabía que eso existía en otros lugares del mundo hasta que vi la película de Mel Gibson donde un joven estadounidense se niega a tomar armas durante la II Guerra Mundial y aun así se convierte en un héroe que, incluso, salva las vidas de sus enemigos.

—Entonces, ¿qué hiciste? —le pregunto a V.

—El día del Juramento me arrodillé, pero no abrí la boca.

—Podían haberte «amonestado públicamente» si te descubrían, o acusarte de traición.

—Quizá, pero antes que todo me debo a mi fe.

La Corte europea de Estrasburgo admite el derecho a objetar, siempre que las convicciones de quien lo haga descansen en «un sistema de pensamiento suficientemente orgánico y sincero».

En España, aunque no está regulado concretamente en la mayoría de los ordenamientos jurídicos, se considera una derivación del derecho fundamental a la libertad ideológica y religiosa. Así lo reconoce el Tribunal Constitucional respecto a los objetores contra el servicio militar, por ejemplo.

Chile, que en 2017 despenalizó el aborto por tres causales, aprobó este junio un reglamento para el personal clínico que se niegue a participar en las interrupciones. El procedimiento es simple: manifestar la objeción por escrito ante la directiva de la entidad médica. También se ofrecen garantías similares a instituciones.

La Corte Constitucional colombiana recientemente propinó un jalón de orejas al Ejército. Los militares irrespetaron el derecho de dos jóvenes de la Iglesia Pentecostal Unida que pidieron no ser reclutados por tratarse de una actividad contraria a sus más profundas convicciones y creencias.

En El Salvador, incluso sanguinarias organizaciones criminales como la Barrio 18, permiten excepcionalmente, a sus miembros convertidos al cristianismo, salirse de la pandilla y conservar la vida.

Nada así funciona en Cuba. El Artículo 206 del Código Penal propone multas o cárcel de tres meses a un año a quien «abusando de la libertad de cultos (…), oponga la creencia religiosa a los objetivos de la educación, o al deber de trabajar, de defender la Patria con las armas, de reverenciar sus símbolos o a cualesquiera otros establecidos en la Constitución».

«Se trata de la prohibición lisa y llana de la objeción de conciencia», considera Juan G. Navarro, de la Universidad Católica Argentina, en el Anuario Argentino de Derecho Canónico de 2015. Ello «implica una negación práctica de la libertad religiosa en un ámbito muy extenso».

Si bien buena parte de las instituciones religiosas en la isla cuenta con asesoría de especialistas en leyes, no existe una red que exponga los casos de objetores de conciencia. Así se evidenció en un evento, auspiciado este año por la ONG colombiana Justa Paz, con letrados y periodistas cubanos que, en algunos casos, ocupan puestos directivos dentro de denominaciones evangélicas.

Esto, en opinión de los expertos consultados, pone en desventaja a un grupo importante de posibles objetores porque ni siquiera las organizaciones a las que pertenecen están preparadas para registrar, apoyar legalmente, visibilizar o acompañar sus solicitudes.

Pensar que este es un problema solo para los creyentes sería peligrosamente reduccionista; otros ciudadanos también carecen de protección en Cuba frente a leyes que pudieran contradecir sus convicciones. Por ejemplo, cuando un pacifista es obligado a ir a la guerra. Además, la letrada Danay Baldor advierte que el Artículo 59 del actual proyecto de reforma constitucional contradice otros fragmentos del propio documento, como el referido a la libertad de expresión.

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Hace 33 años, el día del juramento de Alejandro Peraza, eran menos de 10 reclutas en medio del polígono. Todos los demás habían sido asignados a sus nuevas unidades.

«Fuimos los últimos en salir de aquel lugar», rememora. «Se nos acercó un capitán de corbeta, bastante anciano, nos mandó que subiéramos a una guagua y que esperáramos allí. Al rato regresó y ordenó cerrar las ventanillas. Dijo que habíamos sido seleccionados para cumplir una misión especial».

Luego de rodar por sitios que no supieron reconocer, los reclutas bajaron del autobús. Estaban frente a la Bahía de La Habana, en la Base de Reparaciones Generales de la Marina. El capitán de corbeta les explicó que «la misión» era participar en las obras de una embarcación para uso exclusivo de Fidel Castro.

Inicialmente, los reclutas entrarían y saldrían de la Base vestidos de civil; cada noche dormirían en sus casas a menos que les tocara guardia. «Lo único malo era que cobrábamos siete pesos como el resto de los soldados», dice Alejandro, quien aprovechó el año allí para aprender carpintería de ribera.  Hacía horas de más ayudando a los trabajadores de la Base. «Ellos hacían contratas extras, y compartían conmigo algo de lo que cobraban. Ahorré y me pude casar». Fue el único recluta de su promoción que se quedó allí. «A los demás fueron llevándoselos poco a poco por mal comportamiento».

Más tarde, Alejandro pidió su traslado al Ejército Juvenil del Trabajo, una fuerza paramilitar enfocada en la producción de bienes y servicios. «Me lo demoraron un año más porque yo trabajaba allí gratis». Hasta que acabó la construcción del yate de Fidel Castro.

Mirando hacia atrás, no obstante, se siente satisfecho. «Nunca cogí un arma en mis manos, ni me forzaron a hacerlo. Terminaron respetando mis convicciones», dice. «Desde el principio, conmigo hubo otros cristianos que ni siquiera dijeron que lo eran, y no les fue igual. Algunos hasta dejaron de serlo. Fui el único que dio ese paso; no conocí a otro que lo hiciera. Si Dios no hace un milagro, no sé qué hubiera sido de mí».

¿Será que el azar, entendido como «milagro» por Alejandro o «la mano de Dios» por Abel, es la única esperanza para los objetores de conciencia en Cuba?

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La plana mayor de su unidad de tanques estaba lista para ordenar el juramento y Abel formaba fila como abanderado; el uniforme sudoroso pero descansada el alma. Entonces el militar al mando de la ceremonia explicó que el polígono, en pleno, debía arrodillarse en aquel ensayo. Abel buscaba los ojos de algún otro oficial, confundido. ¿Todos tendrían que jurar? ¿Incluso la escolta de la bandera? No era eso lo que le habían dicho. Su conciencia le ordenaba mantenerse, literalmente, en firme.

El jefe dio la voz. Abel, flaco como junco y con el corazón a mil, no se movió… Pero la reprimenda que oyó a continuación no fue solo para él, sino para todos los reclutas. A su alrededor el desbarajuste era grande: muchachos arrodillados; otros todavía de pie, atontados, como esperando una segunda orden; algunos habían dejado caer todo el peso del cuerpo sobre una de sus rodillas y ahora se quejaban de dolor, frotándolas como lámparas maravillosas.

Abel había «librado» en el primer ensayo, y vio esto como una prueba de la que salía victorioso. Aprovechó entonces, antes de la siguiente repetición, para preguntar al capitán que dirigía la ceremonia si los abanderados también debían jurar. El militar meditó unos segundos. Recordó en voz alta que no, y se fue a comunicarlo a la plana mayor. Mientras Abel escuchaba las nuevas instrucciones agradecía al cielo.

Aunque el Estado cubano nunca ha reconocido la objeción de conciencia y, en la práctica, la ha criminalizado, Abel no se arrodilló aquel día. No juró.

Hoy se propone en Cuba una bastante explícita proscripción constitucional de este derecho. El respeto a la conciencia

*Antes Servicio Militar Obligatorio (SMO), lo que, en la práctica, continuó siendo tras el cambio nominal para aquellos jóvenes de sexo masculino considerados «aptos».